Vivir con el señor Toledo

Hace tres años que comparto casa, cinco hogar y nueve vida con el señor Toledo.

En el más reciente año de nuestros caminos juntos nos mudamos a un pequeño conjunto habitacional en donde esperamos y recibimos el nacimiento de nuestra primera hija. A pocas semanas de la mudanza nos robaron, por segunda ocasión, la bicicleta casi nueva que acababa de comprarse con mucho entusiasmo después de meses de ahorro. La primera la habían robado un año antes  afuera de un centro de meditación en la capital.

Recién llegados al lugar donde pasaríamos por lo menos las primeras etapas de vida de nuestra pequeña, nos supo terrible el hecho de que hubiera sucedido justo en la puerta de la casa y por lo tanto asociar el entorno más cercano con sensaciones de temor y desconfianza. Aquello nos orilló a buscar medidas para sentirnos seguros.

A pesar de años de activismo por una seguridad pública más cercana a la cohesión social y más lejana al amurallamiento, la sobre vigilancia o la estigmatización, tengo que confesar que mis primeras opciones fueron poner cámaras, rejas, chapas de alta seguridad o una alarma eléctrica. Él, en cambio, sugirió recuperar el portón de la entrada que yacía vencido en un rincón y emprender una mejora general de las áreas verdes del condominio. Creía que en la medida en que el espacio común fuera restaurado, el interés por su cuidado indicaría a los visitantes que se trataba de un espacio habitado y protegido. Por otro lado, pensaba que conocer a las personas vecinas nos haría sentir a todas mayor tranquilidad además de que propiciaría redes de comunicación, de apoyo o de solidaridad, y por lo tanto, de seguridad.

Así que salimos a contemplar el área común; sus dos grandes patios de empedrado sobre pasto, con un cajón de estacionamiento y un árbol por departamento, banquetas desgastadas, pasillos de acceso a los edificios de las tres secciones (A, B y C), escaleras grises entre el primer y segundo piso, dos pequeñas isletas con plantas y una caseta de vigilancia abandonada. Por entonces, un montón de hierbajo y espinos cubría la isleta central cuya superficie servía de refugio para más de quince gatos que encontraban albergue también en la camioneta abandonada afuera del departamento C10. Algunas de las fachadas mostraban señas de descuido prolongado, dos de los tres faroles exteriores estaban fundidos, las paredes detrás de la línea de árboles -algunos recortados en cuadro, otros en forma circular y otros completamente abandonados- reposaban silenciosas, cubiertas de pintura descascarada y cargando unos letreros de “vecinos  vigilantes” a medio caer.

Decidimos, pues, empezar por presentarnos con cada uno de los vecinos y preguntarles cómo se sentían viviendo ahí. Fue así como emprendimos la peregrinación de casa en casa, el señor Toledo, mi vientre de seis meses de embarazo y yo. Al indagar sobre su percepción de seguridad, los episodios de apertura de carros y robo en las áreas comunes fueron las más referidas, también nos contaron que en ocasiones llegaban personas a fumar marihuana o tomar en los rincones  y que más de una vez habían defecado detrás de la caseta de vigilancia. Nos enteramos de que en el pasado había existido un Comité Vecinal, de que existía también un reglamento del condominio y de que ya se habían hecho intentos para recuperar el portón original. El último había fallado porque el nuevo portón instalado resultó, además de caro, demasiado pesado. Alguien lo había tirado con un camión de mudanza al dejar el lugar, después de lo cual nadie se había hecho cargo de repararlo, tampoco  se había logrado automatizar y el encargado del proyecto se había marchado sin devolver todo el dinero.

Entre nuestros vecinos se encontraban personas jóvenes asalariadas, muchas estudiantes, algunas  familias, algunas mujeres adultas mayores independientes. La mayoría de las personas eran arrendatarias y solamente unas cuantas propietarias. Todas coincidían en la necesidad de hacer mejoras comunes y en particular en la conveniencia de habilitar el portón, pero no todas tenían ánimos para organizarse ni fe en que un nuevo intento prosperaría; en parte por las experiencias pasadas y en parte por asumir que no todo mundo estarían dispuesto a cooperar. Después del sondeo, convencidos que había que empezar por algún lado, sugerimos como primer proyecto la recuperación del portón.

Las personas que tenían más tiempo viviendo en el condominio y que en su momento habían formado parte del Comité Vecinal nos alentaban a actualizar las figuras legales para poder realizar formalmente actos de convocatoria, gestión y cobranza. Como abogada, la idea del acta constitutiva no me parecía inútil ni inconveniente aunque sí engorrosa y costosa. Insistían en que tratar de organizar a un conjunto de condóminos siempre acarrea una serie de problemas que es mejor abordar desde un instrumento que permitiera la coacción. “La creación de estructuras sin que haya un espíritu de colaboración nos va a desgastar, en tiempo y en dinero, sin ningún beneficio; en cambio si empezamos desde la colaboración en un proyecto concreto, podemos generar corresponsabilidad”, decía el señor Toledo. Su lógica era que mientras hubiera voluntad y participación la inercia misma nos conduciría a una acción colectiva sostenida en el tiempo.

Sin embargo, a los demás nos seguía mortificando qué hacer si faltase voluntad, ¿cómo hacer a los otros participar?, ¿qué hacer si nuevamente alguien dañaba el portón?, ¿cómo hacerle responsable?, y ¿qué si alguien no quería contribuir? No deberíamos dar por sentada la falta de voluntad, repetía él. Tampoco subestimarla, respondíamos el resto, apelando tanto a la experiencia del antiguo Comité, más sabe el diablo por diablo, como al conocimiento sobre la conducta humana y su conflictividad en sociedad, por algo –decíamos- existen las figuras jurídicas. El señor Toledo nos miraba pensativo mientras cada una de sus intervenciones se topaba con las mismas encrucijadas.

Así continuó varias semanas, hasta que una mañana salió al jardín con una escoba, un sombrero y una chamarra de mezclilla para cubrirse del sol. Quiero ser el ejemplo, -me dijo-, solo así otros se van a animar. Al rato volvió sudoroso, el rostro cubierto de polvo, los pantalones manchados de pasto, a tomar bolsas de plástico y un recogedor. No volvió a entrar en la casa sino hasta avanzada la tarde. Tres o cuatro veces durante ese mes repitió la misma faena. Poco a poco se hizo de herramientas, compró escoba, guantes y tijeras. Por accidente cortó una estructura de cactus que un vecino había plantado con pretensiones estéticas pero que con el tiempo había quedado cubierta de maleza. Otros vecinos no tardaron en ofrecerle ayuda, después acercarse y preguntar qué había pasado con la idea del portón.

Resolvimos convocar a una convivencia vecinal para plantear las posibilidades e ideas recuperadas de nuestras visitas a domicilio. Fue un sábado soleado a media tarde, en una mesa de madera colocamos cada quién un platillo -curiosamente todos hechos a base de atún-, algunos sacaron una o dos sillas y el resto nos colocamos de pie en círculo alrededor. La habilitación del portón generaba un montón de preguntas y preocupaciones respecto de cuánto costaría, qué pasaría con el correo y otros servicios que necesitaran acceso durante el día. Algunos se inclinaban por la automatización y otras por la apertura manual, alguien más sugirió la idea de colocar buzones externos. Si fuera eléctrico, ¿quién pondría a su nombre el contrato de luz? y si no ¿cómo sería la organización para el cierre?, ¿en qué horarios estaría abierto y cerrado?, ¿era posible contratar una persona para hacerse cargo de vigilar el acceso? El consenso parecía imposible entre tantas opiniones en donde, además, algunos dejaban notar su escepticismo y desconfianza por miedo a que pasara lo mismo que con el portón anterior.

Pese a todo, se acordó pedir las cotizaciones y reflexionar, entre tanto, sobre el resto de puntos que se irían resolviendo en juntas posteriores. A partir de entonces el señor Toledo se convirtió en el interlocutor más visible, encargado de contactar a los dueños de cada departamento y convencerles de que invertir en el portón sería igualmente benéfico para la seguridad de sus arrendatarios que para la plusvalía de sus inmuebles. Se convirtió además en aquél a quien se dirigían todas las preguntas sobre el portón, su estructura, diseño, materiales, la contribución económica o cualquier otro asunto relacionado. Tuvo numerosas y extensas charlas con quienes ponían resistencia a contribuir si no contribuían todos y para quienes tuvieran dificultad para contribuir intentaba idear esquemas de financiamiento, desde el trueque hasta la venta colectiva de materiales reciclables.

Algunas vecinas y yo apoyamos una que otra vez con la redacción de comunicados o la repartición de volantes, pero Don César –como algunos empezaron a llamarle- se encargó de la negociación con proveedores, la tesorería, y sobre todo de tener en mente el proyecto e irlo guiando. Asumió tantas funciones que incluso algunos vecinos confundieron su rol con el de una suerte de administrador o vigilante, ante lo cual siempre había que precisar que se trataba de un vecino más, con la única diferencia de que nos había organizado. El hecho de que entre vecinos se acusasen entre sí y acudieran a él para encontrar soluciones a las muchas diferencias y problemas de convivencia le causaba pesar porque su intención no era ser bastión de la comunidad sino que progresivamente todos nos hiciéramos cargo de nuestro propio espacio.

Pasó casi un año hasta la instalación del nuevo portón que, una vez puesto, requirió organizarse en roles para el cierre cada noche, duplicar y repartir los juegos de llaves. Casi inmediatamente después se decidió continuar con las mejoras del área común habilitando las lámparas de iluminación nocturna. Este segundo propósito avanzó mucho más fluido porque se acompañó de la dinámica ya ensayada, pero ahora con mayor participación y el incentivo de un proyecto previo exitoso. Durante el mismo año se llevó a cabo la esterilización de gatos a iniciativa de otra vecina  y se acordaron acciones específicas para el tema de la basura y del excremento de los perros.

Lo que empezó con un portón se convirtió en una cuna de proyectos colectivos para el cuidado, embellecimiento, uso y utilidad de lo común. Se pensó en un huerto comunitario, en la pintura general del condominio, en proyectos de reciclaje y hasta en un cine club. Después de lograr el acuerdo de la poda colectiva del jardín cada dos meses, por resultar económicamente más rentable  que de forma individual, el señor Toledo anunció que dejaría la organización en manos del resto de los condóminos. Algunas personas se mostraron temerosas de que cualquier otra persona no respondiese con la confianza que él se había ganado. Su confianza, en cambio, era que el resto, contagiadas por lo logrado, asumiéramos un rol igual de activo que el suyo en lo que nos interesase mejorar, confiando a su vez en nuestros propios procesos.

No es esta la única ocasión en la que, en el transcurso del último año y medio, he aprendido mirando de cerca al señor Toledo. Podría haberme enfocado en la cocina que decidió construir con sus propias manos en el último mes de embarazo, en nuestro emprendimiento de venta dominical de empanadas recién horneadas, en su incursión como profesor de licenciatura o en las sesiones de meditación que pidió iniciar en su trabajo con un pequeño grupo y que poco a poco se han ido institucionalizando dentro de la empresa como parte de los programas de salud laboral.

Pero elegí la historia del portón por ser una en la que me he visto particularmente involucrada, tanto porque se desarrolló en la proximidad de mi entorno inmediato, como porque estar cerca  de cada uno de los detalles me permitió atestiguar de primera mano la paciencia y persistencia en el actuar de un ser que a veces da la impresión de ser más contemplativo que de acción.

Cualquiera que haya compartido con él un pedazo de vida, sin problema identificará su gusto por la buena comida, la curiosidad infinita con que explora, sus grandes ideales coexistiendo con una manera sagaz e incisiva de dudar sistemáticamente de todo, su inclinación por la simetría, sus dejos de crudo cinismo, su apreciación sincrética de lo sublime y lo flébil de la naturaleza humana; su capacidad de abstracción y su incapacidad de concentrarse en dos cosas al mismo tiempo, su profunda búsqueda espiritual. Cualquiera que haya llegado a conocerle, tanto como se puede llegar a conocer a un ser tan cambiante como el río mismo, por supuesto, ubicará sus grandes influencias personales, musicales y literarias. Hay cosas, sin embargo, que para percibirse requieren de la suave observación prolongada que solo se gesta a fuerza de cotidianeidad y la constancia.

Son esos detalles los que en el último año me ha tocado vivir de primera mano. La tranquilidad que llega a ser explosiva, la delicadeza capaz de derretir metales, la dureza tan frágil como diente de león. La escucha atenta que se convierte sin previo aviso en ensimismamiento, el arrojo impetuoso que puede volcarse de pronto en circunspección apacible. El sutil umbral entre perseverancia y empecinamiento, firmeza y terquedad, exigencia e imposición. Cada mañana amanezco tanto con lo oscuro como con lo luminoso de cientos de señores Toledo que  veo nacer y veo morir uno detrás del otro.

Y es que vivir con el señor Toledo es vivir, a veces, contra corriente. Es compartir la vida con el tipo de ser imaginativo y soñador que anda siempre buscando sin prisa, desfondando para alborear luego. Un hombre con el que se puede intentar construir mundos nuevos, siempre y cuando se admita la posibilidad de giros tan repentinos como abismales. Físico del Tao, labrador de esperanza, espíritu crítico, consciente de la falsedad del tiempo, de su falsa condición de estudiante y de la imposibilidad de llegar a la flor a través del «acerca de», practicante, ergo είναι, del arte de no pensar.

Vivir con el señor Toledo es, también a  veces, caminar sobre los bordes, disponerse a emprender los proyectos más descabellados, andar cuestionándolo todo desde algún puerto lábil pero certero, sereno. Dar saltos de fe sin dar nada por sentado. Es poner a prueba definiciones, no poder escapar a la incertidumbre de un universo en permanente cambio. Confiar, sin embargo, en la inmovilidad inmutable. Es encontrar lo sagrado en lo profano y aspirar a honrar la vida en todo momento. Procurarla. Es vivir en presente continuo, entre indecisión y determinación, entre lógica (método) y transgresión, entre rigor y ductilidad. Es contradictorio y es controversial.

Verán, es difícil comprender al señor Toledo, porque cuesta asimilar que alguien pueda volver a casa sonriente después de un asalto, alegre de que el despojo de sus bienes materiales le haya hecho sentir más ligero. No es fácil concebir la serie de circunstancias que lo llevaron a plantar un aguacate en un zapato al pie de su ventana, que años después se convirtió en un huerto, o a estar al  borde de dejar la universidad en el último semestre luego de percatarse de la trampa detrás de un papel. Cuesta entender como alguien podría renunciar a privilegios, comodidades o estatus para la exploración de un propósito o para dedicar tiempo a la crianza de una hija, para atender a lo importante, no en el dicho sino en los hechos del día a día. Su rebeldía generosa. La valentía de sostener la intuición y la palabra propia.

El año pasado, un resfriado que terminó siendo una suerte de estafilococo y que lo mantuvo en cama durante semanas le obligó a practicarse estudios que arrojaron la existencia de cálculos en su vesícula. De inmediato, médicos, amigos y familiares le aconsejaron someterse a extirpación laparoscópica para terminar con el malestar y evitar otros posibles daños.  Él decidió antes intentar un tratamiento nutricional para lo cual consiguió consulta con un recomendado trofólogo. Durante las siguientes semanas emprendió -tengo que decirlo- con diligencia admirable una dieta de desintoxicación hepática a base de jugos, leguminosas, ensalada y zumo de manzana, que culminó con lavados de sales de Epsom y aceite de oliva. Le habían dicho que con este procedimiento era posible arrojar las piedras por la vía rectal, pero al término no sucedió nada.

Sin darse por vencido, decidió probar sesiones de acupuntura  y ejercicios de reflexología. Cuando salíamos al mercado lo veía una y otra vez preguntar por hierbas para aliviar el dolor abdominal y para reducir cálculos biliares, lo mismo en las exposiciones de productos naturistas. Fuimos al primer encuentro de medicina tradicional en Huimilpan y a un montón de temazcales. Empezó a tomar infusiones de jengibre, perejil y pericón con regularidad y un vaso diario de vinagre con bicarbonato. También empezó a pasar una buena cantidad de tiempo investigando sobre su enfermedad.

Mientras tanto, los demás seguíamos insistiendo en la operación, temiendo que entre más tiempo pasara de irritación e inflamación aumentaría el riesgo de cirugía de emergencia. Empecinado en encontrar una cura distinta se avocó a la búsqueda de investigaciones científicas sobre tratamientos alternativos que ningún médico parecía dispuesto a considerar, hasta que finalmente logró que un gastroenterólogo tuviera una larga charla con él, revisara la investigación y le prescribiera un tratamiento experimental a base de bilis animal.

Prometió que si no cedía o mejoraba su estado entraría al quirófano antes de concluir el año, pero era algo que tenía que intentar. No podía ser de otra manera. No podía ser crítico de la dependencia farmacéutica y llenarse de analgésicos sin indagar en más, o creer en la capacidad autorregulatoria del cuerpo, en la unidad mente-cuerpo-espíritu, en la enfermedad que busca sanar, y extirparse sin más una parte latosa, incómoda y prescindible de su sistema vital. Determinado a encontrar la causa profunda  retomó la actividad física después de algunos años de sedentarismo y se acompañó de una psicoterapeuta hacia su mundo emocional.

La decisión del señor Toledo de vivir con sus síntomas fue polémica, considerada por muchos como una necedad, una testarudez y hasta imprudencia por someternos tanto a él como a quienes le rodeamos a vivir con la preocupación en vilo de que su vesícula u otros órganos conexos se fueran deteriorando. No es grato ver sufrir al ser querido, especialmente creyendo que la manera de detener el sufrimiento está al alcance de la mano. Para mí vivir, con los síntomas del señor Toledo significa además estar en primera fila de cambiantes estado de ánimo, dolores que no cejaban por más masajes, potajes o ejercicios que hiciera, en el vaivén entre la euforia, el desánimo y otras muchas fuertes transmutaciones.

Tengo que admitir, sin embargo, que la minuciosidad con la que se afanó en informarse sobre su enfermedad le dio claridad respecto de los riesgos y límites, lo que le permitía saber cuándo o bajo qué supuestos cambiar de método y hasta dónde permitirse incursionar en tal o cual alternativa. Al mismo tiempo, la observación aguda y persistente de su cuerpo le llevó a conocer, ya no solo cognitiva sino sensiblemente, el funcionamiento de sus órganos vitales. Progresivamente empezó a distinguir puntos específicos en donde se originaba el dolor, algunas punciones de espalda y abdomen que de tan frecuentes se habían normalizado. “Es impresionante como aprendemos a vivir con dolor”, me dijo un día. Llegó incluso a reconocer y predecir los efectos que tendría su sistema digestivo ante la ingesta de tal o cual alimento. En casa, poco a poco, los nuevos platillos nos fueron conduciendo a cambiar algunos de nuestros hábitos alimenticios. Dejamos buena parte de los lácteos e incursionamos en el reino de las leguminosas. Empezó así un largo proceso de autocuidado, el cual decidió seguir aún consciente de que posiblemente no lograse curarse sin operación, pero había que intentar.

Cuando me enamoré del señor Toledo, hace casi diez años, nunca pensé que se convertiría en el espejo en el que he tenido el privilegio de mirarme a través de los años. Alguna vez cuando estaba a punto de volver a su país natal después de un largo viaje me escribió: “Para cambiar profunda-mente las relaciones, hay que cambiar conscientemente los sentimientos que son un hábito. Lo imagino como el arte de hacer crecer lar ramas de una árbol en alguna dirección, acariciándola varias veces al día.” Así va él, cimbrando despacio, a fuerza de cultivo, empeñado ir siempre más profundo, repleto de contradicciones, a su ritmo, a su tiempo y a su modo.

Un modo que, confieso, puede ser confuso porque así como es el que nos manda a todos a clase sin tarea, al súper sin dinero y a la guerra sin fusil seguro de que todo va a estar muy bien, también puede ser aquel al que la duda petrifica; su apertura difusa, su introspección alienante y su determinación vacilante pueden resultar a veces también terriblemente frustrantes. No siempre es fácil entender su lenguaje, sus códigos, sus motivos, su honestidad en bruto que parece falta de sutileza. Sin embargo, además de un esposo y padre amoroso, todos estos años he descubierto frente a cada adversidad a un ser profundamente compasivo. A veces me entran unas ganas inmensas de hacerle saber que secretamente lo que más le admiro es esa manera silenciosa y detallada, casi artesanal, de atreverse hacer cosas que solo se anhelan pero que la mayoría no hace porque incomodan, algunas que no sé si yo misma haría. Por eso es que jamás osaría cortar sus alas.

Después de tanto tiempo y de tantas vivencias, cuando me mira a través de esos ojos transparentes e insondables, el señor Toledo es todavía un emocionante e inconmensurable misterio. Un corazón vibrante, errante, cambiante, latente que hace imposible no impregnarse de él, de sus ganas, de su chi, de su existencia.

Amarle, simple y sencilla mente.

 

 

 

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