Mi cuerpo, mi decisión

Mentira que el embarazo termina a los nueve meses.

El útero distendido a siete veces su tamaño original, el reacomodo de las vías urinarias y del tracto intestinal, el restablecimiento del volumen sanguíneo, todavía aumentado en cuarenta por ciento. La recuperación, no solamente física sino emocional, de la mujer que ha parido toma su tiempo. Cinco semanas para involucionar el útero a su tamaño original, tres semanas para deshinchar el canal de parto, alrededor de un año para regular los niveles hormonales y retomar el ciclo menstrual; otro tanto para volver a contraer el piso pélvico y así sucesivamente.

Suele pensarse – y por ende esperarse- que al terminar los nueve meses, todo lo relacionado con el embarazo desaparece como por arte de magia. Si el cuerpo tardó 40 semanas en transitar de la concepción de un núcleo celular al nacimiento de un nuevo ser, ¿cómo esperar que recupere su estado original en menos del equivalente? No es realista creer que la restauración del cuerpo que gestó y parió suceda en seis semanas. La cuarentena alcanza apenas para asimilar algunos de los cambios.

A medida que avanza el embarazo, todos vemos el adorable y tierno bultito que va creciendo en el vientre de la mujer de mirada radiante (porque es cierto que la mirada se torna más luminosa), la mayoría sabemos que durante ese tiempo pueden presentarse con mayor o menor frecuencia, según el caso, náuseas, vómito, y mareos; pero solo las personas más cercanas a la mujer gestante alcanzan a ver una serie de cambios silenciosos –como el paño o la línea café que se va dibujando del ano al ombligo-, en un cuerpo que habla y que tiene memoria. Todavía hoy, a cinco meses y medio de dar a luz, sigo sintiendo retención de líquidos en los dedos y palmas de las manos cuando estoy en lugares calurosos, como no sentí nunca antes de estar embarazada.

De pronto la ropa aprieta, crecen los pies, el calor se torna más caliente, el fresco más helado, llegan bochornos y escalofríos, los senos se hinchan, duelen y se tiene el control emocional de una acelga. El cuerpo toma su propio rumbo y ritmo para hacer algo que conoce perfecto pero que para una es completamente desconocido y, por lo tanto, desconcertante. Sentir dificultad para respirar, torpeza al caminar, pesadez, flatulencias incontenibles, un temor irracional de volver a casa sola por la noche. No saber ya ni a qué huele tu sudor, tu cabello.

No conocía el reflujo hasta que me embaracé, tampoco el estreñimiento. La primera vez que tuve migraña en la vida estaba cumpliendo las 28 semanas. Nunca me he sentido más vulnerable que en esos nueve meses de fluidos extraños, hinchazón permanente de piernas y llanto incontrolable. Yo, que muy rara vez tenía una gripa o una infección y casi nunca un malestar físico, que siempre fui recelosa de mi soledad y melindrosa con los alimentos, me vi de pronto invadida por un sinfín de dolencias, a merced de exigencias de un ser que se movía conmigo a todas partes y cuyo cuidado dictó rigurosamente qué comer y qué no comer desde el embarazo hasta  la lactancia.

Mentiría si dijera que no he disfrutado de la complicidad y la belleza de entrañar un ser vivo. Pero una no puede dar paso a la separación de dos cuerpos sin abrirse. Y lo que se abre al parir inevitablemente produce quiebres. Los desgarres, las suturas, la pérdida de sangre, la desestructuración emocional. El cuerpo se rompe por dentro y por fuera. Puede haber entuertos, inapetencia, hemorroides. El proceso reproductivo deja huellas físicas que no se ven pero se sienten, como dolores de espalda, incontinencia urinaria e híper sensibilidad. Después del parto el cuerpo ha cambiado tanto, desde su aspecto hasta su aroma y sus reacciones, que puede una dejar de reconocerse. Me tomó un par de meses percatarme de la similitud entre las expresiones faciales de mi hija y las mías, después de mirarme accidentalmente al espejo una tarde.

Apenas nace, el cuerpo de la mujer se prepara para destilar el líquido que mantiene a la nueva vida. El alimento naturalmente diseñado con todos los anticuerpos y nutrientes que ella necesita. Es increíble como los pechos empiezan a escurrir tan pronto como se asoma el llanto, a veces incluso antes, sin importar si la madre está a metros o a kilómetros de distancia. Un buffet 24 horas, 7 días  de la semana, de leche dulce y pegajosa que atrae todo tipo de insectos y que mantiene el pecho y la ropa que le cubre permanentemente húmedos, hasta que la autorregulación permite una producción en función de la demanda. Hay que tomar el hierro, el calcio, el ácido fólico, las vitaminas y los tres litros de agua al día. Nos convertimos en chupón y en mordedera. El día se estructura en base a la necesidad de amamantar durante 40 minutos cada menos de tres horas, el sueño se va alterando poco a poco, aparecen grietas en el pecho y ardor en los pezones y, aunque nadie lo diga, duelen las nalgas.

La bebé se alimenta de leche, pero también del contacto con el cuerpo materno. Porque es cierto que a veces el llanto no lo calma otra cosa que el olor, el calor y el ritmo cardiaco del cuerpo del que formó parte. El arrullo también requiere cuerpo.

Cuando después del chequeo de los dos meses de mi bebé nos recetaron complemento de fórmula, empecé a producir menos leche y a sentirme cada vez más contrariada. Alguien me escribió entonces que amamantar es un acto de fe y me di cuenta de que hasta ahora todo lo ha sido. Afortunadas si nos toca un embarazo sin riesgo, un parto seguro y una lactancia sin complicaciones, pero hay quienes se enfrentan a meses en cama o medicación debido a pre eclampsia, pezones invertidos o mastitis. Embarazarse y parir, en cualquier caso, son saltos de confianza en el cuerpo propio.

Durante este tiempo todo mundo quiere y cree poder opinar sobre nuestro cuerpo. Pero la verdad es que nadie como una embarazada, una parturienta y una puérpera comprende la importancia de volverse a poner la ropa que quedó arrumbada. Nadie más puede explicar lo que se siente cuando te dicen que hay “amenaza de parto prematuro” porque tu conducto vaginal es muy estrecho o que “tu bebé se está quedando con hambre” porque no produces suficiente leche. Saber que lo que entra por tu boca puede beneficiar o perjudicar a otra persona, provocarle cólicos, alergias o reflujo, y que el estrés propio puede expulsarla antes de tiempo o privarla de alimento. Ser el cuerpo donde todo sucede.

Solo la mujer que parió entiende por qué las recién paridas prefieren el cabello recogido y lo doloroso que es perder por tiempo indefinido todo deseo sexual a causa de los desajustes hormonales. Andar siempre llena de machas en la ropa, saberse  mirada como se ve a una niña y no a una mujer, porque aunque  no sea evidente, en muchos sentidos, se sigue siendo una con la cría. Perder el control de esfínter y la lubricación vaginal. Aceptar que, desaparecida la gran barriga y las heridas físicas del parto, -una vez utilizado y agotado el cuerpo- ya nadie pregunta “cómo estás”. Más allá de la flacidez abdominal y de las temidas estrías, solo ella sabrá lo delicioso que es poder volver a mirarse los pies, el placer de dormir boca abajo; sentarse a comer, a leer o a trabajar después de meses de no aguantar sentada más de diez minutos, primero por la panza y luego por el desagarre vaginal durante el parto.

Acostumbrada, como estaba, a seis kilómetros diarios en  menos de cuarenta minutos, me solté a llorar el día que intenté y no pude volver a hacer tres abdominales seguidas ni llegar a dos kilómetros en media hora. Gané un total de veinticuatro kilos, de los cuales diez se fueron en el parto. No tuve descalcificación pero sí resequedad considerable en piel y cabello. Cambiaron absolutamente todos mis hábitos alimenticios, también mis actividades. Se me ensanchó la cadera, pasé de lentes de contacto al armazón, mi cuerpo perdió resistencia al frío, mis dientes se hicieron más sensibles y conservé una pequeña mancha en el pómulo izquierdo. Después del embarazo empieza una larga rehabilitación de un cuerpo sensible y resiliente que lo ha dado –literalmente- todo.

Si algo me enseñó este año es que la maternidad entera se vive en el cuerpo. El cuerpo que gesta, cría, alimenta. El cuerpo que se expande, se abre, se mancha y se bate. Es el cuerpo el que va expuesto, vistiéndose de ropa holgada para caber, escotada para amamantar, sin tacones para proteger…

Antes había escuchado que el cuerpo femenino es un campo donde se libran batallas. Pero hasta ahora que soy madre descubrí que no hay momento en que el patriarcado sea más severo con la mujer que la maternidad. La gestación, el alumbramiento y el puerperio están plagados de todo tipo de violencias (obstétrica, laboral, familiar) que tocan a la mujer en su punto más vulnerable. El despido es por el temor a la ausencia temporal del cuerpo, como si menos cuerpo equivaliera a menor calidad del trabajo, porque se juzga, sin mayor criterio, que durante la gravidez el cuerpo de la mujer “no aguanta lo mismo que otros”. La condescendencia a la embarazada no siempre nace del respeto. Irónicamente, nunca he sido más eficiente y productiva en el trabajo que el último año.  La vulneración a la salud se da cuando, presa de miedo e ignorancia, la mujer accede a todo –incluso a aquello que no necesita- con tal de proteger a su bebé, cuando el personal médico mira al parto como trámite, como enfermedad o como negocio, antes que como un evento natural de la salud sexual femenina. Y en pleno siglo XXI todavía hay quienes quieren que la mujer se esconda para dar de comer.

La recién parida es confinada a los espacios reservados para el/la bebé, para quien, por cierto, no existen muchos lugares. Se espera de la mujer que “a partir de ahora” modifique sus actividades, sus espacios y su proyecto de vida en función del cuidado de los que nacen. Como si por ser biológicamente depositaria de la procreación, lo fuera naturalmente de la crianza. Aunque el que recién nace es y siempre ha sido de la comunidad, se espera que sea la madre quien críe, sin descuidar – por supuesto- su casa, a su pareja, su trabajo y su persona. Para la madre que trabaja, por gusto o por necesidad, en el círculo íntimo siempre queda un reproche implícito en las miradas lanzadas al cuerpo que se ausenta, y un remordimiento. Cuántas mamás han dejado de trabajar porque el pediatra les dijo que el niño había dejado de obrar o porque a la niña le estaban saliendo alergias en reclamo del cuerpo materno.

Nadie quiere en realidad dejar al recién nacido al cuidado de quien no sea la madre, ni siquiera ella misma. Todo mundo está lleno de consejos siempre bienintencionados, pero no siempre respetuosos de los procesos bebé-mamá ni conscientes de lo estresante, desgastante y desafiante que es maternar. No se dice que la maternidad, como la paternidad, no vienen dadas, ni por instinto, ni por sangre. Se eligen.

Las mujeres que decidimos ser madres, asumimos –independientemente de cómo la hagamos- la actividad social y económicamente más productiva: la formación de seres humanos. Y sin embargo, entramos la maternidad como si se tratara de un paréntesis que va a terminar y cuando pase la cuarentena o el año sabático, de vuelta al trabajo en donde se nos pide dejar de ser madres, la maternidad no existe, porque si existe “no producimos igual”. El entorno concibe la maternidad como algo omnipresente pero aislado, valioso pero sin valor ponderable. Se nos apura para borrar toda huella del embarazo, empezando por las estrías; y no es que no quiera borrarlas, pero no deja de intrigarme la prisa. Al mismo tiempo, se nos pregunta ¿para cuándo el siguiente? Se  nos insiste en no tardarnos tanto, en elegir rápido el método anticonceptivo -como si el de la mujer fuera el único cuerpo sobre el que puede intervenirse para impedir la concepción-.

Doy tantas gracias por una pareja que asume la crianza de nuestra hija como responsabilidad tan suya como mía, que me siguió haciendo sentir sexy 24 kilos arriba, que cuando dejé de poder contribuir física y económicamente al hogar me respondió que tenía a mi cargo el trabajo más importante, que sostuvo mi cuerpo al borde del quiebre para recibir con sus manos nuestro amor hecho carne, que cuando sentí por primera vez frustración frente al llanto incesante de mi bebé me dijo que se vale sentir de todo, que me pide paciencia conmigo misma para la recuperación y me acompaña a ejercitar el cuerpo aunque correr no sea de su agrado. Tengo la fortuna de contar con una madre amorosa que me apoya sin condiciones. Incluso tuve la oportunidad de ser contratada con ocho meses de embarazo en un  lugar en donde pude trabajar con mi niña en brazos; y hasta encontré cerca de casa compañía en una maravillosa red de mujeres sororarias. Y a pesar de tanto amor y tanta suerte, tampoco yo pude escaparme de experimentar muchas de estas formas de violencia.

Nunca soñé con ser mamá. Durante mucho tiempo ni siquiera quise serlo. A partir de mi primera menstruación hice sistemática e intencionalmente todo aquello señalado como causante de infertilidad. No quería tener descendientes porque creía que convertirnos en madres y padres nos volvía socialmente egoístas por volcar todo nuestro esfuerzo y bienes en una sola persona, que nos hacía renunciar a nuestros ideales, y yo quería “salvar al mundo”; porque sentía que ya estábamos muy sobre poblados, porque no quería traer a alguien a un mundo cada día más corrompido y contaminado, porque temía no poder hacerme emocional y económicamente cargo, porque temía perder la belleza de mi cuerpo joven y esbelto, porque temía hacerlo sola. Todavía después de terminar la universidad me tentó la vida religiosa. Por eso Natalia acertó cuando a las tres semanas de embarazo me dijo que la primera y más importante interrogante era saber si yo quería o no la maternidad en mi vida.

Decidí ser madre como pude elegir no serlo. Lo hice con voluntad pero sin tener idea de lo que vendría. Todavía puedo recordar el pánico que sentí cuando, después de las 14 semanas, caí en cuenta de que al concluir el embarazo la bebé tenía que salir de una u otra manera, no había vuelta atrás, tenía que parir, fuera por cesárea o por parto vaginal. No fue fácil asimilar cada uno de los cambios de mi cuerpo, dejarlo romperse, permitir que mi pareja me cambiase pañales ensangrentados después del parto.

Elegí ser madre y el costo social no me lo cuenta ningún estudio y ninguna ideología. He vivido en cuerpo propio un montón de violencias, muchas veces inconscientes e involuntarias. Después de todo, ¿cómo puede no ser decisión mía? Sin duda, la mejor que he tomado en mi vida, y sin embargo, si me lo preguntan, no sé si voy a hacerlo de nuevo.

Daba por hecho que llevaría a mi hija a la guardería a las pocas semanas, con biberones de fórmula, para trabajar jornadas de ochos horas en oficina. Cuando nació descubrí que no quería dejarla, que me costaba muchísimo no sentirla cerca y que era capaz de andar corriendo como loca por la ciudad en intervalos de tres horas, pasar madrugadas de trabajo acompañada del tiraleche e ingeniar todo tipo de malabares con tal de darle lactancia exclusiva y pasar el mayor tiempo posible con ella. Me sabía capaz de deportes rápidos y de alto rendimiento, pero no sabía que también lo era de resistir pacientemente lentas, prolongadas e interminables contracciones. No imaginé ni por un segundo que el dolor pudiera abrazarse física y genuinamente y que aprendería tanto de mi propio cuerpo.

Mi cuerpo me enseñó, por ejemplo, que podía ser hermoso sin necesidad de ser estético. Que no solamente es portador de órganos y vísceras, sino de símbolos, de significados, de saberes y de sentires, que pueden expandirse o fragmentarse. Que puede incluso albergar una consciencia distinta a la mía. Me mostró la responsabilidad de ser dos cuerpos en uno.

Recuperar mi cuerpo, en toda su extensión, es tan importante para mí como para mi hija. Nadie como nosotras entenderá la importancia de levantarse de madrugada a correr mientras ella y papá duermen,  de tener mis espacios, de equilibrar entre las necesidades de mi cuerpo y las del cuerpo que lo percibe como extensión de sí mismo y que necesita de él su presencia, su calor, su caricia. Nadie como ella y yo percibirá el valor de escribir este texto.

¡Qué bonitos son nuestros pies!, me dijo César esta semana. “Nos llevan a tantos lugares.” Mi cuerpo entero me trajo hasta aquí y hasta entender que solamente desde la plenitud personal puede ofrecerse una maternidad plena. Y el cuerpo  que elige maternar termina e inicia deshecho, por eso encontré tantas mujeres con sensación de haberse perdido en el círculo de crianza. Un cuerpo hermoso que me hace preguntarme ¿En qué condiciones estamos criando? y me responde que no podemos cuidar si no sabemos cuidarnos. Así sea.

img_20151031_174753788

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s