Si los cuerpos cuentan historias, ¿qué cuenta mi nariz rota?

Este verano me rompí la nariz.

Cerca del primer aniversario de mi hija tuvimos que cancelar su fiesta de cumpleaños. Una infección respiratoria que la atrapó nos mantuvo varios días y varias noches en casa de la abuela materna entre fiebres, tos y llanto.  Una de esas noches, en las que luchaba por conciliar el sueño arrinconada en una diminuta orilla de la cama, me levanté cargando el insomnio de varios días y vociferando enfurruñada fui a estrellar mi cara directo en la puerta del dormitorio de al lado.

Mi madre, que acostumbra dejar las recámaras siempre abiertas, decidió cerrarla ese día para evitar que se propagara por toda la casa el aroma a cera quemada de las velas que había encendido por la tarde mi esposo. Caminé a tientas hasta la cama donde ella dormía, me metí entre las cobijas sin decir nada, cerré los ojos con el rostro adolorido y me quedé profundamente dormida.

Como no había sangrado, hinchazón, ni ninguna alteración o molestia más allá de un hematoma ligero, casi imperceptible, no le di mayor importancia al incidente hasta que al tercer día, mientras un frente frío iba entrando a la ciudad, me abrumó un agudo dolor en toda la cara. Dos amigos a los que les platiqué lo sucedido me convencieron de ir a sacarme una radiografía para descartar daños internos. Accedí por prevención pero también porque llevaba tiempo pensando que debía ver a alguna especialista en otorrinolaringología.

Dos años atrás había empezado a notar una dificultad para respirar que aparecía en diferentes momentos del día y que se hizo mucho más perceptible a partir de mi embarazo. Con el aumento de volumen en la zona pélvica y abdominal la dificultad se hizo más constante y me era imposible permanecer más de pocos minutos en ciertas posiciones sin sentir que me ahogaba. Después del parto comenzaron a formarse alrededor de la parte interna de mis fosas nasales gruesas costras de mucosidad que removía en las mañana y que en la tarde ya estaban de vuelta. Al principio las quitaba como si fueran parte de un resfriado, pero poco a poco empecé a darme cuenta de que la necesidad de retirarlas aparecía justo después de que empezaba a sentir que no pasaba el aire por mi nariz, que comenzaba a ponerme soñolienta y me costaba trabajo mantener la concentración visual. Cuando retiraba las costras respiraba sintiendo como si me inyectaran aire a presión directo al cerebro y eso me hizo preguntarme si se me estaba oxigenando bien.

Desde entonces, intuía que para respirar mejor quizá tendría que consultar alguna especialista. Lo había tenido en la agenda desde el inicio del año, pero la verdad no había querido ir porque sabía que era posible que necesitara una intervención quirúrgica y eso era algo que no quería.  Primero porque nunca me habían operado ni pretendía que lo hicieran, pero también, y sobre todo, por una historia de años de resistencia a una cirugía nasal.

Estrellada mi nariz, no tuve más remedio que hacer cita. Efectivamente, después de una tomografía, el temido diagnóstico arrojó una fractura de nariz y una desviación de tabique que no se podía saber si era innata o inducida, pero que afectaba mi función respiratoria, que la seguiría deteriorando y que era la causante de mi sinusitis cada vez más pronunciada. Hasta entonces supe que lo que todo el tiempo me sucedía tenía ese nombre.

La fractura requería férula por al menos ocho días, la rinoseptoplastia funcional para alinear el desvío era recomendable pero no forzosa. Es un asunto de calidad de vida, dijo la doctora, podía vivir con ello aunque con molestias que posiblemente irían en aumento pero que no me pondrían en riesgo de muerte. De optar por la cirugía, continuó explicando, se podía “aprovechar para darle una arregladita” a la parte estética, dado que solo era una ligera curvatura e implicaría muy poca intervención. Miré a la doctora mirando más bien hacia el pasado.

Durante mucho tiempo odié mi nariz porque fue una de las grandes fijaciones de mis padres, ambos. Cada vez que reparaba en ella papá decía con tono como de lamento que era una herencia de mi madre. Cuando ya se habían separado agregaba un gesto de desdén, como si a través de mí se hubiera preservado en su vida un recordatorio del linaje materno. Mi mamá, por su parte, aseguraba que la curvatura de mi septum no era de nacimiento sino consecuencia de golpearme muchas veces cuando era pequeña. Insistía en ello aunque mis fotografías de bebé y la similitud con las narices de mis primos, de mi hermano, de mi abuelo paterno y de ella misma sugirieran lo contrario. En diferentes momentos de mi vida adolescente ambos propusieron que me operara cuando cumpliera veinte años, una vez que ya no pudiera crecerme el dorso nasal. El tema fue motivo infalible de desencuentros porque cada vez que salía me negaba rotundamente.

En la escuela secundaria y preparatoria también recibí el apodo de gonzo, calamardo, el tucanazo y otros personajes con narices particularmente aguileñas. No fueron mis apodos más famosos ni duraderos, de hecho, pero si los más dolorosos. Incluso alguna vez un par de chicas tuvieron la ocurrencia de agacharse cada vez que giraba la cara como simulando evitar ser golpeados por mi nariz. Cuando escuchaba a mis amigas burlarse de otra compañera por “narigona” e incrementar su burla años después cuando descubrieron en fotos que se había operado, me preguntaba si se daban cuenta de que si cambiaban el  nombre bien podían estar hablando de mí y que eso me lastimaba. Hubo quien durante mi embarazo manifestó temor porque mi hija heredara mi nariz y suspiró con alivio después del parto.

Mi giba no es particularmente pronunciada, en realidad es más bien sutil, se resalta de perfil y de frente a veces hasta puede resultar imperceptible, pero durante toda la infancia me sentí profundamente insegura de tenerla. Al entrar en algún lugar sentía como si mi pirámide ósea fuera una protuberancia gigantesca imposible de ignorar, lo primero que se veía, lo único. La vergüenza que experimentaba muchas veces me llevó a hablar más bajo en las clases y a intentar a toda costa pasar desapercibida, sin llamar la atención. Muchas veces me he sentido fea a causa de mi nariz, no obstante que nunca he tenido problema para resultar atractiva a quienes me atraen, ni me han faltado elogios o pretendientes. Una única persona en toda mi vida ha sugerido abierta y explícitamente que yo no era tan bella como otras, y después corrigió “o tan bella como podría ser sin esa nariz”.

Curiosamente, la crítica más mordaz, a veces la única, no provenía de mis parejas, de compañeros de escuela o de desconocidos, sino de las personas que suponen amarme más y que en muchísimas ocasiones han ofrecido incluso pagarme la operación de nariz con tal que me opere. Como si mi falta de su sentido de estética les incomodase o les preocupase, como cuando sin darnos cuenta matizamos la belleza de aquél que es “bien parecido pero moreno” o nos esforzamos por aparentar un tono de piel distinto, explicando que “antes no tenía este color pero me expuse mucho al sol” o esforzándonos por encontrarle el blanco a nuestros descendientes, por arreglarles el cuerpo, benévolamente comprándoles shampoo de manzanilla, fajas y cremas blanqueadoras.

Hay algo que siempre me ha impresionado del daño que ha hecho la pretendida estética universal a tantas personas de todo género y en particular a tantas mujeres. Esa herida profunda que dejan el racismo, la gerascofobia y la gordofobia, detrás de capas de maquillaje, desórdenes alimenticios,  de la negación de sí misma, las ansias por satisfacer al sexo opuesto -de las que yo también he sido presa- e insatisfacciones vitalicias porque nunca serán lo que no son. Lo sorprendente era el hecho de que hayan sido las personas más próximas quienes inscribieron en mí la idea de que algo estaba mal en mí y que debía sentir la necesidad de cambiarme. Como develando siempre una necesidad más suya que mía. Una necesidad que en el fondo quizá tenía más que ver con un imperativo de estética al que fueron sometidos desde la infancia que con su amor por mí.

En la adolescencia fui – y a veces todavía soy- terriblemente insegura; sin embargo, quizá por mi rebeldía innata, por la influencia de Lennon o del principito o por el éxito que siempre he tenido con los hombres, no sé por qué, pero alrededor de los 18 años simplemente decidí que era bella, que tenía que gustarme a mí y a nadie más. En la idea de belleza interior encontré fortaleza pero también una suerte de refugio. Quizá fue por aquél entonces que también empecé a esmerarme con empeño en el cuidado de mi personalidad, en el desarrollo de mi capacidades y en el cultivo de mi mente, sin que haya dejado del todo de tomarme fotos preferentemente de lejos y nunca de perfil. Me pregunto si en alguna dimensión lo hice también para ser identificada como la simpática o la inteligente más que como la más narizona.

Interpreté que de alguna manera mi nariz me blindaría de estar con las personas equivocadas, que era una especie de escudo protector que me ayudaría a llegar a la edad más adulta rodeada de amor, que solamente estaría con el hombre que me valorase más allá de un criterio estético. Aún en mis etapas más vulnerables siempre mantuve la misma “necia” postura frente a la insistencia de intervenir quirúrgicamente mi persona.

Con los años aprendí a aceptar mi nariz, no sin dolor, no sin temor, no sin temporadas de profundo rechazo. No solamente lo hice yo. Uno de los recuerdos más hermosos que tengo de mi relación de pareja fue cuando mi esposo, quien entonces todavía era mi novio, recorrió finamente sus dedos por la giba admirando su forma y diciendo “eres hermosa.” Con esta nariz me amo y así también he sido amada.

De vuelta en el consultorio, la doctora iba diciendo que tendría tiempo de pensar sobre la cuestión estética mientras se hacían los estudios y trámites pre operatorios, podría decidirlo hasta una semana antes de la operación. Después de años de resistencia firme y  demuchos aprendizajes, la decisión me parecía evidente y sin embargo no se sentía así.

Toda mi vida una parte de mí había sido rechazada, denigrada y violentada no solamente por mi entorno familiar y escolar, sino también social. Ahí estaban los anuncios publicitarios, los mercados de la belleza, las comentaristas de la televisión, las miles de actrices repletas de cirugías faciales, Marianela, las brujas de los cuentos infantiles, las demás alusiones literarias a la fealdad, la clasificación de la nariz en giba como una de las “deformidades” nasales más recurrentes, la definición médica de la plástica “[Rama de la cirugía] que se ocupa de corregir ciertos defectos físicos o rasgos antiestéticos”, los concursos de belleza, los filtros de las apps y las remanencias cotidianas del pensamiento de Vazconcelos en la sociedad mexicana … “Los muy feos no procrearán, no desearán procrear; ¿qué importa entonces que todas las razas se mezclen si la fealdad no encontrará cuna?.” El sufrimiento profundo de tantas mujeres que hasta el último de sus días ven su felicidad condicionada por su apariencia, temerosas de arrugarse, de engordar, de verse mal.

En mis años de resistencia a sentirme incompleta e imperfecta por mi aspecto físico y de re significación de mi nariz, fui aprendiendo poco a poco a abrazar la diversidad de cuerpas que habitan el mundo. Cuando me advierto sintiendo repulsión por características corporales ajenas me entristece mucho saberme aún atrapada. Todavía tengo que hacer un esfuerzo consciente y constante por mirar seres humanos, almas, cuerpos vivos, personas, no superficies.

Más tarde, empecé a concebir (e incluso a condenar) la intervención quirúrgica en el cuerpo propio para fines estéticos como un síntoma de desamor propio pero también como una magulladura impuesta desde el exterior. Como una manifestación de la mercantilización del cuerpo y como reflejo claro de uno de nuestros más profundos miedos individuales y colectivos: el miedo al rechazo. Cuando me sugirieron parir por cesárea para poder inmediatamente después hacerme una cirugía que me reafirmara el vientre, me opuse. Aun cuando tuve dificultad para re conectar y re identificarme con mi cuerpo después del embarazo, preferí ejercitarme diligentemente durante casi dos años antes que insertarme un bisturí.

Exceptuando aquellas por quemaduras, accidentes o padecimientos que impiden la funcionalidad  orgánica de una persona, cualquier cirugía plástica me parecía sinónimo de inseguridad, de no aceptación de sí misma, de falsedad y de profundo dolor. Mi esposo me llegó a pedir que nunca me operase la nariz porque era una de las cosas que más le gustaban de mí. Decía que siempre le era evidente cuando las personas lo hacían porque irradiaban un aire de artificialidad y dejaban en automático de serle atractivas. A mí no me es tan fácil detectar personas que se han operado pero las imaginaba como con una zanahoria incrustada a media cara.

Cuando comenté con algunas de mis amistades que tenía el tabique desviado y debían operarme, más de una asumió que era un pretexto para hacerme cirugía estética. Me enojó bastante su presunción, aunque para ser franca el día que uno de mis mejores amigos apareció con la nariz reestructurada después de unas vacaciones de verano, argumentando que habían tenido que intervenirle por un desvío de tabique, yo hice exactamente el mismo juicio convencida de que era la verdad y le apenaba admitirlo. Cuando les aclaré que se trataba de dos cirugías separadas y que podía elegir hacer ambas o solamente la que enderezaba el tabique algunas me decían que aprovechara para lijar mi giba y otras me pedían que no modificara una parte esencial de mi persona.

Días antes de la operación mamá y papá me llamaron para saber qué había decidido. Papá respetó mi silencio sin decir más y mamá me pidió solamente considerar que así no había nacido pero me aseveró que me amaba y me seguiría amando igual cualquiera que fuera mi decisión. Antes de colgar todavía alcanzó a decir “tú no eras así”. Es cierto que durante mucho tiempo había discutido con mamá sobre la causa de mi arqueadura, que yo aseguraba congénita y ella inducida. “Yo te vi nacer, saliste de mi vientre” diría ella, “yo soy yo y me conozco de toda la vida” respondería yo, la doctora había dicho que no podía saberse;  pero al final ¿qué importaba si así había nacido o así me había hecho? Lo que hasta entonces resultaba crucial para mí era el hecho de que no operarme, pese a toda presión social, significaba  aceptarme con todo y jiba, pero también era un gesto para procurar a mis descendentes un mundo libre de violencia, tal como lo había manifestado recién egresada de la universidad y, después, a los 8 meses de embarazo.

“La vida es efímera. Yo no quiero preparar a mis hijos para funcionar en un mundo en el que sus habilidades serán juzgadas por su apariencia. No quiero que aprendan a vivir en un mundo en el que los estándares de belleza sean determinados por el tono de piel, la complexión o la estatura. Quiero verlos crecer en un mundo que no confunda, como dice Galeano, calidad de vida con cantidad de cosas. Yo no quiero transmitirles condicionamientos y preocupaciones sobre la inmensidad que tienen que hacer y conseguir para poder formar parte. Pues bien, me toca empezar a construirlo.” (El Nopalito, Distrito Federal, 10 de junio de 2012)

“Porque quiero que mi hija nazca y crezca libre de imposiciones que la vulneren y la violenten. Que no se compre la idea de tener que ceñir su existencia a un modelo que ella no ha elegido ni someterse a una cultura que la mira -sin darse cuenta- como inferior, como invisible, como objeto, como promocional. Que no tenga miedo de salir, de experimentar, de viajar sola por “todos los peligros que corre una mujer”, de vivir en soledad porque necesita “una media naranja”, de expresarse y permitir que su voz se escuche. Porque quiero que crezca sin vivir el acoso que han vivido mis amigas, tías, primas y compañeras; sin tener que cuidarse de las miradas, de los toqueteos, de las agresiones. Quiero que se sienta feliz con su cuerpo y lo cuide porque es sagrado y no porque necesite la aprobación de nadie. Que sepa que su valor no depende de su peso, ni de su recato, ni de su apariencia. Quiero que pueda ser auténtica y auténtica-mente feliz, sin sufrir por satisfacer ningún estereotipo. Que sepa ser real y no pierda el tiempo queriendo ser perfecta. Que sepa que antes del amor y respeto que pueda sentir por alguien más es necesario amarse y respetarse a sí misma. Que tenga claro que la violencia no es normal, que no la permita. Quiero que se sienta libre de ser quienquiera y como quiera sin ningún temor y ninguna pena; sin que le sucedan cosas que no puede entender, que le apene compartir y que se queden en su interior como confusión permanente. Que pueda decidir sobre su propio cuerpo y sepa que hacerlo no la convierte en mala persona. Que no sienta las cadenas que yo todavía a veces siento. Que no viva juzgándose a sí misma, limitándose, perdiéndose entre tantas machistas y misóginas opiniones bienintencionadas. Sé que es probable que no le toque llegar todavía a un mundo que haya comprendido cómo acogerla sin violencia, pero también sé que me corresponde empezar a construirlo, porque hacerlo es la mejor bienvenida que puedo darle.” (Marcha contra de las violencias machistas, Plaza Corregidora, Querétaro, 10 de junio de 2016)

Y sin embargo, cuando la doctora planteó la posibilidad de esculpir el armazón de hueso, mi respuesta no fue una inmediata y rotunda negación. Es cierto que no caminé al quirófano buscando una cirugía estética ni hubiese considerado siguiera la opción de no haber tenido el tabique desviado, pero estaba ahí frente a una inesperada encrucijada, delante de un sendero de preguntas alborotadas:

¿Está mal desear sentir una vida despojada de un elemento corporal asociado a la anomalía y a la violencia simbólica? (casi como si se me permitiera convertirme en hombre de la noche a la mañana) La modificación de un rasgo físico tan cargado de  significado y de características de mi personalidad ¿podía implicar la posibilidad de percibirme distinta en el plano existencial, de vivirme distinta? similar a “abandonar las ropas usadas que ya tienen la forma de nuestro cuerpo” de las que hablaba Pessoa, pero más bien el cuerpo que  ya ha adquirido la forma de nuestras ropas (como quien se hace un cambio radical del imagen o de guardarropa) ¿En qué era diferente a cuando una se pinta el cabello, decide raparse o se tatúa?

¿Por qué me había molestado tanto que mis amistades asumieran inmediatamente que buscaba un pretexto para operarme si sabían que durante tantos años me había negado?, ¿qué tanto el no someterme a la parte estética de la rinoplastia seguía siendo un acto de resistencia, de reivindicación política y de amor propio?, ¿qué tan necesario era hacerlo si seguía manteniendo el resto de mis pequeñas rebeldías cotidianas, como mi cabello expresivo, mi rostro sin maquillaje, mi ropa sin planchar  o mis zapatos raspados?

¿Quería transmutar mi nariz?, ¿era incongruente acceder a lijarla después de tantos años de resistencia?, ¿estaría traicionando mis principios?, ¿podía seguir genuinamente en esa lucha?, ¿o la sublevación estaba consumada en la aceptación que ya desde hacía años había hecho de mi nariz?. ¿No se trataba al final de poder elegir de manera autónoma lo que una desea sin culpa y sin ceñirse a la opinión ajena?, ¿cómo se alcanza la libertad hasta de lo auto impuesto?, ¿valía más la percepción argumentada de quién fuere que mi propio saber y sentir?, ¿qué sentía al escuchar opiniones en uno u otro sentido de quienes me conocen -incluso de mi propios padres- respecto de lo que “tenía” o no que hacer con mi nariz? ¿cuál opción se sentía más sincera conmigo misma?. ¿Cuáles son los miedos que me invaden ante la posibilidad de cambiar mi nariz y cuáles ante la posibilidad de dejarla intacta?, ¿parecer menos auténtica?, ¿dejar de gustar a mi pareja?, ¿hacer una u otra por complacer a otros?

Sé que si lo  hago seré juzgada por no haber mantenido congruencia con una imagen de mí, y si no lo hago por no haber aprovechado la oportunidad; ahí no hay pierde,  el juicio no necesita pretextos. Lo que sea que decida, sin importar qué, creo que lo fundamental para que mi hija se acepte y se ame como es, es  que lo haga aceptándome, sin juzgarme, no solamente en mi apariencia sino también en mis deseos y decisiones. Amando mi nariz y honrando lo que ella me ha enseñado.

Hay preguntas que son sólo para el alma y en su respuesta yace el alma misma.

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