¿Naranja o amarillo?

Hace días tuve una discusión con mi mamá sobre el color de uno de los pantalones de mi hija. Lo que comenzó en una conversación banal terminó en un acalorado intercambio en donde le dije daltónica y me respondió irritada que la daltónica era yo. Ella aseguraba que el color del pantalón era amarillo y yo insistía en naranja. Me sorprendió la tensión colérica que de un segundo a otro se apoderó de nosotras.

En el punto más álgido de la discusión, ambas nos quedamos calladas, tomamos un respiro profundo y cambiamos de tema. Yo me quedé doblando el pantalón y ella salió del cuarto. El incidente pareció olvidarse minutos más tarde, pero la sensación de malestar que permaneció durante buen rato me hizo preguntarme si lo que me incomodaba todavía era la “certeza” de conocer el verdadero color del pantalón y la frustración de que mi mamá no lo reconociera, o bien la “necedad” con la que ella insistía en el color que veía, o incluso el que su insistencia me haya hecho preguntarme por un segundo si yo realmente tendría un problema visual; pero sobre todo la sensación de que si hubiéramos seguido discutiendo, las manifestaciones  agresivas de una hacia otra habrían escalado, aún a pesar de la excelente relación que guardamos y de lo irrelevante del color del pantalón.

Ahora, mirando la prenda de ropa doblada en el cajón no puedo dejar de pensar en desacuerdos con los que me he topado tanto en el entorno personal como en la vida pública. Recién leía una polémica en línea alrededor de la expresión “child free”, que en algunas conversaciones estaba siendo utilizado para designar el derecho a decidir no procrear y en otras sintetizaba la exigencia de limitar la presencia de menores de edad en lugares de entretenimiento. En mi caso, quizá por lo reciente de mi incursión a la maternidad, todavía me es fácil distinguir claramente, frente a todo debate sobre infantes, una postura antes y después de convertirme en mamá.

Muy probablemente antes de serlo habría coincidido en que es incomodísimo pagar por ver una exhibición artística de cualquier tipo o una ceremonia interrumpida por niños llorones y me habría sumado a petición de prohibir su ingreso, reprochando entre dientes a los padres “irresponsables” que los llevan. Después de parir, sin embargo, me he dado cuenta de la dificultad logística que muchos padres enfrentan para asistir a los eventos sociales sin sus pequeños, también de la enorme falta de opciones de esparcimiento para familias con bebés, desde la ausencia de cambiadores o periqueras en espacios recreativos, hasta la limitada oferta culinaria, que orillan a nacidos y progenitores al confinamiento en casa. Dos veces fui al cine con mi hija de un año a ver películas infantiles, la primera se durmió, la segunda empezó a llorar y se mantuvo tranquila solamente paseando por la escalera en mis brazos durante toda la función. La tercera vez la dejamos en casa con sus abuelos.

Después de ser mamá me es más perceptible el adulto centrismo y he podido constatar lo importante que es para los nuevos padres poder acceder a espacios de socialización; especialmente aquellos que viven en ciudades lejanas a sus familias extensas. Apelo entonces a un entorno de mayor tolerancia e inclusión del infante. Más que quejarme de que los niños son muy ruidosos -como si los adultos no fueran molestos por muchos otros motivos- ahora coincido tal vez más con que corresponde a los adultos la responsabilidad de sacarlos un momento para calmarlos si lloran durante las funciones. En el caso particular del cine, personalmente he optado por dejar a mi bebé en casa por los niveles de sonido, las tonalidades de luz y el aire acondicionado de las salas, pero también me encantaría que el entorno nos permitiera llevarla con nosotros. Antes se ser mamá, por otra parte, quizá no se me hubiera ocurrido preguntar, cómo se pregunta Vianney, por qué estar tan urgidos e interesados en desterrarles de actividades y espacios de entretenimiento y no exigir con la misma imperiosidad sacarlos de otros entornos de riesgo como, por ejemplo, la pobreza o las calles.

Antes de ser madre estaba segura de que no lo sería nunca y así lo asumía, con la misma naturalidad con la que otras deciden serlo. Al aceptar la maternidad ciertamente desmitifiqué temores que tenía sobre tener hijos, como a la pérdida de sueños e ideales o a la renuncia del desarrollo profesional, para ir descubriendo que, en mi caso, con la llegada de una nueva vida tanto la fuerza como la convicción se me multiplicaron. Sin embargo, aún ahora sigo sosteniendo fuertes argumentos para no procrear, como la sobrepoblación o la carga socialmente impuesta al rol materno; porque fue justamente la experiencia de ser madre y vivir en carne propia maltrato obstétrico, despido por embarazo y otras formas de violencia y opresiones ligadas a la maternidad tradicional, lo que me hizo enterarme – o darme por enterada- de que nuestros órganos sexuales y condiciones biológicas siguen sirviendo todavía de pretexto para profundas desigualdades. No me extraña ni me asusta que existan mujeres arrepentidas de haberse comprometido a un proyecto de vida que en el fondo no desean por la presión social de que es lo que se espera de ellas. Con todo, vivo mi decisión de ser madre sin dejar de ser por eso una mujer vigorosa y una profesionista satisfecha.

Mi lectura sobre la infancia y sobre la procreación ha sido, pues, distinta según las circunstancias desde donde lo mire. Por eso puedo entender ambas.

En medio de la polémica, mientras unas voces claman por la prohibición de menores en los espacios de entretenimiento, otras –mayoritariamente personas con hijos- la rechazan, pidiendo, al contrario, mayores condiciones de inclusión en toda variedad posible de actividades recreativas. Mientras que muchas mujeres manifiestan sentirse juzgadas por los “sin hijos por elección” como si esta frase fuera una especie de sentencia, reproche o crítica por haber elegido ser madres, quienes eligen abiertamente no tenerlos son a su vez tachados de resentidos sociales, irresponsables, anormales, y hasta de odiar a los niños. ¿Quién tiene la razón?

Hace tiempo me topo también con discusiones alrededor de la solicitud que han hecho jóvenes estudiantes de todo el país, en su mayoría mujeres, para eliminar la tradición de concursos de belleza femenina en las universidades lo mismo públicas que privadas. Irónicamente se acusa de “feas” a sus promotoras, solo a las mujeres aunque también haya hombres, por cuestionar el hecho de poner a competir en la escuela a las estudiantes por su apariencia más que por su desempeño académico o su capacidad intelectual, haciendo del cuerpo femenino un espectáculo.

Quienes apelan por la eliminación de los certámenes, que dicho sea de paso ya han sido eliminados por secretarías de educación de diversos estados tras haberse reconocido públicamente su componente sexista, argumentan que tales concursos, exclusivos para el género femenino, son manifestaciones de violencia simbólica porque cosifican a las mujeres. Esto quiere decir que el hecho de someter a una joven a ser calificada como ganadora o perdedora a partir de su aspecto físico le muestra que, a diferencia de los varones para quienes rara vez existen este tipo de concursos, su validación social como persona puede depender de cómo luce, cosa que posteriormente se traspasa a los ámbitos profesional y personal. Por supuesto, que el que ella reciba la violencia no significa que necesariamente tenga que interiorizarla de esa manera, pero sí significa que el entorno le indica que, en un mundo de cuerpos que son extremadamente diversos, es válido asignar a la apariencia una calificación aprobatoria o reprobatoria según un estándar único de belleza. De ahí que la crítica no sea a las concursantes sino a las instituciones que promueven el concurso.

Mirando a buena parte de las mujeres que me rodean naufragar, desde la secundaria hasta el cenit de sus vidas adultas, entre una inmensa cantidad de relaciones fallidas por inseguridad personal, desórdenes alimenticios, cuadros depresivos ocasionados por críticas a su aspecto físico y una presión permanente por ejercitarse, someterse a dietas y depender de salones de belleza para lucir como debe lucirse; no me parece ocioso ni irrelevante preguntarse sobre la pertinencia de dichos certámenes en una de las edades más vulnerables. En algún momento de mi juventud quizá me habría costado entender la reflexión de otras jóvenes mujeres y hasta la habría considerado exagerada. Sin embargo, hoy, como abogada, la denuncia argumentada del contraste de los requisitos de los concursos con las directrices de los centros de estudios, sin mencionar con las leyes vigentes en México, no me parece en absoluto infundada. Como politóloga tampoco encuentro quejumbroso un planteamiento crítico sobre las formas de ejercicio de poder en el plano simbólico, que se adhiere a una denuncia no solamente presente en el medio local estudiantil sino alrededor de los certámenes de belleza alrededor del mundo desde hace décadas.

“¿Por qué estar en contra de estas cosas que ni perjudican ni te benefician?”, “a ti en qué te afecta” o “a ellas en que les afecta” son comentarios recurrentes, como si la sensibilidad social requiriera necesariamente que una situación trastoque nuestros intereses personales inmediatos… y evidentes. Me intriga más, no obstante, la necesidad que sienten esas personas a las que “no les importa”, “les da flojera” o “les da igual” el tema, de pronunciarse en contra de esas personas “negativas” a quienes, si no les gusta, mejor harían en desentenderse de los concursos, no verlos, no participar, no opinar. Da mucho en qué pensar sobre cómo comprendemos la libre expresión en nuestras interacciones sociales.

Pero más allá de que el de las diferencias de género sea uno de los terrenos que más polémica y violencia detona en los espacios de expresión, justamente porque apela a uno de los aspectos más íntimos y profundos de nuestras identidades, que a la vez impacta tangiblemente nuestras cotidianeidades: la repartición de tareas en casa, los comportamientos socialmente aceptados, la configuración del amor, el placer, la muerte; lo que más ha llamado mi atención es la diferencia en la receptividad de un mismo mensaje según el interlocutor que lo emita. La abrumadora diferencia de opinión sobre un mismo hecho dependiendo de si es la institución gubernamental o educativa quien anuncia la eliminación de certámenes de motu proprio o si es un grupo de estudiantes quien lo solicita. La descalificación de un planteamiento legítimo y argumentado por el ‘perfil’ de quienes -pacífica e institucionalmente, por cierto- lo plantean: mujeres (no únicamente), mayoritariamente feministas (pero no únicamente). Un perfil por demás prejuicidado y caricaturizando. Todas/os tachando a todos/as de intolerantes.  Y de nuevo, ¿quién tiene razón?

Como cualquier persona, a lo largo de mi vida he participado en una incontable cantidad de malentendidos. Como la mayoría, he criticado y emitido juicios más rápido de los que escucho,  pregunto, reflexiono o  me dispongo a encontrarme con el otro. Más de una vez he asumido mi versión como la única posible o verdadera.

Hace tiempo que mi esposo explora su interés por las enseñanzas budistas. A veces, cuando nos disputamos, todavía me descubro cerrando la discusión mandándolo peyorativamente a encontrar paz mental o aludiendo a alguno de los preceptos del budismo en tono sarcástico, buscando la relación entre su postura frente cualquier que sea el tema de discusión y los postulados de una filosofía por la que él siente un profundo respeto y que yo conozco apenas superficialmente. Como si la relación entre una y otra fuera inmediata, inminente e ineludible. Como si toda opinión suya se pudiera explicar a partir de un único aspecto de su vida o se redujera a uno solo de sus intereses.

Este año, al enterarme de que mi papá se había sentido mal porque no fui a visitarlo el día del padre sentí desconcierto. A diferencia de su cumpleaños, que nunca me pasa desapercibido, el tercer domingo de junio no es un día que mantenga presente porque desde que me fui de la casa paterna, a los 18 años, para estudiar del otro lado del país y luego del mundo, no era un día en el que procuraba volver a mi tierra de origen, e incluso después de mudarme mucho más cerca no ha sido un día que sepa que para él es particularmente importante mi presencia. Por eso es que cuando días después hablamos por teléfono le pregunté con ligereza “¿es verdad que te sentiste porque no fui a verte en un día que nunca celebramos?”. Me respondió molesto que no estaba sentido y que no sabía de qué hablaba, minutos después cortó la conversación con cualquier pretexto sin tener oportunidad de despedirnos. De pronto me doy cuenta de que quizá el nacimiento de su nieta dotó al día de un nuevo significado o simplemente tenía ganas de vernos, quizá con los años cambió de parecer sobre ese día, o quizá siempre le importó y sabiendo que estaba lejos simplemente nunca me lo dijo. Me di cuenta también de que el 10 de mayo sí es un día que procuro y que quizá eso perpetúa la asignación de roles de género de la que soy tan crítica. De pronto me percato de que no fui capaz de decir simplemente “siento mucho que te hayas sentido triste” y él no fue capaz de reconocer que lo estaba.

En los días siguientes al sismo del 19 de septiembre, no todo fue solidaridad y ayuda mutua. Tanto particulares como entes públicos sustrajeron bienes donados en medio de la tragedia y hubieron enfrentamientos entre civiles y autoridades. Las respuestas gubernamentales a muchos niveles dejaron mucho que desear, no faltaron oportunismos políticos, fotos con cajas vacías, ocultamiento de información, descoordinación, ausencia de autoridades en puntos críticos; en muchos casos la ciudadanía terminó proveyendo de herramientas básicas y organizándose más eficientemente que las instituciones. Las denuncias abundaron en redes sociales, también las tensiones.

Cuando mi hermano y otro compañero llegaron a preguntar a un grupo de brigadistas civiles “¿en qué ayudamos?, ¿qué se necesita?”, uno de ellos les respondió “primero se me quitan ese uniforme porque aquí la ciudadanía es la que está a cargo”. Su respuesta fue “Mira wey, lo que tú estás haciendo aquí una semana con tanto orgullo yo elegí hacerlo todos los días de mi vida, por vocación. Tú mañana regresas a tu vida normal y te desentiendes de esto, pero yo aquí me quedo. Así que no me pidas que me quite mi uniforme y dime en qué necesitan ayuda.”

Cuando me lo platicó me dejó pensando en la importancia de escuchar todas las voces en una misma historia. Sé que es muy poco probable que mi hermano suba a las redes fotografías o comentarios sobre cómo estuvo dos semanas sumergido entre escombros buscando sobrevivientes y sacando cuerpos, los primeros días como civil y después como autoridad. No va a pregonar cómo fue que confrontó a otra autoridad y logró que no metieran maquinaria pesada antes de las 72 horas reglamentarias en un edificio y cómo trabajó sin descanso hasta encontrar el cuerpo del joven cuya madre esperaba angustiada frente al derrumbe un día tras otro. Nadie sabrá del cansancio que vi en sus ropas y en sus ojos ese fin de semana, la emoción con la que nos contó lo que vio, lo que sintió; su coraje e indignación por negligencias que costaron muertes evitables y el miedo que también sintió metido entre lozas y tanques de gas rotos. No puedo describir la admiración que sentí al verlo poner sin chistar su cuerpo y energía estos días de tragedia con la misma entrega con la que lo he visto servir a totales desconocidos, que hoy se dicen ciudadanos, durante los últimos ocho años.

Su relato me hizo recordar que a mí también me ha tocado ser cosificada, denostada y deshumanizada por el solo hecho de elegir como profesión la vocación de servicio público. Entrar en el peyorativo “las funcionarias” y que a la vuelta de la esquina me traten excelentemente bien como activista, olvidando que quienes tenemos vocación de servicio público y hemos decidido aportar nuestro trabajo y esfuerzo a las instituciones públicas, estamos expuestas a las mismas violencias que el resto pero por doble vía; al interior mientras nos la jugamos navegando contra corriente en el ejercicio de cargos públicos para permanecer íntegros -cosa nada fácil- y al exterior cuando volvemos a ser ciudadanas. Que no somos escritorios, somos personas, somos mujeres, y también somos defensoras. Que en lo público como en lo privado ni somos números, ni somos etiquetas, ni somos uniformes.

También pasó en esos días que integrantes de instituciones públicas llevaron su herramienta de trabajo cotidiano a donde se necesitaba y después tenían que llevarla de vuelta porque la necesitaban para seguir operando, pero también porque está inventariada y no regresarla les convierte en acreedores de sanción. Es cierto que no estamos en un contexto que permita muchos matices y es legítimo denunciar públicamente que el gobierno –así, en genérico- nos está reprimiendo, pero insistir en denunciar un robo de herramienta donada por la ciudadanía cuando nos dicen y -sobre todo- nos demuestran que las herramientas tienen número de serie de una institución pública, me parece grave porque hasta que no  entendamos que el prejuicio lastima, no es de sorprender  que vivamos inmersos en esta vorágine de violencia. Una violencia que empieza cuando dejamos de ver personas a la hora de toparnos, en los casos concretos, y empezamos a ver un montón de etiquetas. Nacos, ninis, millenials, hipsters y no se diga haters, chairos, feminazis.

Si no me gusta lo que dices eres progre, eres bot, eres intolerante, eres lo que sea que no soy yo. Lo que me parece comiquísimo y la vez patético es que así como tildo soy tildada. Muchísimas veces he visto a una misma persona referirse a otra con un apelativo en una conversación y ser calificado de lo mismo en otra.  Mientras que en algunos entornos no merezco ser llamada feminista por no ser lo suficientemente transgresora del patriarcado, para otros resulto una ferviente luchadora de “la causa femenina”. Para algunas de mis colegas mi origen social me hace inescapablemente burguesa y para otras me mantiene con “los pies en la tierra”. Para mis padres soy esa que se ha transformado a gusto de mi pareja, para mis suegros aquella que lo ha cambiado a su antojo. Para unos sureña y para otros norteña, para unas hippie para otras fresa, acá liberal y allá conservadora. Según el prejuicio desde donde se mire.

Porque el acto de mirar (racional), dice Mieke Bal, es profundamente “impuro”. Se encuentra inherentemente encuadrada, delimitada, cargada de afectos. Es un acto cognitivo intelectual que interpreta y clasifica. (Bal, 2004:17)

Nuestra sociedad democrática da por hecho que la diversidad de opiniones nos enriquece pero a la gran mayoría de diferencias carecemos de la disposición y la paciencia para escucharlas. Confieso que a veces yo no las tengo. Dejar hablar y escuchar al otro en la vida pública es un asunto, además, delicado porque mientras la apología del odio, del delito y de la violencia crean realidades, también lo hace aquello de lo que nunca se habla.

Lo preocupante es que entre lo políticamente correcto y las libertades de expresión, se juega un fenómeno del que el éxito de Trump es el más doloroso síntoma, que tiene que ver con el hecho de que rodearnos únicamente de aquellas opiniones que nos son afines nos mete en un mundo ficticio en donde el parecer diverso al nuestro permanece invisible, como si no existiera….hasta que nos explota en la cara. Esa tendencia de la corrección política, criticada por Thalía y Federico,  no como un enfoque para contrarrestar discursos de odio, sino como un “método de silenciamiento, una negación al debate basada en una incapacidad de aceptar la complejidad del mundo; como si todo estuviera resuelto ya y lo único que faltara es corregir el lenguaje para adaptarse a una nueva realidad fresca, incluyente e ideal.”

El mundo de lo políticamente correcto, dice Cordelia, forma grandes barreras que no permiten airar las preocupaciones más honestas de la gente, pero tampoco es fácil dejar que corra libre el discurso de odio aunque sea honesto. Sin embargo, enfatiza Jonathan Pie, el riesgo de imposibilitar a la gente a articular su posición por temor a ser silenciado paradójicamente lleva a la polarización y a la radicalización. Por lo tanto, concluye Compean, la incapacidad de entender al otro nos deja solamente conflictos intratables.

No es trágico que todo diálogo sea potencial de conflicto, porque el conflicto permite transformación, evolución y encuentro. Pero el conflicto también desgasta. Soy de las personas a las que les gusta confrontar sus puntos de vista con aquellos que son distintos. Siento una fuerte atracción por la divergencia. Por eso en notas afines a mi pensar sistemáticamente suelo entrar a buscar discrepancias en la sección de comentarios, buscando el chelín detrás de la nuca que yo sola no podré ver nunca. Tengo una sólida formación en resolución no violenta de conflictos y sin embargo, cuando lo que se busca no es diálogo y genuina comunicación plural de ideas sino denostación o insulto, cuando los comentarios están cargados de violencia o de imposición, leerlos me desanima y me succiona la energía.

He tenido la fortuna de poder ver el mundo desde muy diversos roles, desde los cuales he visto asumirse hacia el resto del mundo una serie de aventurados supuestos. Como activista la “ineptitud” del funcionariado público. Como funcionaria pública la “necia ignorancia” de la ciudadanía desconocedora de la ley. Como académica lo “irreflexivo” del resto. Como extrajera el hermetismo de las comunidades locales. Como mestiza “el complejo” de los pueblos originarios. Otro tanto, como mujer, respecto del hombre y el resto de identidades sexo-genéricas. Seguramente todavía caricaturizo aquellos roles que no me han tocado, como los del mundo empresarial, pero mi propia diversidad me ha enseñado que, si bien, todas tenemos derecho a tener postura, es fundamental aceptar que tal postura viene “desde mí”. La relativización de la opinión propia es una actitud que hace mucha falta, al menos en los ámbitos desde los que puedo hablar: la familia, la investigación, la función pública y el activismo.

Sin embargo, interactuar “desde mi vivencia” o “desde mi sentir” únicamente, también es una vereda de dos caras. Así como puede permitir escuchar a la otra persona puede igualmente cerrar el diálogo entre dos válidas “mi verdad”. De pronto todos somos víctimas y ya nadie es responsable. Cuando me hacen a mí es inadmisible, porque yo me siento enojada, triste, ofendido, pero no cuando yo lo hago. Ahí donde todo lo que no nos gusta se vuelve violento, todo tiene pinta de violencia y entonces ya nada parece serlo. Cuando discriminación se percibe como que no accedas a hacer lo que yo quiero, cuando yo lo quiero y como yo lo quiero, situación que con frecuencia me he topado desde la función pública.

Acá una activista defensora de derechos de las mujeres acusando de abuso sexual a una policía, relatando los obstáculos institucionales que tuvo para interponer su denuncia y declarando haber recibido, a partir de entonces, amenazas y allanamiento en su domicilio. Acá una policía, también mujer, alegando no haberla violado. La una respaldada por la Red Nacional de Defensoras de Derechos Humanos, la otra por en el Movimiento Nacional por la Seguridad en pro de la Justicia y por la comunidad de la montaña.

Allá videos de la activista en estado de ebriedad, grabados por elementos de la policía la noche de su detención y una declaración pública del rector de la Universidad Autónoma de Guerrero negando que tuviera alguna conferencia en la casa de estudios como afirmó en su declaración. Aquí el razonamiento de que ni la cantidad de alcohol ingerido ni la actitud altanera justificarían la transgresión de su integridad sexual en caso de haberse perpetrado. Acá el cuestionamiento de la discrepancia entre la información revelada por medios y lo que ella dijo en sus declaraciones. Allá el señalamiento de un intento de linchamiento mediático para desestimar su denuncia pública.

Ella presumiblemente mestiza, escolarizada, con el capital político de dirigir una asociación civil. Ella presumiblemente indígena, madre soltera, con poca preparación académica. Dos relatos verosímiles en un país de tortura generalizada, de criminalización habitual de defensores de derechos, pero también de clasismo, de tráfico de influencias y de profundas desigualdades. Un análisis que se antoja necesario sobre las condiciones de poder y privilegio entre las mismas mujeres, sin que eso exima o acreciente falazmente responsabilidades. Una horda de verdugos sumergidos en acaloradas discusiones sobre como “ese tipo de actitud prepotente, y ese tipo de gente son quienes tienen a México hundido”, “son los de afuera los que vienen a perjudicarnos”, “ya sabemos cómo son los policías”, “las autoridades son todas una lacra”. Denigración de las opiniones que se emiten desde una mala ortografía. Una investigación que se espera imparcial y que aún no ha sido concluida.

La reflexión necesaria de Leticia sobre el dilema de colaborar en revictimizar a una y atacar con furia desinformada a la otra, desgarrándose las vestiduras, mientras que la violencia contra las mujeres sigue ocurriendo “allá afuera” y aquí adentro. Mientras que la violencia, en todas sus formas sigue manifestándose en la mayoría de los comentarios -por cierto misóginos y clasistas- al pie de las notas periodísticas, que califican a una y otra mujer de “puta”, “facilita”, “teibolera”, “cuentachiles”, “vendedora de verduras de la central de abastos.”

El problema de que todos tengamos la razón es que si, como dice Arellano, ésta se compone de sensibilidad (pulsiones a partir de las cuales percibimos al mundo) y conceptos (ideas a partir de los cuales lo comprendemos), la pregunta es ¿la sensibilidad de quién? y ¿los conceptos de quién? No es, entonces, quién tiene la razón sino ¿la razón de quién? Las cosas como son…pero para mí. De ahí la importancia de relativizarse.

Comunicar sin violencia implica un arduo trabajo de humildad y des-aprendizaje. En el camino he descubierto que a veces un cambio de roles puede ser mucho más efectivo que una confrontación. Ricardo utiliza, por ejemplo, el pronombre personal “nosotras” cuando participa en clases en donde el grupo tiene igual o mayor presencia de mujeres que de hombres, sin que hacerlo afecte su identidad sexual. Leyendo a Wolf, César se percató de que muy rara vez en su vida había leído a consciencia desde la voz femenina, porque buena parte de las narraciones se asumen en voz masculina independientemente de si provengan de escritor o escritora. Hacerlo le permitió una experiencia narrativa totalmente diferente. David se dio cuenta de la cantidad de labores domésticas que “parecen hacerse solas” cuando Karina se rompió una pierna.

Con algunos hombres compañeros del doctorado nos hemos auto otorgado el permiso de preguntarnos el por qué de nuestras opiniones sobre las diferencias biológicas y culturales entre hombres y mujeres, tanto en lo que a ellos les resulta anacrónico, parcial o exagerado como en lo que nuestros propios órganos reproductivos – de ellos y de nosotras- no nos permitirán vivenciar nunca. El ejercicio nos ha abierto la oportunidad para discutir, por ejemplo, qué hay detrás de nuestra utilización del lenguaje incluyente, en un mundo de estrictas reglas gramaticales sobre un constructo social tan cambiante como es el lenguaje. He podido explicar -como en otros espacios no lo he hecho porque de inmediato sobreviene la des calificación- cómo es que, de hecho y quizá por mi inclinación literaria, el uso de las formas “las y los”, l@s, les, lxs (a falta de un artículo neutro en castellano) estéticamente me irrita, pero al mismo tiempo me significa.

Haciendo un esfuerzo por describir realidades incluyentes sin utilizar, o utilizando lo menos posible estas figuras gramaticales, me he visto orillada a encontrar fórmulas neutras o mixtas y a ampliar constantemente mi vocabulario. Dependiendo el tipo de texto varío las expresiones, “personas migrantes” en lugar de “los migrantes”, “la coordinación” en lugar de “los coordinadores”, “personal médico” en vez de “los doctores”, “quienes” en lugar de “aquellos” (para evitar aquellas y aquellos), por ejemplo, si se trata de escritos de corte periodístico o científico, o bien la alternancia de calificativos en masculino y en femenino en relatos que permiten mayor licencia creativa.

Cuando hago este tipo de esfuerzo consciente, tanto en mi habla como en mi escritura, lo hago seleccionando la expresión que mejor describa la realidad que observo y cuidando lo más posible las normas gramaticales, no de manera automática e irreflexiva por una exigencia de moda, ni como pretensión ingenua de que el contexto va a cambiar automáticamente una vez que se cambie el lenguaje. Lo hago, más bien, por una voluntad de inclusión. La de incluirme a mí y a otras en la realidad que expreso y que durante mucho tiempo asumí desde lo masculino. Para mí es un esfuerzo delicadamente tejido que responde al deseo de encontrar una expresión verbal y escrita que me interpele y me vuelva visible, a la idea de que lo que no se nombra no existe y de que la palabra crea realidades. Ideas que, por cierto, no obtuve –como en automático se presume- de leer a Beauvoir o a Butler, sino a Saramago en “el nombre y la cosa”.

Una necesidad personal que viene de preguntarme: ¿por qué en gran parte de mi literatura me he asumido en automático como narrador masculino?, ¿qué siento cuando me nombran abogado y no abogada (y acude el recuerdo de mi abuelo materno preguntándome por qué elegí una profesión de hombres), ¿qué sensación me produce sorprenderme diciendo “uno esperaría” y no “una esperaría” a pesar de ser mujer? o ¿qué siento –siendo mujer consultora- de decir “inviten a los consultores” y que en mi imaginario aparezcan solo rostros varoniles?, aún cuando sé que también existimos las consultoras y en algunos casos incluso somos mayoría.

Algunas veces simplemente dejo el sustantivo masculino, sin pelearme con el lenguaje ni forzarlo a que todo se reduzca  a “libros y libras” o a terminar cada palabra con “a”, como muchos burlona y simplista mente infieran. Aún desde el rigor de las reglas gramaticales, respeto la legitimidad de quienes eligen manifestar su cuerpa, su corazona o su munda, pues tengo claro que mientras en la cúspide de las instituciones reguladoras de la lengua intentan definir si es o no válido nombrar de cierto modo, en la vida social se gestan expresiones que logran comunicar y conectar a las personas. A veces, incluso, yo misma y a propósito, me doy permiso de experimentar con ellas. Porque al final el lenguaje también es una forma muy íntima de transmitir la vivencia propia. Negarlo sería como limitar la danza, como expresión comunicativa y artística, únicamente a las reglas de la danza clásica. La diversidad de la vivencia humana no se puede nunca limitar a su codificación, cualquier lingüista y cualquier jurista lo saben.

Por otro lado, no deja de sorprenderme cómo también nos volvemos capaces de admitir o respetar las posturas que nos resultan más antagónicas cuando sentimos cariño por la persona que las expresa. Quizá porque el amor abre la posibilidad de escucha. Aunque, tengamos cuidado de no confundir amor con otros sentires. Recientemente, Harter publicó un interesante análisis sobre cómo el racismo se propaga en Estados Unidos también con la evasión de las personas de confrontar los discursos de miembros racistas de su círculo íntimo. Respetar no siempre es, quizá, aceptar y callar, como tampoco es necesariamente no violencia es sumisión. Hay algo de esencial en aprender a diferenciar entre la idea y la persona.

De escucharnos, tal vez lograríamos entender, por ejemplo, las diferentes posturas en torno a la polémica “exclusión” de los hombres feministas en las manifestaciones públicas “separatistas” contra la violencia de género. Podríamos escuchar las preguntas y sentires,  también válidos, de ellos; tanto como podríamos considerar que la consigna no es sin hombres sino con hombres en los contingentes mixtos. Conoceríamos la fibra sensible de los porqués entre un montón de experiencias de mujeres que han sido abusadas, golpeadas, violadas, incluso en espacios de movilización social. Con suerte, descubriríamos que se puede entender sin compartir postura, respetar aunque, como yo, se tengan dudas, o, cómo Aldo, simplemente no se esté de acuerdo.

Pienso en Abraham cuando reflexiona que el espacio público no tiene dueñas ni dueños pero los contingentes de una marcha tienen derecho a adoptar sus propias reglas o en Clemente cuando se pregunta ¿cómo podía ser un aliado si lo único que quería era demandar cosas y no escucharlas? Pienso en el muro de acción poética que un día me gritó “si fueras dos, ¿quién ganaría?”

Hace algunos meses, en la playa, le confesaba a mi esposo que a veces llega a ser muy pesado mirar siempre con los lentes de defensora. Mirando a las mujeres que pasaban vendiendo pareos, alimentos y collares, ofreciendo hacer trenzas o masaje, me preguntaba cuántas de ellas serían indígenas o migrantes, cuántas vivirían en pobreza o sufrirían violencia doméstica. La mirada entrenada para escanear las situaciones en clave de desigualdad e injusticia, con una mezcla entre remordimiento y condolencia. A veces, -le decía- me gustaría no hacer asunciones de lo que desconozco, no sentir la inquietud permanente sobre lo que debía o no interpretar ante la imposibilidad de ir preguntando a cada persona sobre sus condiciones de vida. Me habló de la compasión y me sugirió mirarles como simplemente mujeres, fuertes, trabajadoras, aguerridas, talentosas, dándoles la oportunidad de escapar a una vulnerabilidad impuesta sin dejar por eso de preguntar, escuchar o investigar sus realidades. Me dijo que la mirada más amplia es la que trae paz y su respuesta me dejó pensando desde entonces hasta este texto.

Tengo que reconocer que estoy lejos de la mirada más comprensiva o de la más fina escucha; especialmente entre más identificada me siento con el tema o más familiar me resulta la otra persona. Qué sanador, pero qué difícil, sin embargo, es poder decirse en medio de una ríspida pelea “permíteme ser amable contigo y permítete ser amable conmigo”. Desde el amor, desde el genuino amor permitir al otro ser más allá de su propia narrativa.

La mirada más amplia, eso es la paz.

 

img_20170620_173219040.jpg

 

 

 

 

 

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s