Lámparas, pilas, palas, cuerdas y lonas

(Texto de: Abraham Rojas Martínez)

Hace un mes, a estas horas, ya no tenía voz. Se me acabó al llegar a Adolfo Prieto esquina con Eugenia.

“Esa es mi calle, Eduardo, dicen en Wats que cayeron dos edificios frente al mío”, le dije mientras corríamos sobre División del Norte rumbo a Escocia.

Eran las tres de la tarde y había más incredulidad que manos. No sabíamos qué hacer, cómo subir esas montañas de piedra y varilla donde decían que había raza atrapada. Ni siquiera lo intentamos. Una vecina – a quien vi un par de veces paseando galgos cuando yo sacaba a la perrita de Raul – improvisó una alcancía con un plato hondo. “Necesitamos comprar picos y ceguetas” gritó y le di todo lo que llevaba en el bolsillo: monedas, llaves y pastillas de vitamina C. Todo. En la esquina encontré a un Victor Najeradesencajado. “No vi algo así desde el 85”, soltó sin sentimiento alguno. Desencajado.

Recuerdo poco – muy poco – de lo que pasó entre ese momento y el inicio de la noche. Recuerdo miles de botellas de agua, miles; el polvo en mis ojos, el aplauso cuando llegó la Marina, el aplauso cuando sacaron al labrador dorado, los puños en alto cada vez que había sospecha de un ruido de vida. Recuerdo, sobre todo, el llanto de la señora de abrigo rojo brillante que repetía un nombre – el cual no recuerdo – mientras marcaba el teléfono una y otra y otra vez. Nunca le contestaron. Recuerdo que alguien me dio un pan de dulce y otro alguien un Acapulcoco. Recuerdo haberme peleado – para variar – con un vato que llegó a tomarse selfies y con Marcelino, el portero de mi edificio, por resistirse a donar las cubetas del almacén. “Si tú estuvieras atrapado habría un chingo de raza trayendo cubetas para sacarte, pendejo”. Un día de estos regresaré a ofrecerle una disculpa.

“No traemos herramienta”, dijo mientras acordonaba la zona. Era moreno, medía poco mas de 1.80 y su uniforme de camuflaje le quedaba entallado. ¡Cómo que no traen herramienta, son militares!, pensé. “¿Qué ocupan?”. “Lámparas, pilas, palas, cuerdas… y lonas porque ahí viene el agua” me respondió con su voz sureña.

Lámparas, pilas, palas, cuerdas y lonas, lámparas, pilas, palas, cuerdas y lonas, repetí varias veces para no olvidar que lo que se ocupaba eran lámparas, pilas, palas, cuerdas y lonas. Por mi hernia no puedo cargar objetos pesados, me dije, pero puedo gritar y caminar, tocar puertas y si llega la luz, timbres.

Por eso caminamos de Escocia a Nicolás San Juan y Concepción Beistegui, luego a Heriberto Frías, nos saltamos Enrique Rebsamen porque ya no había paso. Seguimos por Pestalozzi, Pitágoras, Anaxágoras y Cuauhtémoc. Fue el último momento del día que vi a Lalo. Allí paré a un grupo de adolescentes que corrían sobre Eje 5. De pronto ya no estaba solo, éramos 6 vatos gritando: “Lámparas, pilas, palas, cuerdas y lonas”. Un guardia en San Borja nos dijo que nadie había llegado al edificio. “No hay metro, no hay micros y hay un desmadre pero llévense este carrito de mandado para el material”. Aún suena en mi cabeza el ruido de las llantas metálicas que nos acompañó toda la noche del 19 y madrugada del 20.

En Gabriel Mancera no conseguimos nada, todos los negocios habían cerrado, pero en López Cotilla, Amores y Martin Mendale llenamos el carrito. La última en unirse a la brigada fue una señora de pants azul o verde, no recuerdo el color. Casi a la media noche me preguntó si mi familia estaba bien. “No sé, no he hablado con ellos”, respondí. “Ay, chamaco, no le hagas eso a tu madre, llámale” y me prestó su teléfono. Yo no tenía batería desde las dos; bueno, yo nunca tengo batería.

Cuando Violeta contestó, perdí la fuerza de la espalda y me senté en la banqueta. No podía hablar por el llanto. “Se cayó el edificio de los viejitos, mamá, donde cantaban los viejitos y otros dos una calle antes”. No sé si me entendió, quizás por eso me preguntó mi ubicación. Yo sé que quería ir a verme, a ayudar, pero la ciudad estaba obscura y preferí colgar. Perdón, muma, perdón por colgar pero si lees esto, sabe que tu voz me dio energía para recorrer Bartolache, Providencia y Patricio Sáenz. Yo quería llegar a Insurgentes pero nos perdimos cerca de Santa Margarita, donde antes era Greenpeace, y regresamos arrastrando los pies sobre Ángel Urraza. Para entonces habíamos llenado seis veces el carrito y pedimos a motociclistas y automovilistas que llevaran todo a Escocia esquina Edimburgo. Lámparas chicas, grandes, medianas, de bici, de Bob Esponja, de casco, todo tipo de lámparas. Pilas AA, AAA, cuadradas, redondas, de reloj, pilas recargables. ¿Por qué las familias tienen tantas pilas en casa? Yo sólo tengo dos: las del control de la tele. ¡Qué bueno que no todxs son como yo! Cuerdas largas, cortas, cordones, rafia, tendederos. Pocas palas y pocas lonas, pero que ocupaban mucho espacio. Lámparas, pilas, palas, cuerdas y lonas.

¿Qué se necesita?, nos preguntaron cien veces. Lámparas, pilas, palas, cuerdas y lonas, contestamos cien veces más. Incluso Amalia García, a quien nunca vi tan pálida como esa noche, apuntó en su teléfono la lista.

Doblamos en Adolfo Prieto y al llegar a Eugenia se acabó mi voz. Llevaba quizás ocho horas gritando exactamente lo mismo: Lámparas, pilas, bla bla bla.

Cuando regresamos ya era imposible acercarse más allá de Soriana. Por eso la señora del pants verde – o azul – entregó el carrito al puesto improvisado de mando. “¿Ustedes son los del carrito?” le preguntó un Boy Scout “Es que ya van varios que nos dicen que trajeron lámparas, pilas, palas, cuerdas y lonas porque los oyeron gritar.

Allí dos de los morros con quienes recorrí la Del Valle se fueron a Petén y Zapata. “Escuchamos que allá también se cayó un edificio” me dijo el más delgado. “Además vivimos hasta El cuernito entonces no podemos irnos sino hasta mañana” agregó el otro. Fueron ellos quienes empujaron el carro de metal todo el tiempo. Nunca los vi tomar agua o quejarse por algo; sólo querían ayudar. No tengo idea dónde es El Cuernito, pero donde sea que sea, espero estén bien y que les vaya bonito todos los días.

Hasta ese momento supe que la señora del pants era mamá de uno de los otros tres. Ya también le quedaba un hilito de voz y con sus últimas sílabas regañó a su hijo por no llevar suéter.

“Mamá, ya casi son las tres ¿nos vamos y regresamos mañana?”, ella asintió y se ofreció a llevarme a casa de la mía en la Prado Churubusco. Sólo un cuarto de Valium ayudó a relajarme. Yo habría preferido marihuana, pero mi mamá metió toda en alcohol para untar. Traté de llamar a Javier, fue inútil, no recordé su número.

Me acosté junto a Berenice y al sentirme despertó. Lloró, lloró casi 40 minutos por las horas que caminó, por las heridas que le causó la fachada que se desprendió en su oficina y por la cifra de muertos que aumentaba poco a poco, hasta ese momento apenas rebasaba los 60. Me tranquilizó oírla llorar, porque mi hermana estaba viva. Ella no lo sabe pero cuando era bebé y le dio bronconeumonía yo despertaba todos los días esperando oírla llorar para saber que había amanecido viva. Esa noche con Bere volví al invierno de 1992.

El 19 de septiembre cambió la vida de la Ciudad, la de Marcelino, la de Cuautla y Tetela del Volcán, la de todo Morelos, la del guardia que nos dio el carrito, la de mi hermana y la de la señora del pants. Creo que sí era verde. También la mía, mi vida y la de los vatos que viven en El cuernito. No me gusta idealizar, no calificaré ese cambio en nuestras vidas. Pero cambiamos todxs. Cambió la del vato que me dio el pan dulce y la de la morra que nos ordenó meter todo el material de curación en la tienda de campaña. Aún me cuesta creer que en segundos (que parecieron siglos) cambió tu vida y la de todas y cada una de las personas que esa noche oyeron cuatro rueditas metálicas acompasadas de la cantaleta rasposa: “Vecinos, ocupamos lámparas, pilas, palas, cuerdas y lonas para rescatar a las personas atrapadas en Escocia. Va de nuevo: lámparas, pilas, palas, cuerdas y lonas.

Repito: “lámparas, pilas, palas, cuerdas y lonas.”

 

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