La que camina con dificultad

Ese día me levanté antes de que sonara el despertador, después de soñar repetidamente que se me había hecho tarde, como sueño siempre que voy a tener ceremonia, algún evento importante o es el primer día en un nuevo trabajo.

De la casa al entronque entre Universidad y Corregidora las solitarias sombras del río temblaban con el frío matinal, bajo los puentes, entre los tenues rayos del alumbrado público. Más adelante empezaron a aparecer personas con atuendos deportivos caminando en la misma dirección. Unas en grupo y otras separadas. Me acoplé al paso de una chica que miraba su celular porque no llevaba reloj y no sabía cuántos minutos me quedaban para llegar a la línea de salida.

Llegué justo cuando estaban anunciando el comienzo. Pasé todavía a dejar mi sudadera al guardarropa, viendo cómo iban saliendo por bloques mientras intentaba formarme hasta atrás de mi categoría. Había filas y filas de deportistas nerviosos, motivadas, unos abrochándose las agujetas, otras tomándose la selfie, bromeando o despidiéndose de sus seres queridos. “Nos vemos al término”. Yo llegué sola porque no quise despertar a mi hija tan temprano. Me sentía todavía entumida y adormilada. Mientras estiraba empecé a caer en cuenta de que había llegado el día, estaba sucediendo. Contagiada de la emotividad que se sentía en el aire, me fui emocionando cada vez más. Tardé todavía unos minutos en incorporarme al bloque siguiente y a los pocos minutos crucé la banda de inicio.

Los primeros dos kilómetros avancé a paso suave en medio de un pelotón de entusiastas corredores que gritaban y silbaban, dándose ánimos unas a otros. Corrimos por avenida Constituyentes hasta la altura de Tecnológico, donde alcancé a notar una bifurcación. Los de veintiún kilómetros debían doblar a la derecha, los de cuarenta y dos seguir de frente. Eso me dijo en voz alta el policía al observar mi rostro confundido.

Al separarme del grupo  de entusiastas de pronto se extendió ante mí un camino oscuro y silencioso, poblado solamente de viento frío y cielos nublados, sin autos, transeúntes o locales comerciales abiertos, como es de esperarse un domingo de madrugada. A lo lejos, muy lejos, alcanzaban a distinguirse un par de siluetas. Un chico de pelo largo rizado pasó corriendo junto a mí gritando con voz amigable “¡venga!, ¡vamos a alcanzarlos!” y al segundo desapareció avanzando tras las siluetas a toda velocidad. Sabiendo que el camino sería largo, preferí no gastar energía y seguí mi paso adentrándome en la calle desierta.

Fue hasta llegar al Pueblito, al amanecer, que vi al resto de siluetas venir de regreso corriendo en manada, con los rostros confiados pero serios, sin cantos ni porras, a diferencia del pelotón de los veintiún kilómetros. Conforme se fue aclarando el día, aparecieron otras personas a una distancia más corta detrás y adelante de mí.

Llegando al primer puesto de hidratación dudé en tomar agua. Tenía miedo de necesitar ir después al baño porque no había logrado hacerlo en las últimas cuarenta y ocho horas. Después pensé en las recomendaciones de Francisco, Alberto y Edith, según las cuales no debía quedarme sin hidratación por largos periodos, así que, en el segundo puesto acepté un sobre de Powerade que fui tasando más o menos durante los siguientes treinta minutos. Solo una vez intenté detenerme en los baños portátiles, sobre Tecnológico, entre Constituyentes y Zaragoza, pero no tuve éxito.

Durante todo ese tiempo iba escuchando hablar al hombre y a la mujer detrás de mí. Trotaban a paso ligero relatándose experiencias de carreras pasadas y dándose mutuamente consejos para aguantar la ruta completa, compartiendo técnicas para no lastimarse ni desperdiciar energía innecesariamente. Aquél se había sentido muy valiente y había corrido a todo tropel apenas anunciada la salida, no había logrado terminar la carrera y en cambio había adquirido una lesión de por vida, decían. Lo mejor era ir al ritmo propio, espetó ella. Poco más adelante, mientras me acercaba a los veinte kilómetros, cerca del punto donde había quedado de verme con mi esposo e hija, el viento arreció y comenzó a caer una ligera llovizna.

En cada esquina había personas enchamarradas repartiendo aplausos y palabras de aliento, sosteniendo atoles, matracas y pancartas, pero no había señal de ellos. Pensé que quizá me habrían esperado viendo desfilar una tras otra montones de corredoras y al ver que no pasaba, creyendo que no me habían alcanzado, se habían ido a buscarme a otro punto. El pensamiento me entristeció pero no dejé de buscar con la mirada. Hacia adentro del circuito universitario ya no había personas dando ánimos, solamente el camellón desierto entre la barda naranja que se convertía en azul, una fila de solitarios árboles cubiertos de rocío que parecían dormitar todavía y unos conos naranjas impidiendo el paso para indicar que la  vuelta era hasta el tercer retorno. Apenas se veían tres corredores atrás y cinco adelante.

Continué rodeando ciudad universitaria entre la húmeda brisa sin divisarlos, hasta que alrededor de los veinticuatro kilómetros escuché un grito familiar y al voltear vi una cabecita asomar sobre un suéter blanco. Los pocos segundos que pasé frente a ellos me llenaron de una intensa sensación de calor en el torso y en los brazos. No sé por qué me cruzó por la mente que eso debía sentir Popeye al comer espinacas. Sonreí reafirmando el paso mientras su sonido e imagen se alejaban.

Doblé después en la siguiente esquina, donde empiezan las calles de adoquín. Todavía se alcanzaban a ver por delante algunos cuerpos corriendo, gracias a los cuales pude seguir la ruta que pronto se perdía porque no había a la vista más señalamientos ni otros puestos de hidratación. El camino se convirtió en una especie de zigzag entre una calle y otra, no entendía muy bien por qué. Imaginé que quizá como promoción turística para que los atletas visitantes conocieran el centro histórico, pero en definitiva el terreno resultaba notoriamente incómodo para correr. Detrás de mí ya no veía a nadie, creí ser la última aunque me extrañaba no encontrar por lo menos  las patrullas que usualmente van abriendo el tráfico detrás de la última corredora. Con el sol apenas levantado, la gente pasaba en sus ropas de domingo, paseando desinteresada con carriolas, carros de mandado o perros tirando de sus correas.

Se escuchaba el repique matutino de las campanas convocando a misa y el chirrido de las cortinas metálicas a medio abrir, de donde escapaban aromas a café, pan caliente y gorditas. Recordando que el platón de avena que había ingerido alrededor de las cinco era lo único que llevaba en el estómago, y sabiendo que no debía permanecer más de cierto tiempo sin comer, abrí las gomitas de sodio, electrolitos y aminoácidos sabor frutos rojos que había guardado detrás de mi cintura. Dos pequeñas esferas azules bastaron para sentir un inmediato golpe de energía.

Me abrí paso entre bicicletas, motocicletas y jóvenes que pasaban riendo despreocupados. Algunos puestos de hidratación ya habían sido desmontados y permanecían únicamente las mesas vacías con lonas promocionales encima. Me dio la impresión de que la carrera se iba cerrando frente a mí, de haberme salido o de que se había terminado de súbito sin que me hubiese dado cuenta. Miré alrededor y pensé que realmente a nadie le importaría si me detenía. Además de mi camiseta oficial, que en poco se distinguía de cualquier otra prenda azul cielo, a menos que hubiesen visto pasar a la comitiva antes de mí, no había nada más que anunciara que estaba a mitad de correr un maratón. Algunas personas de los diez y veinte kilómetros ya caminaban con sus medallas de la mano de sus parejas, si dejaba de correr bien podría pasar por una de ellas e ir a casa.

Sobre Corregidora empezó a punzarme la rodilla izquierda. Dos años antes, al correr los veintiuno, no había sentido ninguna molestia, pero ocho años atrás había tenido una lesión fuerte que llegó a paralizarme el andar y la posibilidad de volver a lesionarme comenzó a preocuparme. Tuve ganas de parar, pero faltaban todavía dieciséis kilómetros. No sentía cansancio pero sí mucho dolor junto a la rótula y una extraña sensación de desasosiego. Empecé a sentir enfado y algo parecido al hartazgo de esperar en hora pico dentro del tráfico o en la fila de un supermercado en día de ofertas. Recordé entonces que habían dicho que a partir de los treinta (kilómetros) el trabajo es más mental que físico. Traté de calmarme tarareando cualquier cosa en mi mente e imaginando a mi familia en la meta. No tenía idea de la hora, no llevaba celular, audífonos, ni ningún otro aditamento más que un gorra y las gomitas de sodio.

De vuelta en avenida universidad mis pies sintieron otra vez la superficie regular, con lo que disminuyó ligeramente el dolor de rodilla. Seguí avanzando mirando el tramo de calle que conocía de memoria pero que ahora parecía mucho más ancho y mucho más largo. Del otro lado del río pude ver personas que venían corriendo en sentido opuesto para adentrarse después en una colonia residencial de esas que cruzan las vías del tren. El solo pensamiento de tener que girar en “u” más adelante para internarme en aquella colonia y salir quién sabe a dónde me sentó pesado. Traté de pensar en otra cosa.

Al llegar al punto de retorno empecé a encontrar más personas corriendo a unos pasos de distancia, casi a la misma altura que yo. Con trabajos traté de emparejarme y corrimos alineados hasta la esquina en la que empezaba la zona residencial. Unos metros después, dos motonetas con sirenas de policía y radio localizadores nos alcanzaron. Los agentes de tránsito avanzaban lentamente justo detrás de nosotras con rostros de aburrimiento y cuidando no rebasarnos. Así nos fuimos trotando despacio por entre subidas y bajadas hasta llegar al cruce con el Boulevard Bernardo Quintana. A la derecha del boulevard aguardaba la avenida que nos conduciría a la meta. Al ver que los señalamientos indicaban girar a la izquierda, sin saber cuánto avanzaríamos en sentido contrario y pensando que la misma trayectoria tendría que seguirse de vuelta, sentí vértigo.

Vislumbré, con perlas de sudor picándome los ojos, el letrero  de los veintinueve kilómetros. Sentí el corazón darme un vuelco al percatarme de que todavía faltaban más de diez. Me pregunté cuál habría sido el criterio para colocar letreros de la distancia corrida cada dos kilómetros y si habría una opinión psicológica respecto de cada cuántos es pertinente  avisar al corredor para hacer menos difícil, o por lo menos, más llevadero el camino.

Hacía rato que había perdido de vista a la mujer y el hombre que platicaban detrás de mí. Hacia abajo del puente, en el sentido contrario de la avenida, se escuchaban personas gritando porras. Imaginé que para cuando llegáramos nuevamente a ese punto ya se habrían marchado. Con cada paso un dolor más agudo iba apoderándose de mi rodilla. En un arranque de turbación quise parar o volver. Pensé que podría quedarme sentada desayunando en algún restaurante o tomar un taxi de vuelta a la alameda, pero todo alrededor estaba cerrado, la avenida desierta. No había forma de regresar a pie, tampoco transporte público, no llevaba celular o dinero, así que imposible avisar a mi familia. Todo esto pensaba mientras seguía corriendo.

En eso estaba cuando, justo al bajar el puente, una chica sonriente de tez clara, cabello rizado, camiseta de manga naranja debajo de la playera oficial y calcetines altos me gritó ¡Ven! sosteniendo los brazos en el aire. Una extraña fuerza me hizo correr hacia ella, hasta emparejarme también con otras dos mujeres que iban adelante, quedando en el mismo bloque ellas, otros dos chicos, ella y yo. Todos seguimos corriendo mirándonos sin decir nada. Había olvidado comer otra vez las gomitas, así que volví a estirar la mano hacia la espalda baja y tomé otras dos que deglutí presurosa. Seguí corriendo, notando que mi paso ya era más un rengueo que una zancada.

Un poco más adelante empecé a fantasear con subir a una ambulancia  que me llevara hasta el punto de inicio. Aunque quizá no me conduciría inmediatamente y tendría que esperar a su término de turno para ser trasladada, no parecía mala idea. Decidida a llevarla a cabo seguí avanzando buscando unidades de primeros auxilios con la mirada. Al poco rato vi una vagoneta blanca con una cruz roja cerca de un puesto de hidratación, pero al pasar frente a ella me dije “todavía aguanto”. Claro que a los pocos minutos la idea de detenerme había regresado seductora, y unos cien metros después apareció la segunda. Esta vez la dejé pasar porque no supe cómo pedir que me llevaran sin sentir vergüenza. Otros motivo similares dejaron pasar la tercera y la cuarta.

Al vislumbrar la quinta ambulancia, nuevamente tuve el impulso de desistir, pero detuvo mi atención el hecho de que desde que me había unido al grupo de los pocos que seguíamos corriendo después de casi seis horas, en ningún momento se dejaban caer unas a otros. Íbamos jadeantes hasta a atrás, pero juntas, juntos. Solo faltaba tomarnos de las manos mientras corríamos para que la solidaridad fuera más evidente. A decir verdad, fue la primera vez en mi vida en la que era totalmente última en algo; no porque suela ser la primera, pero tampoco sabía lo que era empezar la carrera cuando todos han salido, quedarse sola en la bifurcación, avanzar sabiendo que la carrera continúa aunque el entorno parezca haberlo olvidado, llegar a los puestos de hidratación ya vacíos, encontrar los baños ya inutilizables, sentir la presión impaciente de los autos que van abriendo el paso a la normalidad justo detrás de ti. Tampoco me imaginaba que las voces de niños, jóvenes, mujeres, adultos mayores, diciendo “¡tú puedes!”, “¡eso!”, “¡ya lo hiciste!”, “¡vas muy bien!” “¡vamos campeona!” “¡sí se puede!” se sentirían tan entrañables como cuando me sentí flaquear, agotada, en el último semestre de la licenciatura y mi papá me dijo “no te me revientes riata, que es el último jalón”.

Los siguientes tres kilómetros los hicimos caminando. La chica que me había llamado, cuyo nombre me dijo pero no recuerdo, nos platicó que venía de –tampoco recuero dónde-, nos preguntó si alguien más corría con nosotros, si era nuestro primer maratón y si alguien nos esperaba en la meta. El chico proveniente del estado de México respondió que era su segundo y que venía con su papá. Ambos dirigieron hacia mí su mirada pero solo los miré de vuelta sin ganas de contestar. El dolor de rodilla se había vuelto casi insoportable y sentía ahora un penetrante ardor en la planta de los pies.

Cerca de los treinta y seis kilómetros nos alcanzó la ambulancia conocida en el mundo de las carreras como “la barredora” porque va literalmente barriendo a quienes quedan al final de la línea. Sentí ganas de tirarme en el piso, me frotaba la cara con angustia. Por mi mente cruzó desistir otra vez, ya había corrido bastante, en otra ocasión lo terminaría, pero de inmediato –sintiéndome como me sentía- pensé que probablemente jamás volvería a intentarlo, y seguí arrastrando mi cuerpo sobre el asfalto. La pareja de chicas iba alejándose poco a poco metros más adelante y uno de los chicos aumentó su velocidad, quedando solamente mi coterráneo, la chica simpática de mangas naranjas y yo. Fuimos alternándonos el último lugar durante un buen rato transcurrido entre pensamientos aleatorios y difusos que ya no recuerdo.

Cuando me di cuenta íbamos corriendo, ahora sí, en dirección a la meta. Al cabo de unos metros vimos aparecer los arcos del acueducto como quien mira un oasis, perplejos y entusiasmados. Sentí alivio, empecé a pensar que tal vez sí terminaría la carrera. Ella, emocionada, se adelantó a paso sonriente, juraría que casi dando brincos. Nos quedamos el chico y yo juzgando prudente no elevar la velocidad. “Ya falta poco”, exhaló. Ahora él y yo éramos los últimos.

Unos pasos después nuevamente sentí la rodilla punzando, ahora con más ardor. Me pregunté si debía parar antes de lesionarme. ¿Cómo saber cuándo se está al borde de una lesión? ¿Cómo saber cuándo detenerse? Al fin de cuentas, no pretendía convertirme en maratonista. Me había inscrito con la consciencia de que podría no terminar, sabiendo que el simple hecho de estar ahí ya cumplía mi objetivo personal, que tenía que ver con la recuperación de mi cuerpo físico después del embarazo y del parto. Como un gesto de reivindicación de tiempo para mi auto cuidado, de reconexión con mi dimensión corporal, de reapropiación de mí misma después de mi fragmentación físico-emocional. Un objetivo que, tras 14 meses de entrenamiento diligente y perseverante, para entonces, parecía cumplido. Ya había alcanzado mi meta.

Debo confesar que incluso semanas antes de la carrera, la intuición –o el nervio- de que podría no terminarla, hizo rondar por mi cabeza un discurso futuro hipotético en torno a cómo había corrido suficiente pese a no haber corrido todo y a los aprendizajes, consecuencias en salud, capacidades de resistencia y resiliencia que me dejaba el hábito de correr diariamente desde los 18 años. Imaginé que contaría a mis seres queridos que alcancé los treinta y ocho, eso ya era un gran logro. Hasta entonces me di cuenta de que estaba más que hecha a la idea de no terminar. Me detendría por el bien de mi rodilla, nadie me lo reprocharía.

De pronto, me interrumpió el pensamiento el grito de alguien anunciando que acabábamos de pasar el kilómetro cuarenta. No podía abandonar faltando solamente dos kilómetros, (aunque quizá si hubiera pensado en dos mil metros habría sentido distinto), pero  el ardor intenso en las plantas de los pies era muy persuasivo. Pensaba ahora en cómo explicaría que faltando tan poco hubiese desertado. No importaba, lo haría y punto. Al momento la barredora se emparejó con nosotros. Una mujer grito asomándose por la ventana “¿todo bien chicos?, ¿necesitan que los llevemos?” Tenía unas ganas locas de subirme, pero con el mismo empuje que, aun muriendo por anestesia, me hizo no pedir la epidural en el parto, respondí “no gracias”.

En la vuelta para tomar Constituyentes divisé otra subida y los ojos se me llenaron de humedad. Al llegar arriba sentí que me desmayaba. Eché una mirada rápida a mi alrededor para ver cuántos de los de “hasta atrás” quedábamos. Adelante reaparecieron el hombre y la mujer del principio. A lo lejos todavía las mangas naranjas. Atrás ya nadie. Devolví la vista al frente con sensación de mareo. De pronto, topé con la silueta y luego el rostro de mi hermano. Me preguntó cómo estaba. Habría que preguntarle, pero creo que mi semblante se lo dijo todo. ¿Dónde te duele?, me dijo. “Si son las rodillas trata de correr como si fueras de puntitas.”

No sé qué fuerza me inyectó su presencia que dejé de renguear, empecé a notar que se me distendían los dedos de las manos y volví a sentir mis pies en donde ya solo sentía incisiones. Trotando junto conmigo, me mostró en la pantalla del celular a mi papá, mi hermana y mi hija que esperaban en la meta, solamente un kilómetro más adelante. Quería gritar, pero solo alcancé a decir “ya voy mi amor”, “ya voy mi amor” muy suave. Guardó el celular y empezó a cantar en tono militar: “Qué bonito día nos tocó, ahora que salimos a correr, no hace mucho frío ni calor, bajo la mirada del creador”. Sentí mi alma volver al cuerpo. En ese instante llegó César corriendo hacia mí, eufórico, gritando y agitando los brazos al cielo. Mi zancada se abrió contagiada por su emoción. “Tranquila, tú sigue tu paso”, dijo mi hermano. Unos metros después apareció Rebeca grabando con su cámara.

A lo lejos vi la estructura metálica que debía ser la meta y sentí como –imagino- sienten las navegantes al exclamar “tierra a la vista” después de un naufragio.  Cuando me di cuenta, ya estaba cruzando la línea entre rostros sonrientes y calurosos aplausos. Todavía tengo esa sensación de estupefacción por haberlo logrado. Al parecer lo logré. ¡Lo logré!

Cuenta mamá que cuando tenía tres meses de embarazo, mi hermano de apenas un año, montado en su famoso carrito de Marlboro, le pidió que lo empujara. Al hacerlo, sintió un flujo que segundos después supo se trataba de sangrado vaginal y salió corriendo rumbo al hospital. En la sala de urgencias del ISSSTE le dijeron  que no había nada que hacer porque el producto ya estaba muerto. Le recetaron una inyección que mi papá fue a buscar a toda prisa y que nadie le quiso poner porque era justo el cambio de turno. Con su mujer llorando histérica, mi papá amenazó con interponer denuncias hasta que, por fin, un médico de turno accedió a inyectarla. Les indicaron que el sangrado debía detenerse en el transcurso de veinticuatro horas, de lo contrario ella debía volver para hacerle un legrado.

De camino a casa, todavía en estado de shock, decidieron pasar con el médico particular que había dado seguimiento al control pre natal. Al ver que no había llegado se sentaron a esperar sobre los escalones en la puerta del consultorio. Una vez hecha la revisión, el ginecólogo les dijo que la inyección que le habían suministrado era un estímulo para regularizar la menstruación y que su bebé todavía estaba viva. Resulta que simplemente no estaba bien implantada. Desprendimiento parcial de placenta.

Luego de ese episodio, mi madre pasó cinco meses en cama durante los cuales tuvo que dejar de trabajar, orinaba en cómodo y podía levantarse apenas para bañarse. Necesitó extremar cuidados porque constantemente ella tenía la presión alta y yo la tenía baja. Tiempo después, a los ocho meses de gestación, empezaron las contracciones. En el hospital mantuvieron a mamá inhibiendo el trabajo de parto unos días más porque no había engordado mucho y decían que yo no había adquirido suficiente peso para sobrevivir sin dificultades. Esa misma semana, un viernes por la mañana llegué a este mundo pesando tres kilos ochocientos gramos.

Mamá eligió mi nombre por una muñeca que compartía con su hermana Lydia cuando eran pequeñas. Me ha dicho que no recuerda exactamente dónde lo escuchó, pero para ellas esa muñeca era muy especial y desde aquel entonces sabía que de tener una hija la llamaría así. Me llamo Claudia, aunque también me dicen Clua, Cloya o Clo.  En una búsqueda curiosa, sin rigor histórico o académico, sobre el origen de mi nombre, encontré una alusión casi unánime a la raíz etimológica del latin claudus ‘cojo’, a un conjunto de familias romanas (los Claudios patricios) y a un emperador de la antigua Roma que no tenía una pierna.

Con Elvira es otra la historia. Al parecer es un nombre de tradición visigoda, que se asocia con el germano Aldalvira: “adal” – “noble” y  “wers”- “fiel” o bien con “alwir”-“todo” y “wer”- “verdad”. También, dicen, podría tratarse de Gelvira, formado por gails (“lanza”) y wers (“amigable”), algo así como una  lanza amable. Otras interpretaciones proponen como origen el término alf- “elfo” con el significado “dama forestal”. Pero para mí lo más importante es que fue el nombre de mi abuela.

Cuando, en la adolescencia, entre amigas nos preguntábamos por el significado de nuestros nombres y supe que el mío quería decir “coja” o “la que cojea” sentí vergüenza y coraje con mi mamá por haberme puesto un nombre que “le sonó bonito” sin indagar en su significado. Para completar el asunto, aprendí que al sustantivo claudus le correspondía el verbo claudicare, del castellano claudicar, relacionado con vacilar, perder la fuerza, cojear, decaer, abandonar.

Hasta hace no mucho la selección de mi nombre no habría pasado de ser un airado pero ocasional reclamo a mi mamá, de no ser porque un día me topé con que Fabiola se había cambiado el nombre de Facebook por “la que cosecha habas” y me llamó la atención que eligiera ese pudiendo inclinarse por “recolectora”, “granjera” o el equivalente en otro idioma. Con un dejo de sarcasmo, se me ocurrió que entonces yo sería la que abandona, la que claudica o la que camina con dificultad. De pronto, solo de pensarlo, me hizo todo el sentido del mundo.

En realidad, difícilmente podría decir que abandono porque si algo tengo es que soy tenaz hasta la médula; prueba más contundente de ello es mi voluntad de venir al mundo, pero en lo que sí coincido es en lo mucho que me cuesta caminar.

Cuando me miran con medalla en mano tras haber corrido cuarenta y dos kilómetros, casi cualquier persona asume una capacidad rotunda, una preparación firme, una certeza de que yo podía hacerlo -así me lo han dicho- como si fuera para mí la cosa más natural del mundo. Una se imaginaría que me levanto sin problema cada madrugada, sin tener que ingeniármelas para llevar a cabo todo el resto de cosas que reclaman mis días, sin pesar de dejar vacío el lugar cómodo y calientito de mi lecho, sin preocupación por poner la misma dedicación a mi entrenamiento que al cuidado de mi salud o la atención de quienes me rodean, repleta como de un optimismo que se antoja inagotable.

Casi nadie imagina que hasta los 16 años me las ingeniaba para no participar en ninguna actividad deportiva en la escuela, que reprobé educación física más de una vez por esconderme durante las horas de clase y que ante mi apatía una profesora de danza en tercero de secundaria decidió exentarme con tal que no volviera a aparecerme en su clase, o que en la universidad me prensé de la actividad física como de un bote salvavidas, desarrollando a partir de entonces una relación de dependencia con el ejercicio que me provocó fuertes lesiones, duros cuadros de ansiedad y que tras muchos años de intento he aprendido a superar o a resignificar, no sin una que otra recaída de tanto en cuando.

Lo mismo con el maratón, que con el parto, que con el voluntariado en Camerún -por poner anécdotas recientes-, o con esos diez días de retiro Vipassana a los que me inscribí por pura corazonada sin la menor idea de lo que me esperaba, y que logré terminar después de una ardua batalla conmigo misma, no sin antes esconderme un día entero dentro de mi maleta para no salir a meditar y sin fantasear desde la segunda hasta la novena jornada con todas las formas posibles de escapar. Pocos pensarían que detrás de diez distinciones y diplomas o de una salud envidiable, cada tanto hay un cuerpo que se desploma lejos de los reflectores, en la más profunda soledad.

Contrario a lo que parecería, es con mucha dificultad que camino.

Que no se entienda por dificultad precariedad material en el sentido de desventaja. En ese caso tendría que ser “la que carece de” en vez de “la que camina con”. No quiero decir en absoluto que piense que mi camino es más difícil que ningún otro, ni me atrevería siquiera a pensar que mis circunstancias hacen del mío un camino más áspero. Hablo más bien de la duda sistemática que me acompaña a todas partes, de la necesidad omnipresente de sentido que atormentaba también a Páez, de la contradicción surcando permanentemente mi pecho a contrapelo, de las tensiones entre mi predisposición (a la filosofía, por ejemplo) y mi formación (en derecho, por ejemplo), entre mi deseo y mi voluntad.

Hablo de la combinación entre contradictorios rasgos de personalidad y la elección de un caminar distinto. La esencia niña de madurez siempre precoz, el ojo sensible de atención dispersa. La naturaleza dinámica de andar exterior rápido y andar interior lento. La exigente detrás de toda culpable, la vocación de servicio adiestrada para complacer. Voluntad valiente y temerosa, muchas veces insegura, de aguijón capaz de la más honda herida, de manos sanadoras y corazón resiliente. Un manantial de expresión volcánica que va  siempre tomando caminos sin andar: los derechos humanos en un mundo de corrupción e intereses capitales, las políticas públicas con enfoque en derechos humanos en un mundo de resistencias burocráticas, la interdisciplina en un mundo disciplinar cientifista. Elegirlos, no con naturalidad o evidencia, sino por una serie de aconteceres que me apena un poco confesar.

Así, cuando en mi mundo la persona indígena existía solo como expresión de folclore, con dialectos, artesanías y costumbres en desuso, un francés me indujo al multiculturalismo preguntándome cuántos pueblos originarios conocía porque quería ir a vivir con uno de ellos. La resistencia, renuencia y rebeldía frente a mi profesión me llevó a conocer el mundo más allá de su disciplina. Un  hombre me indujo a la igualdad género regalándome un libro cuando se dio cuenta de que yo no tenía habitación propia… y no me había dado cuenta de ello.

Por eso no me extraña que en el intento de crianza equitativa con mi pareja, respetuosa de mi hija y armoniosa con mis aspiraciones como mujer, mi maternidad sea intrincadamente difícil, ni tampoco que después de recorrer insistentemente el mundo termine siempre irreductiblemente volviendo a mí.

La que elige los caminos difíciles y con dificultad camina. Caminar así requiere ir constantemente abriendo brecha de parto, tocar puertas mucosas, con iniciativa contractiva y con convicción firme de nacer una y otra vez. Muchas veces me han preguntado cómo hago para dedicarme a las utopías, a los “¿y eso con qué se come?” con tal determinación.

Encuentro parte de la respuesta en ello, pero también en un recuerdo de mi papá corriendo junto a mí en el lago de Cuemanco. La pista (de cinco kilómetros) más imponente que he visto en mi vida. Hasta entonces, por ser la más chica, me habían permitido permanecer en ludotecas y áreas de juegos mientras mis papás y mi hermano mayor corrían, descansar recostada en el pasto y disfrutar del jugo de naranja al final de la visita; pero ese día papá insistió en que corriera y se empecinó a que no dejaríamos el lugar hasta que lo hiciera. Recuerdo que corrí tras él llorando, sintiendo dolor por todo lados y deteniéndome rejega a pedir indulgencia a cada rato. El tartán no parecía terminar nunca y yo literalmente sentía que se me acababa el mundo. Papá se detenía con paciencia para luego seguir trotando. No tengo idea de cuánto tardamos, pero debió ser al menos el triple del tiempo habitual para él. Cuando por fin llegamos al punto de inicio no podía creerlo…la sensación de haber logrado algo que no creía posible. Nunca voy a olvidarlo.

Tampoco voy a olvidar nunca la mujer canosa de edad avanzada y cuerpo joven que se acercó a mí en la pista de Buttermilk para felicitarme por mi excelente desempeño, persuadida de que yo era una estudiante de patinaje artístico, porque según ella tenía el porte y la gracia de una gran patinadora. Sin saber que en realidad era solo una aspirante que venía de paso fantaseando con tener una pista cerca de casa para poder aprender, que tras horas de mirar a las otras chicas intentaba osados salto y piruetas, caída tras caída, con las rodillas repletas de moretones. A menudo, muy a menudo, siento un gran agradecimiento por todas esas personas que al acompañarme hacen que el camino se vuelva caminable y que en mi último cumpleaños se colaron en el amoroso abrazo de mis hermanos.

Entonces: lanza amable que camina con dificultad. Siempre que rememora la historia de mi nacimiento mamá dice que está persuadida de que haber nacido –aún con todo- es signo inequívoco de que estoy aquí para hacer “grandes” cosas y cuando “grandes” logros aparecen lo reafirma. Yo creo que es más bien su infinito amor de madre el que habla. Lo que hasta ahora sé es que quería nacer y que no es fortuito llamarme como me llamo.

Un universo se abrió en mi interior en el momento en el que empecé a reconocerme a mí misma que es con dificultad que camino. Aquello me llevó a comprender a qué se refería Rumi cuando decía que para hallar tu luz hay que ahondar en tu sombra. Nombrar es designar, otorgar para significar, pero…¿qué dicen verdaderamente los nombres que portamos de nuestras personas?, ¿hasta qué punto me determina o me predispone?, ¿hasta qué punto es designo y hasta qué punto decisión?, ¿qué pasa si lo cambio?. ¿Puede una elegir su nombre?, ¿cómo responder al ardiente deseo de quietud cuando en su génesis mi nombre implica un movimiento perpetuo? Un movimiento que no es vacilante pero sí enrevesado. Des-cubrir-se es apenas una puerta abierta, un llamado a explorar que empieza por reconocer el andar propio.

Y así, andando…..

 

 

la-que-camina1

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