En memoria viva de Angélica Ortíz

Querida Angie:

No sé si es a ti o a mi o a todas/os a quien escribo. Me gusta dirigirlo a ti porque me reconforta pensar que puedes leerlo. Hace varios días que lo llevo guardado en el pecho, pero no había encontrado el sosiego ni la fuerza para sacarlo. Han sido días tan confusos y tan inexplicables.

El lunes, que me enteré de tu abrupta partida apenas alcancé a llenarme de tristeza, por el contexto de nuestro encuentro, por lo que alcancé a conocer de ti, por los mucho que habías logrado y lo que sé que soñabas con hacer todavía.

Tras las primeras versiones sobre las condiciones de tu muerte, me doliste mucho más. Mi mente buscó insaciable por entre los escasos recuerdos algún indicio, alguna señal, queriendo saber, queriendo encontrar justificaciones, historias que hicieran sentido. Me aferré como muchas otras personas a mi incredulidad, a la necesidad de ver en cada nuevo detalle una versión alterna. No sabes cómo me gustaría encontrarle a todo esto una explicación distinta, una verdad que coincida con lo que preferiría para ti y que pueda hacer mía.

Pero siento que, para tranquilidad y consuelo míos, te estaría haciendo daño. A ti, a lo que significas, a aquello a lo que elegiste dedicar tu vida.

El miércoles, que las investigaciones se volvieron más precisas y también más contundentes, la indignación y coraje que antes intentaba reprimir se tornaron en unas ganas ardientes de denunciar, de alertar, de prevenir;  pero sobre todo en un sentimiento de profunda confusión en el que me supe, de pronto, acompañada de una manera completamente inesperada.

A lo largo de estos días fui contactada (y también contacté) desde diferentes países y espacios por una red no explícita pero bien tangible y muy extensa de hombres y mujeres que te rodeábamos. Me di cuenta de no ser la única que pasó estos días con dificultad para comer o dormir y sin la concentración suficiente para poder trabajar. Me di cuenta de lo mucho que tenemos en común. Fuimos, somos, muchas y muchos quienes tocadas por tu partida nos preguntamos una y otra vez ¿Cómo pudo haber sucedido en medio de un entorno de jóvenes activistas, feministas, también defensores/as, que nos habíamos informado, capacitado y empoderado junto contigo y que hemos venido trabajando para la justicia teniendo por brújula las premisas de paz y no violencia? ¿En dónde está la frontera entre lo íntimo, lo público y lo privado? ¿De qué nos dimos cuenta y de qué no? ¿Qué pudimos haber hecho?

Desde el impacto que nos generan estas preguntas hemos también compartido un gran ímpetu por hacer como tú hacías, ayudar como tú querrías. Hemos tenido también que aceptar que primero se vale sentir. Y lo que he sentido es un intenso dolor.

Me duele la  realidad y pensar que pudo haber sido evitable. Me duele sentirme tarde para ti. Me duele tener que entender algo así. Me duele también mi negación.

Me duele el morbo con el que muchas personas se han acercado. Creo que hay muchas cosas sobre esa madrugada y sobre su relación de las que nunca vamos a poder tener certeza. Reconozco, por la investigación pericial, que no fue un accidente, que fuiste asesinada (aunque duela decirlo), que lo fuiste como lo son a diario muchísimas otras mujeres. Me duele la felicidad con que te conocí y saber que te hubiese gustado que recordemos a tu pareja como un ser humano que compartió vida contigo y no como un monstruo. Creo, frente a la evidencia de no premeditación y de mucho arrepentimiento, que no tenemos derecho a emitir juicios más allá de los hechos. Lo entiendo como algo que no me corresponde.

Me duele que en el intercambio de los últimos días, en su mayoría entre mujeres, nos hemos ido abriendo y con ello percatando de lo cercanas que nos son todo tipo de experiencias de violencia. En las relaciones de nuestras hermanas y madres, de nuestras amigas, de nosotras mismas. Dándonos cuenta de que de no ser por esta tragedia no tendríamos espacios para acercarnos desde esos confines de nuestra intimidad. Vamos encontrándonos siempre desde la nueva idea, desde el nuevo proyecto, desde la nueva acción, deteniéndonos pocas veces a preguntarnos unas a otras cómo nos sentimos en rincones recónditos y tan personales.

Me he preguntado con insistencia, ¿por qué nos duele tanto?

Nos duele y nos incomoda reconocer que es falso que sean las mujeres desprotegidas y des informadas quienes están vulnerables a la violencia de género. El haber dado por sentado entre nosotras algo que no necesariamente es obvio: nunca permitir que alguien nos maltrate física ni verbalmente. (C.S.) Nos duele reconocernos en la posibilidad bien real de que mañana sea otra de nosotras, mujeres empoderadas, exitosas, de una misma generación y de una misma lucha.

Yo te miro, porque así te conocí, como una defensora de derechos humanos, activa y proactiva, cuestionadora tenaz de su entorno. Segura de sí, con esa seguridad que no era aparente sino cimentada en el  inmenso e incondicional amor que siempre recibiste. Porque después de conocer a tu familia me ha quedado bien claro que no te faltó amor. Ni un poquito. Una mujer fuerte y determinada. Tan cercana a mí, tan parecida. Hace algunos días te escribí “no voy a olvidar tu liderazgo comprometido y tus ganas siempre activas por hacer del nuestro un entorno mejor.”

Ahora me pregunto si tus ganas de hacer del nuestro un mundo mejor también te empujaron, nos empujan a intentar cargar al mundo sobre nuestras espaldas. Buscadoras de justicia y portadoras de una sensibilidad que nos acerca a la empatía. ¿En dónde termina la línea en la que comprensión se nos convierte en justificación y en tolerancia de lo intolerable? ¿Hasta qué punto entendemos de manera clara el límite de aquellos cambios de los que no somos responsables y que no dependen de nosotras? Nuestros propios límites. ¿Tenemos clara la delgada línea entre el buen trato y mal trato? ¿Asumimos en la práctica que la manipulación, el chantaje, el juicio, el reclamo, la frialdad intencional, la imposición, la arbitrariedad, la ley del hielo, la amenaza, la burla, son formas muy sutiles de violencia? Violencia que escala. No puedo dejar de preguntármelo.

Nos avergüenza también admitir que todas nuestras teorías y conocimiento se desvanecen frente a nuestros afectos, porque lo sabemos muy cierto. Nos peguntamos qué pudimos haber dicho o hecho, qué se nos pudo haber escapado y eso nos llena de culpa. Pero las culpas no sirven de nada. La realidad es que difícilmente pudimos haber visto algo que quizá ni siquiera viste tú.

No justifico y nunca justificaré la violencia que se llevó tu vida. Pero coincido con Indira en que todas las vidas son sagradas. Y no puedo evitar preguntarme tanto por los motivos que terminaron con una como con la otra. Tengo ganas de preguntar: en realidad, verdugos, víctimas y victimarios, seamos sinceros ¿que nos diferencia realmente de Arturo y de Angélica? Nos gustaría emitir sentencias, señalar culpables únicos y encender hogueras, porque así es más fácil apaciguar conciencia. Pero ni esta hoguera ni el aumento de violencia nos devuelven tu vida. Que levante la mano quien mantenga relaciones completamente libres de violencia.

Pienso en el linchamiento social de la familia de Arturo, que está seguramente tan confundida como nosotros. Entre las comitivas que abogan por la protección de las mujeres, intento buscar aliento para su madre y su hermana. No lo encuentro. Ahora nos urge hacer algo para “ayudar a las demás”, siempre a los demás. Se nos olvida que nos pasó a nosotras.

Creo que tenemos que hablar abierta y sinceramente. Hacernos las preguntas dolorosas pero necesarias que nos dejaste. ¿Qué fue lo que permitió que ocurriera en nuestra comunidad un feminicidio? ¿Cuántos otros han ocurrido y quedaron en la clandestinidad de guardar las apariencias? ¿Es personal? ¿Es sistémico? ¿Es privado? ¿Es público? ¿Debería serlo? ¿Qué es lo que sigue permitiendo que mujeres empoderadas y de grandes oportunidades, pertenecientes a programas diseñados para reducir las brechas de desigualdad entre hombres y mujeres, legitimemos, toleremos y justifiquemos violencia en lo más íntimo de nuestras relaciones? ¿Qué fue lo que toleramos? ¿Qué haces cuando intuyes, atestiguas o te confiesan la violencia? Son parte de una reflexión de la que he notado auto excluirse a los hombres y apropiarse a las mujeres, pero que creo nos compete a tod@s. Ellos también son violentados de muchísimas maneras.

Me anima saber que si yo hubiera estado en tu lugar estarías aquí invitándonos a esta discusión. Hay tantas cosas que me habría gustado preguntarte, Angie. ¿Qué te hubieras cuestionado tú viéndote en este espejo? ¿Qué te gustaría que le dijéramos a tu hermana menor? Siempre expresiva como fuiste, estoy segura de que al partir quisiste decirnos algo. Nos dejas mucho por hacer. No hay transformación del mundo sin transformación de nuestras relaciones.

Debes estar sonriendo por todos los encuentros que tu partida ha detonado, pero sigo pensando que no había necesidad de irte. Que nos queremos y nos necesitamos vivas. Te sigo admirando porque amaste hasta el final. Pero ahora sé que el amor no blinda. Tu partida nos deja el inevitable dolor con el que tenemos que encontrarnos cada uno y una, pero también infinidad de duras preguntas y lecciones.

Voy a dejar este ánimo sombrío porque sé que me querrías alegre y hacia adelante. Empecé esta escultura al inicio de la preparatoria, a los 16 años, en clase de arte. Buscaba representar la violencia, y a mí, como mujer, dentro de ella. La verdad no me acuerdo por qué elegí ese tema. La dejé inconclusa porque aunque me llamaba mucho la atención no alcanzaba a entenderla. Había quedado empolvada en la casa paterna a partir de entonces. Por ti, por todas, por todos, prometo terminarla.

#NiUnaMás

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2 responses to “En memoria viva de Angélica Ortíz

    • El problema, Paty, es que lo que vemos es sutil y lo justificamos llamándole de muchas maneras… “carácter fuerte”, “inmadurez”, “desplante”. Lo reprobamos, claro, pero nunca lo relacionamos con un posible desenlace trágico. Nunca se relaciona de manera directa el indicador de violencia con la culminación de las formas más graves de ésta, justamente porque va escalando… poco a poco.

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