Si vivas nos queremos, nos necesitamos libres

Spoiler alert: we cannot be free unless we are free.

Hace tiempo que vengo reflejándome en el espejo del feminismo. Cuatro años, para ser exacta, desde que me pusieron a cargo de un espacio de evaluación de políticas públicas relacionadas con los derechos de las mujeres y yo llegué a presentar la sesión con mis diapositivas llenas de sustantivos en singular masculino.

El tiempo en el que mis colegas me hicieron notar que un par de patrones que había normalizado en mis relaciones eran todo menos normales y el día que me escuché diciendo “no sé lo que sientan las mujeres que sufren violencia (esas a quienes iban dirigidas las políticas públicas) pero creo que es muy similar a lo que estoy sintiendo”, fueron el inicio de una infinidad de cuestionamientos que no han cesado de manifestarse, desde entonces, sobre lo que significa para mi existencia ser mujer.

Primero ignorante, luego escéptica, quizá por mi entorno tradicional conservador, pero sobre todo por mis privilegios económicos, lingüísticos y raciales; debo admitir que aun cuando mi posterior trabajo implicara la atención de mujeres víctimas de violencia y gran parte  de mis amigas fueran feministas, no fue sino hasta el asesinato de una querida amiga, hasta que me despidieron a los ocho meses y medio de embarazo, hasta que me convertí en madre y hasta que empecé a compartir la vida doméstica en pareja, que toda una serie de silenciosas, sutiles e imperceptibles violencias y desigualdades dejaron de sentirse teóricas o retóricas y comenzaron a ser avasalladoramente palpables.

Los mandatos estéticos impuestos a mi hija aún antes de su nacimiento, las máximas de abnegación y sacrificio asociadas a la maternidad, las tareas invisibles que sostienen los hogares, la no remuneración del trabajo doméstico, las pequeñas permisiones que hacen que legitimemos, toleremos y justifiquemos violencia en lo más íntimo de nuestras relaciones.

Mis vivencias en los últimos años me han llevado a cuestionarme sobre ser o no ser feminista. Hacerlo así, como una disyuntiva y no como una obviedad, me ha permitido buscar sin sesgo información y opiniones diversas sobre el vocablo que la mayoría identifica con un movimiento sufragista pero cuya esencia ya había aparecido muchos siglos antes en la rebeldía de Hiparquía o en la pregunta de Christine de Pizan sobre si el alma tenía sexo. Mi conclusión, más allá de la necesidad de ponerle un término o de si me auto defino o no con él, es que la búsqueda de igualdad entre los seres humanos, en particular la liberación de aquellas personas históricamente oprimidas, sigue siendo necesaria si queremos vivir en sociedades sin violencia.

Muchos años antes, la juventud en contexto de guerra y mis inclinaciones políticas me había llevado a la aspiración de una vida libre de violencia y por lo tanto a la búsqueda de técnicas de educación para la paz. Irónicamente, caminé todo ese trecho sin consciencia de mis propias violencias, las que permitía y las que ejercía, pero particularmente de aquellas asociadas con un componente fundamental de mi identidad. En otras palabras, durante años me conduje como si mi género no existiera, aunque  siempre importase.

Saberme mujer ha sido uno de mis aprendizajes más duros porque ha implicado indagar permanentemente en mi propia vida para reconocer ¿cuáles son esas heridas y marcas concretas infringidas por la asociación de la femineidad con la docilidad, la fragilidad, la sumisión, la dependencia, la belleza, el cuidado?, ¿cuántas cargas impuestas?, ¿cuántos deseos reprimidos o sentimientos confusos a consecuencia de prohibiciones y tabúes?, ¿cuántos de esos criterios auto supresores interioricé como propios aunque nunca dejasen de sentirse ajenos?; tan triviales como la osadía de reír a carcajadas o tan terribles como relacionar la menstruación con la suciedad o la pestilencia. Aprendí a leer los piercings como necesidad ante un vacío emocional, los tatuajes como estigma, los tintes de pelo como síntomas de inestabilidad; al mismo tiempo mi cuerpo como contenedor de imperfecciones y peligros que había que depilar, operar, ocultar o recatar. Como un templo sagrado cuando había que preservarlo del sexo profano y como aparador cuando había que “parecer para ser” alguien.

A fuerza de una actitud de indagación persistente, con el tiempo me di cuenta de que absolutamente toda mi experiencia vital estaba atravesada por el condicional: mujer. ¿Cómo amarse si se aprende a rechazar el cuerpo que se habita?,  ¿cómo hacerse cargo de sí cuando se nos enseña a vivir para otros?, ¿cómo ser auténtica si todo el tiempo y de mil maneras se nos adiestra para no enojarse, no hablar “de eso”, no rezongar?, ¿por qué tenía tanto miedo de ser gorda? Revelaciones tan profundamente dolorosas -como es de imaginarse- pusieron mi mundo de cabeza e incluso han hecho que muchas veces me sienta encerrada en mandatos sociales francamente esquizofrénicos, desprovista de posibilidades y de alternativas para vivir fuera de ellos.

Cansada de sentirme víctima, poco a poco he ido asumiendo también prácticas libertarias y hábitos de auto cuidado, procurándome espacios de contención y de sororidad. Hasta aquí he hecho toda la tarea. Cuestionar los roles de género en todos los ámbitos sociales, denunciando las violencias en lo público: participando en manifestaciones para visibilizarlas, dialogando para compartir la vivencia en piel de mujer, escuchando las opiniones diversas a las mías, dedicando mi trabajo a la construcción de políticas públicas equitativas; poniendo atención en lo privado: cuidando la identidad de mi hija, uniéndome al círculo de crianza, redefiniendo con mi pareja los roles en casa, e identificando junto con él actitudes micromachistas, entendiendo la violencia impuesta también a ellos en la construcción de masculinidades. Indagando en lo íntimo: asumiendo el puerperio como una búsqueda de la sombra propia, osando parir con placer, aceptando abiertamente que no podemos criar si no sabemos cuidarnos, buscando acompañamiento profesional para aquellas partes en las que me siento rebasada, caminando hacia mi autonomía sexual, la aceptación de mis características físicas y el cultivo del amor propio.

Hace algunos meses, un hombre me preguntó cuáles eran mis referentes en la vida, las personas a las que más admiraba, cuyos pasos me inspirasen o haya querido seguir. De inmediato pensé en John Lennon, Mahatma Gandhi y Martin Luther King. Repitió su pregunta, esta vez especificando personas que hayan formado parte de mi cotidiano, dije el nombre de un par de profesores de la universidad. ¿Alguna mujer?, insistió. ¿Y en lo espiritual? Después de un silencio hice un esfuerzo y lo miré intrigada. ¿Te das cuenta, me dijo, de cómo nuestros grandes referentes espirituales, Jesucristo, Maoma, Sidharta, Krishnamurti, Sogyal Rimpoché son siempre hombres?

Para entonces, mujeres como Maya Angelou, Wangari Muta Maathai, Arundhati Roy, Virginia Wolf y Olimpia de Gauges ya habían entrado en mi vida, pero mi primer impulso no me llevó a pensar en ninguna de ellas. Con pena debo decir que a Olimpia la evocaba más como un dato irónico que como referente, como nota al pie en la historia de derechos humanos. Me entristeció no haber pensado inmediatamente en mi madre, mis maestras, mi hermana, mis amigas, pero entendí que no hacerlo no tenía nada que ver con que no fueran personas admirables sino con el imaginario del éxito y del liderazgo asociado al mundo masculino. Yo había crecido admirando referentes masculinos como Francisco de Asis, Saint-Exupéry o Baden Powell, incluso a papá, su historia de vida y sus logros sobre los de mamá, a quien me di oportunidad de conocer muchos años después del divorcio, cuando como mujer adulta regresé a vivir en la casa materna. Cruzó por mi mente el recuerdo de cuando en segundo grado de secundaria, para simular un ejercicio democrático, nos pidieron elegir al hombre del siglo XX. Debíamos proponer personajes importantes, hacer campañas y votar por alguno de ellos. Los postulados fueron Frank Sinatra, Steven Spielberg, Jimmy Morrison, Albert Einstein. Ninguna mujer. Ni Marie Therese,a partir de cuya pedagogía se fundó el Bachillerato Internacional, ni Marie Curie, ni María Montessori, primera mujer italiana que estudió medicina en 1896, cuyo único hijo tuvo que presentar toda la vida como sobrino por haber nacido fuera del matrimonio.

Aquellas preguntas me siguieron rondando durante varios días y noches, en los que intenté recordar figuras femeninas sobre las que me hablaron en la infancia,  donde aparecían solamente, y de manera tangencial, personajes como Juana, “la Loca” más que “la Infanta entre Fernando y Felipe” o “Malinche la traidora” más que “la esclava entregada como tributo al conquistador”. Al poco tiempo decidí empezar una biblioteca herstory para abrir la oportunidad a mi hija de construir sus referentes del mundo sobre narrativas más amplias. Fue así que este año conocí la poesía de María Zambrano y la de María de Zayas, a quien probablemente leyó Juana Inés, las palabras de Awa Thiam, la valentía de Elizabeth Jane Cochran, la militancia de Elvia Carrillo Puerto y las investigaciones de Celia Amorós.

Pero a pesar de saber que Émilie de Breteuil tradujo a Newton y que, en cambio, Borges tradujo a Wolf y Jean Piaget fue alumno de María Montessori, no dejó de hacerme ruido la escasez de referentes mujeres en el mundo espiritual contemporáneo. Quizá porque a mediados del año, después de hacerme un masaje que incluía alineación de los chakras, vi cómo el péndulo, que giraba armonioso sobre las partes del cuerpo que representaban las emociones, el intelecto, la energía vital, comenzaba a girar alocado al llegar a la cabeza. La terapeuta me dijo que el chakra espiritual era el único que estaba desalineado y después de cuatro intentos de alineación finalmente desistió. Quizá también por el recuerdo de que en Camerún como en Tailandia no dejaban entrar mujeres en una mezquita y un templo budista respectivamente, o al hecho de que las sacerdotisas o equivalentes puedan encontrarse en muy pocas corrientes religiosas.

¿Qué moraba en las almas de la primera mujer africana en recibir el Premio Nobel de la Paz,  una de las primeras mujeres afroamericanas en  autobiografiarse, las primeras mujeres que  denunciaron abiertamente la poligamia, la dote y la mutilación genital, la religiosa de la Orden de San Jerónimo, la  periodista que logró la vuelta al mundo en 72 días y la escritora del dios de las pequeñas cosas?

Para entonces ya había reconocido que nací para ser real y no perfecta, había descubierto que no hay cambio social sin cambio en nuestras relaciones, empezaba a intuir que por cada mujer que da un paso hacia su propia liberación hay un hombre que re descubre el camino hacia la libertad, ya había entendido que las mujeres fuertes se levantan unas a otras y que la culpa enferma. Ahora me preguntaba ¿por qué era que además de restringirnos el acceso a la independencia económica, al conocimiento, al poder político, al placer, al “mercado  laboral” y hasta a los anales de la historia, estábamos también menos legitimadas para indagar en lo más profundo de nuestros seres?, ¿por qué mientras se nos encomendaba a nosotras tácita o explícitamente el mantenimiento de las relaciones socio-afectivas de la familia, el cuidado de los hijos y la agenda del hogar, a nuestras parejas se les validaba ocupar ese tiempo “libre” para la búsqueda espiritual?, ¿cuál era el efecto de que la pretensión de iluminación, de desarrollo interior y de sabiduría estuvieran simbólica, e institucionalmente reservadas también al género masculino?

Así fue como di con Arya Tara, la bodhisattva que hizo un voto alcanzar la budeidad en la forma y el cuerpo de una mujer, con  las sacerdotisas iniciadoras del tantra, las más de nueve millones de mujeres curanderas, profetas, alquimistas, cocineras, parteras y artesanas que fueron asesinadas en Europa y Estados Unidos durante los siglos XVI y XVII tras ser acusadas de brujería y con antiguas referencias de la sacralidad femenina como las Hetairas, Chalchiuhtlicue, Nut, Hator, Uadyet, Artemisa, Amaterasu, Gea, Sarasvati, Mawu y Cibeles, mujeres que mediaban entre el cielo y la tierra, guiaban entre la vida y la muerte, que tenían la capacidad de interactuar con las estaciones a través de su propio ciclo menstrual y el poder del albergar la alquimia de la vida.

La verdad es que la búsqueda de una vida libre de la opresión patriarcal ha implicado para mí  fuertes quiebres, renuncias y pérdidas. Mamá rompió algunos moldes en los años setentas al rebelarse al explícito mandato familiar de “las mujeres al metate y al petate” trabajando para pagar sus estudios, estudiando y adquiriendo a edad muy temprana total independencia económica, aún cuando mi abuelo no lo aprobase. Gracias a ella y al apoyo de papá, en la siguiente generación, yo nunca sufrí carencia material, estudié hasta el posgrado y pude acceder sin problema al mundo  profesional.  Pero conforme me fui percatando de la infinidad de cadenas que aún quedaban me había propuesto dar cuantos pasos faltasen para nuestra plena liberación. Ir a fondo.

Decidí caminar por el mundo en cuestionamiento de todo lo aprendido en la casa, en la escuela, en la iglesia, en los libros, dispuesta a desechar todo aquello que fuese un insulto para mi propia alma. Aunque guardé respeto por las creencias y valores de las personas en mi entorno, empecé a sentirme cada vez menos identificada con los mandatos religiosos y familiares; empecé a sentir, aunque al principio no lo entendía, las implicaciones de la doble jornada laboral (doméstica y profesional) en mi salud mental.

Darme cuenta de que buena parte de los aspectos de “mi personalidad” se explicaban menos en una suerte de esencia “femenina” que en estructuras sociales diseñadas para controlar nuestros cuerpos, nuestra sexualidad y nuestros comportamientos a base de obediencia, vergüenza y castigo, me llevaron a tomar una distancia sana y necesaria de las instituciones dentro de las cuales crecí, pero sobre todo a des-identificarme con conductas y dogmas hirientes, a confrontarme con mi formación tradicional-católica, mi moral conservadora y hasta con mi propia historia o las historias que me habían contado, como aquella que relacionaba al útero (hystera, del griego ὑστέρα = útero) con la locura y la enfermedad.

Des-prenderme de todas aquellas “verdades” que me acompañaron desde la infancia, e incluso me constituyeron, ha sido un proceso profundamente desgastante (por la tentación de dar explicaciones donde no debo),  a veces alienante (distanciándome -aún sin quererlo- de amigas de toda la vida que se sienten cómodas con los roles convencionales), doloroso (especialmente cuando una deja de responder a las expectativas ajenas o propias). Afortunadamente, he tenido la capacidad para distinguir entre personas y conductas y en gran parte de mi círculo social existe el amor suficiente para dejarme ser como soy e incluso la apertura para entender lo que vivo, para ver lo que veo. He conocido mujeres que no logran reconectar nunca con sus orígenes porque sus entornos son tan hostiles que permanecer les implica hacerlo a costa de sí mismas.

Con el tiempo me he dado cuenta de que “la lucha” por la libertad, la necesidad de rebeldía hacia todo un sistema genera un sentimiento como de rabia. Hay como una deuda, como un duelo. Como un enojo porque es incómodo darse cuenta de que los moldes que se nos indujeron como aspiración, como modelo, no nos calzan, o ya no corresponden a lo que somos. Porque se presume que si una ha elegido el cuestionamiento debe mantener una especie de congruencia con el “rechazo de todo” bajo estándares que nuevamente otros definen; y entonces se espera que no nos guste nada “femenino”, que la docilidad necesariamente cambie por rebeldía, que pedir igualdad en derechos sea pedir ser tratadas como hombres o que estemos  forzosamente peleadas con nuestras hermanas que deciden que el molde si les viene. Un malestar con la insistencia de siempre meter seres humanos en cajones, porque para nadie es suficiente con la certeza propia.

En el fondo, creo que el enojo tiene que ver con que la deconstrucción implica un poco de rechazo también hacia una misma, hacia esa parte que se forjó a fuerza de violencias y que se sigue replicando sin que sepamos como desactivarla. A la mujer sumisa y temerosa, que Beauvoir llamó socialmente construida, reclama la mujer nacida pero reprimida.

Aquí es donde regreso a la pregunta que me hacían sobre los referentes espirituales femeninos. ¿Cuándo perdimos el derecho, el poder, de buscar el sentido profundo de nuestra vida? La verdad es que cuando César me dijo que las mujeres estábamos omitiendo una parte importante de nuestra liberación porque en la búsqueda de igualdades exclusivamente materiales renunciábamos a reclamar también nuestra vida interior, yo respondí muy  ofendida que solamente podía pensar así desde el privilegio, que a las mujeres nos están matando a diario, que muchas tienen que resolver primero donde vivir y qué comer; pero también es cierto que me estaba escudando en circunstancias que no son la mía ni tampoco las de muchas otras muchas mujeres y me estaba escapando de dos preguntas fundamentales para la aspiración feminista: ¿cuáles eran los yugos que seguía auto imponiéndome? y ¿por qué impedirme yo misma la posibilidad de aspirar a los frutos de otros múltiples caminos de liberación?

En una sociedad que denigra, cosifica y mata mujeres a diario es necesario no dejar de gritar que nos están matando. La digna rabia, hoy por hoy, está salvando vidas. Solo que a veces creo que estamos tan ocupadas en señalar y evitar todo eso que no queremos, ni aceptamos ni toleramos para nuestras vidas porque lo sabemos nocivo, que poco tiempo nos permitimos para decidir qué es eso que sí queremos en cambio. Esa existencia más creativa, consciente y compasiva, ese otro mundo más comprensivo y menos violento. Develada la opresión, todo se ve peligroso y ya nada parece válido, volcadas en la necesidad de protección se nos olvida el derecho de vivir vidas gozosas. Desarraigadas y desidentitadas, auto exiliadas por elección de todo ritual y toda sabiduría que se alimenten de una cosmovisión machista que ya no compartimos.

Tras la secularización necesaria de dogmas que perpetuaban o toleraban la sumisión de las mujeres, muchos de mis referentes espirituales se quedaron vacíos. Disociadas muchas veces razón y emoción, solo una red de mujeres en la misma  búsqueda y mis ocasionales introspecciones me han permitido conservar una especie de brújula interior.

Mi des conexión tuvo también mucho que ver con que entendía las diversas formas en que las corrientes espirituales seguían sirviendo para perpetuar racismo y opresión, porque aunque entendía que espiritual no equivale a religioso, y por lo tanto no necesariamente va de la mano con la resignación a la “voluntad divina” y el temor al “juicio divino”; desconfiaba de la postura privilegiada que cómodamente confunde refugio con  indiferencia, desde una actitud evasiva de la realidad que al final justifica, minimiza y omite todo tipo de violencias. Porque sentía tan falso responsabilizar totalmente a las víctimas de las estructuras sociales que aprisionan, como delegar la resolución de traumas profundos a cursos de superación personal, porque dejó de bastarme creer que solo “pensar positivo” cambiaría las formas insanas de relacionarnos, porque la pretensión de mejores personas  inevitablemente me llevaba a pensar “¿mejores que qué?” y a sospechar que mejores no necesariamente es más libres.

Mi crítica era válida y valiosa, pero mi pregunta ahora es ¿de qué potencialidades priva a alguien la victimización constante de su persona?, ¿qué me dice que los luchadores sociales hombres que más admiro hayan emprendido abiertamente una senda espiritual?, ¿hay algún poder que, frente al mandato patriarcal, nos brinde la obtención de felicidad?, ¿se puede decidir libre-mente sin auto conocimiento?, ¿dejando de ser género femenino podemos dejar de ser personas humanas?, ¿a qué nos enfrentan los caminos espirituales?, ¿cómo se conecta el terreno espiritual con el psico afectivo?, ¿y con la construcción de autoestima y autonomía?, ¿y con la paz? Si no creyese en el “espíritu” ¿cuál es mi equivalente?, ¿tengo uno?, ¿el alma, la conciencia?, ¿existe una posibilidad de una espiritualidad feminista?. Después de la des estructuración necesaria para poder ser, ¿tenemos derecho a decidir qué nos queda?, es una pregunta que dejo abierta.

Pese a los procesos de auto reconocimiento y auto aceptación que me han enseñado que así como a los seres amados no los maltratas, cuando aprendes a amarte no permites que nadie te manipule o te maltrate;  a veces todavía me he encontrado lastimándome a base de repetición de patrones tan arraigados que parecen parte de mí, como el miedo a displacer, la necesidad de atención o la mirada volcada siempre en el otro. Todavía me he topado también con muchas mujeres “empoderadas” poniéndose el pie unas a otras tras las consignas #NiUnaMas #TodasSomos #SiTocanaUnaTocanaTodas, señalándose entre ellas, midiendo quién cubre los requisitos para ser “verdaderamente feminista”, como si el feminismo fuera una especie de club asentado en un cúmulo rígido de  referencias teóricas , y no un cuestionamiento que a partir de la experiencia vital  te atraviesa de pronto en lo profundo de tu intimidad antes de llevarte siquiera a tomar postura en la vida política.  Mujeres también inseguras de sus capacidades profesionales, buscando destacar, ponerse la estrellita, totalmente sometidas a la aprobación del jefe, el novio, el padre, la sociedad. O aquellas que se ponen de pronto la camiseta feminista sin necesariamente serlo, para acceder a los cuotas de género.

Cuando Lagarde escribió que no hay autonomía sin revolucionar la manera de pensar y el contenido de los pensamientos entendí que podemos volvernos cada vez más resistentes y resilientes ante la adversidad, pero finalmente la tarea de deconstruir implica también re construcciones y la pregunta que emerge es ¿sobre qué bases?. ¿Cómo lograr la transformación sin reconciliación?, ¿cómo desvincular el mandato “omnipotencia-impotencia” y el miedo de nuestras psiques?, ¿cómo sanar la ira contenida?, ¿cómo no escupirla sobre mi esposo e hija?, ¿cómo no hacerme daño con ella?, ¿cómo reemplazar patrones inservibles?. ¿Cómo reconstruir nuestro corazón fracturado?

Sorprendentemente  la maternidad, arquetipo que ha permitido perpetuar la dominación masculina en muchas sociedades, para mí ha sido la oportunidad de hacer estas y muchas otras preguntas; justamente por el vínculo fusional evidente que se establece con otro ser, la profunda des estructuración emocional que esto implica y la posterior exigencia interior de reencontrar el centro propio. Exigencia en la que millones de mujeres literalmente se-pierden.

Mi vida el último año ha sido una secuencia constante de ajustes, tensiones y acuerdos que no voy a detallar pero que han implicado un esfuerzo compartido muy grande. Co-creando un hogar y co-gestando familia, mientras construyo mi autonomía, he descubierto que no somos islas y que (sin eximirles de responsabilidad) no siempre todo es culpa de los hombres que nos rodean. Muchas veces la sociedad tampoco está preparada para una paternidad responsable. Tanto como me molesta que me caricaturicen en el rol maternal, me duele que se le cuestione y hasta se le critique a mi esposo desear hacer lo mismo, que sea bien visto que él provea sustento material mientras yo  crío o cambio de camino profesional, pero no a la inversa; o que durante el embarazo solamente me dieran a mí el abrazo, el apapacho y el amamacho. Siempre que hay dilema respecto del intento de equilibrio entre una mujer plena y un hombre pleno en una sociedad machista me lo imagino como una cobija en donde al jalar de un lado queda descubierto el otro, y hay que estar muy consciente de eso para lograr acuerdos justos, porque jalar aparentemente a favor a veces es en realidad jalar en contra.

He descubierto también que aunque estamos en desventaja no siempre somos víctimas o no necesariamente de alguien más. He aprendido que puedo esperar, puedo exigir incluso, que existan acciones de prevención, protocolos, sanciones, salarios justos, que se eliminen todas las prácticas discriminatorias, tener acceso a herramientas y espacios de atención integral a las mujeres; pero no puedo esperar que nadie sane por mí. Creo que eso es algo que tenemos que entender por nadie más que por nosotras; porque hasta que no perdamos el miedo a la soledad, el miedo a la libertad y el miedo a las decisiones, hasta que no dejemos de delegar nuestro bienestar emocional no lograremos ser verdaderamente libres y por lo tanto vivas. Y los recursos psico-espirituales de los que nos hemos despojado nos dan herramientas justo para encontrarnos. Por eso es que desde hace meses traigo la idea de proponer a las mujeres de mi comunidad próxima la apertura de un espacio seguro de auto exploración, de auto conocimiento, de auto cuidado y de búsqueda de otras alternativas.

El camino que inicié hace cuatro años, en donde todavía falta rescatar, recuperar y reconstruir mucho, ha dejado en el rostro que hoy miro vendado un cambio tan silencioso y -aunque tan poderoso- tan sutil que hasta ahora no me había percato. Demolidos los dictados, suprimidas las imposiciones, lista para volver a vivir, quiero saber cómo se re construye libremente una mujer deconstruida. Cómo ser en paz en un mundo de violencias.

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