Si otro mundo es posible, llegó el momento de decir cuál

“Te elegí por tu capacidad de crear”. Aquella mañana me confesó que para el puesto habían sido valoradas otras dos muy buenas candidaturas y que la decisión había estado reñida, pero la pasantía que había realizado en su oficina dos años atrás le había hecho notar en mí una capacidad imaginativa, de propuesta y de acción que podía sumar a los objetivos de trabajo. Que creía que me hacía falta arrojo, eso también me lo dijo, y que posiblemente me enfrentaría a actitudes discriminatorias y cuestionamientos por ser joven, sí, y por parecer más joven de lo que era con mi complexión de 1.59m/46k y mis recién estrenados frenos dentales. “Elegiste enjaularte los dientes justo en el momento en el que vas a tener que hablar hasta por los codos”, bromeó. Por eso era importante saberme y sentirme segura de mis capacidades. Que las tenía –aseguró-, de eso estaba convencido, pues ya me había contratado, no había más que demostrar.

Los dos requisitos más importantes para formar parte de su equipo y permanecer en él, siguió diciendo, eran la convicción por el trabajo y el cariño hacia todos los integrantes. Por lo demás podía equivocarme las veces que fuera necesario contando con su orientación y respaldo, iría teniendo mi curva de aprendizaje, era normal, no tenía de qué preocuparme. Pero la convicción y el cariño, esas eran las dos condiciones irreductibles. Se me hizo de lo más extraño que dijera cariño y no respeto o lealtad o compañerismo. ¿A qué se refería con cariño y como propiciarlo por un montón de extraños que estaba apenas por conocer? Tenía el hábito de no agregar en sus redes sociales a las personas con las que trabajaba que no hubiese conocido antes y no compartía muchos detalles de su vida personal, así que pensé que tampoco significaba necesariamente hacerse amigos. Había que procurar, eso sí, en la medida de lo posible, ir a comer junto con las y los compañeros todos los días.

Antes de concluir la primera semana de trabajo entré presurosa a su oficina con un extenso inventario de pendientes que nadie me había solicitado. Llevaba enlistadas  todas las preguntas, ávida por recibir mi primera misión, la expresión concentrada, libreta y pluma en mano. Extendió los brazos hacia dos tazas que estaban del lado derecho de su escritorio y me ofreció “¿un café o un té?” que sirvió con toda calma. “¿Ya encontraste dónde vivir?”, fue su pregunta. Le expliqué que me quedaría con mis abuelos maternos que vivían al otro extremo de la ciudad, por lo que los trayectos a la oficina serían de aproximadamente hora y media, quizá no sería lo más cómodo pero yo vería la forma de arreglármelas, “era lo de menos”. Me detuvo en seco con expresión severa, “no, es lo de más. Para mí el bienestar de mi equipo es lo primero.” Lo demás venía después.

Supe que había llegado a un lugar distinto a muchos de los que conocía desde la calidad del ser humano que me recibía. “¿Qué haces aquí a esta hora?” me dijo con extrañeza la tercera vez que me vio consecutivamente sentada en mi lugar después de la hora de salida. “Vete a tu casa, o a donde quieras, los pendientes van a seguir aquí mañana. Esta es una parte de tu vida, pero el resto está allá afuera y yo necesito que vayas a vivirla para que vengas aquí a hacer un buen trabajo”. Lo supe más adelante, el día que cometí mi primer equivocación y él mismo, coordinador de mi área, al que había “saltado” en la resolución de un tema, se sentó conmigo en su oficina, no para reprenderme o reclamarme, sino para  explicarme desde dónde él veía las cosas, por qué tal o cual detalle le era importante y cómo al excluirle de la comunicación le dejaba desprovisto de posibilidades. “Mi trabajo es respaldarte, pero yo no puedo hacerlo si no me permites acompañarte”.

Lo supe también después de conocer a mis compañeras y compañeros de trabajo. “No existe todavía un proceso de inducción instaurado, querida” me dijo Pablo poco antes de mi primera sesión plenaria, minutos después tenía todos los formatos que iba a requerir en mi bandeja de entrada y fueron resueltas con increíble paciencia todas mis dudas. Durante todo el tiempo que estuve ahí encontré en mis colegas apoyo ante cualquier dificultad y retroalimentación de cuanto documento, tarea o idea que requiriese de más de una mirada.

Era un equipo multidisciplinario compuesto por una pedagoga, un psicólogo y una psicóloga, un politólogo, una abogada y un abogado, un sociólogo, un antropólogo y una licenciada en relaciones internacionales, porque se comprendía que el nuestro no era un tema que atañera únicamente a especialistas en derecho. (Nada más inefectivo que pretender forjar una perspectiva de derechos humanos en política pública a partir únicamente de abogados. Cualquier especialista en la materia lo sabe.) Un equipo de hombres y mujeres completamente capaces de cumplir con nuestra principal encomienda: conducir mesas de diálogo entre entes públicos, instituciones académicas y organizaciones de la sociedad civil para dar seguimiento a acciones públicas concretas.

Las reuniones de equipo podían durar toda la mañana y no cinco o diez minutos, porque se escuchaba a cada una de las personas, se argumentaba y ante el desacuerdo se insistía en el diálogo hasta lograr entendimiento, o por lo menos acuerdo. Porque se hacía el intento, no siempre logrado pero siempre importante, de construir decisiones en colectivo. Las dos veces que recuerdo haber sentido tensión con alguno de mis colegas durante una reunión, existió una conversación posterior en donde nos permitimos mutuamente explicarnos el porqué de nuestras posiciones. No hubo falsas pretensiones que “aquí no pasó nada” ni tampoco dinámicas de silencio pasivo agresivo como fingida indiferencia o ley del hielo. Hubo diálogo y después comprensión.

Aquel era un lugar de titulares que no temían ser llamados por su nombre ni necesitaban añadirle a éste un título académico para sentirse seguros de sí mismos, tampoco para pretender conocimientos que más bien demostraban al actuar, ni para imponer en nosotros admiración o respeto. Nos hablábamos de tú, especialistas todas y todos en nuestros respectivos temas, sin mayor distinción que los resultados del trabajo de cada quien. Nuestro jefe no se consideraba nuestro “superior”, se sabía nuestro líder. La jerarquía respondía más a la necesidad de coordinación de un equipo y de colocar una responsabilidad concreta por las decisiones asumidas en cada área; tampoco se nos vendían benefactores, por eso nunca se  nos intentó chantajear ni se nos insinuó siquiera, “la oportunidad que se nos daba de trabajar ahí”. Cada quién sabía que estaba ahí por su valía, por su experiencia y por su capacidad.

Las condiciones de contratación no eran las mejores, -hay que decirlo- contratos mensuales por honorarios asimilados a salarios, sin prestaciones de vivienda, salud o seguridad social; pero el trabajo y el esfuerzo eran reconocidos. Sabíamos que aunque la regulación y la política administrativa no lo permitieran para ese régimen de contratación, se buscaban partidas presupuestales cuya naturaleza permitiera destinar un monto a cubrir, por ejemplo, nuestro aguinaldo. Además de nuestros días obligatorios de descanso, en diciembre teníamos al menos tres semanas de vacaciones, más el día de nuestros cumpleaños, un día después de algunos eventos y uno que otro en los periodos de mayor presión. Nunca en dos años asistí a una reunión en fin de semana ni escuché decir que trabajaríamos 24 horas 7 días a la semana, afirmación que sospecho tiene la repercusión psicológica de hacer sentir al empleado que efectivamente trabajó 24/7 aunque al final no haya habido necesidad de tal carga. A nadie “se le obligaba” a nada. Nunca sentí la angustia de modificar mi agenda personal por temor a que “nos hicieran” quedarnos a una reunión de última hora o ir en el fin de semana.

El trabajo era mucho y era arduo, también infinito, pero el tiempo no era una fuente de sufrimiento o agobio. No había ningún tipo de dispositivo para guardar registro de la más rigurosa puntualidad en horas de entrada o salida. A menos que tuviéramos reunión programada, no nos hervía la sangre ni caminábamos con histeria por la calle por ir con cinco, diez, quince, veinte o treinta minutos de retraso. Se entendía y se asumía que se trataba con adultos responsables que simple y sencillamente llegábamos a la hora convenida. A algunas personas, también es cierto, les costaba más trabajo que a otras llegar temprano, pero también solían ser éstas las personas que establecían sistemas de compensación permaneciendo mucho más tarde de la hora de salida. Cada quien era responsable de sus tiempos de trabajo y se trabajaba por resultados. En días de lluvia o de caos vial se consideraba el trayecto a la oficina como parte de la jornada laboral, por lo que en el equipo se podía estimar más conveniente trabajar desde casa, generando menor desgaste, mayor productividad y mejor rendimiento. Todos los días salíamos a tomar café en algún punto de la mañana y caminábamos por los alrededores después de la comida para estimular la digestión y despejar la mente. Y no por eso decaía calidad de nuestros proyectos. Al contrario.

Hasta ahora todavía no logro entender cómo es que acostumbradas/os a jornadas de trabajo excesivas y míseros periodos de descanso, se nos hace extraordinario el respeto a las condiciones dignas mínimas de trabajo. Los derechos los volvemos rebeldías. Al que se va a su casa a la hora normal mientras los demás eligen quedarse lo tachamos de falto de “sentido de responsabilidad” o de falto de “solidaridad”. Lo justo lo volvemos privilegios.  Nos parece inconcebible que alguna colega  negocie como parte de los términos de su contratación trabajar desde casa para poder estar con su familia, y aunque dé más, iguales o hasta mejores resultados que el personal de “horas nalga”, queremos que aquel o aquella que “no se aparece nunca por la oficina” esté visible y esté presente. Nos cuestionamos con incomodidad, cuando no con molestia,  ¿por qué no está aquí como yo?, ¿por qué si yo no puedo o no pude estar con mis hijos el tiempo que me hubiera gustado o que ellos hubieran requerido, ella sí puede?, ¿por qué no tiene que dejarles para ir a trabajar? Percibir como una injusticia lo que es justo para otra persona porque yo no lo tuve la ocurrencia o el valor de pedirlo o de exigirlo es grave porque habla de una profunda normalización de las condiciones precarias de trabajo. Que estemos acostumbrados a comer boñiga no lo vuelve normal.

Por lo menos una vez al año se organizaban dinámicas de integración y de planeación entre todas las áreas. La titular nos recibía en su oficina para revisar de manera individual cada uno de nuestros temas pendientes por lo menos una vez al mes y de manera colectiva una vez cada quince días. La coordinación de la que yo formaba parte se encargaba de gestionar espacios de tensión y de conflicto permanente sobre temas ríspidos y dolorosos como los desalojos, mujeres víctimas de trata, migrantes en centros de detención, escasez o distribución desigual del agua, maltrato en centros penitenciarios, condiciones de vida en la calle. Por eso, conscientes del peso que conlleva la defensa de derechos humanos,  la deconstrucción y las resistencias que su promoción exige, tanto el coordinador como mis colegas me insistieron en que buscara un espacio de contención. La mayoría asistían con regularidad a terapia como parte de una práctica de salud laboral y personal.

Las decisiones se tomaban por autonomía, con la seguridad de la capacidad propia y la tranquilidad de saberse tanto reconocidas como respaldados, nunca “por instrucciones” y mucho menos por temor a la reprimenda. Quizá por eso me cuesta tanto entender a las personas que hacen corto circuito ante la idea de accionar algo que no sea por-instrucciones-de-su-superior-jerárquico. La vestimenta la decidíamos a criterio propio atendiendo al tipo de actividad que nos correspondiera cada día. No olía a miedo. La brújula no eran el temor disfrazado de cautela, la reserva ni el desasosiego, sino la confianza.

He tenido la suerte de encontrar una instancia pública en donde los hábitos se hicieron políticas no escritas, como el llevar una bebé a la oficina durante horas de lactancia sin pedir “permiso” o llegar al trabajo en bicicleta, y en donde esa noción de respeto se reflejaba también hacia el exterior de nuestro servicio público​, en la relación con la ciudadanía. Entendí cómo es que la convicción genera coherencia y el cariño solidaridad y empatía. Claro que era también un espacio de seres humanos con claroscuros y conflictos propios de la naturaleza humana y segura estoy de que no todo mundo vivía las dinámicas desde la misma perspectiva. La comida en equipo, por ejemplo, aunque seguía la regla de no discutir cosas de trabajo, podía llegar a ser el momento en donde se tomaban decisiones y entonces quien no pudiera o quisiera asistir aquel día quedaba consecuentemente excluido/a del proceso deliberación. Las largas reuniones que permitían el diálogo llegaban a convertirse también en interminables, tediosas y repetitivas sesiones de catarsis en tiempos de crisis. Podían mejorarse las capacitaciones y pudieron haberse buscado para nosotros mayores prestaciones laborales, entre muchas otras cosas.

Por supuesto que llegué a toparme con comportamientos cuestionables y algún colega con brotes de neurosis, pero la reacción ante éstos hacía la diferencia. Las actitudes frente a cada situación concreta marcaron las pautas. La indignación que provocó en todo el equipo el día que la titular pidió a un colega “que no se volviera a repetir” una equivocación cometida, la respuesta firme y directa del colega que solicitando ser tratado como adulto y con respeto afirmó “se puede repetir porque errar es humano, a lo que puedo comprometerme es a ser aún más diligente en lo subsecuente”, la recapacitación y la ausencia de represalia por parte de la jefa.

La violencia no era un tabú y la respuesta ante ella era de rotundo rechazo. En los casos de acoso que tuvimos durante el tiempo que estuve ahí las dos compañeras afectadas recibieron acompañamiento de nuestros colegas psicólogos, se discutió la creación de un protocolo de atención y se solicitó capacitación del Instituto local de las Mujeres. Ante la dilación de respuesta institucional sobre la sanción al agresor se formó una comitiva que intervino formalmente en representación de nuestra área y nadie del equipo (nadie más que yo, he de confesar) fue a la fiesta de cumpleaños de la titular en señal de protesta. El agresor finalmente fue despedido.

No todo sucedió como nos hubiera gustado, es verdad. La nuestra pudo no ser una manera ni perfecta ni impecable de trabajar, pero no co-existían la frustrante intuición de que las cosas podían hacerse de otro modo con el temor a intentarlas. Las posibilidades no se quedaban pendidas en el “debiera”, en imaginación o en deseo porque había espacio para el intento. Porque pedimos ese espacio, porque lo creamos.

Porque entendimos que el cambio comienza en casa y actuamos en consecuencia. Pedíamos a todas las instituciones públicas de la ciudad funcionar conforme a los principios de dignidad y justicia implícitos en los derechos humanos, monitoreábamos y evaluábamos sus avances; no podíamos menos que impulsar los mismos cambios al interior. Nos lo exigían nuestra función y las organizaciones civiles con las que trabajábamos, pero también nuestras propias compañeras y compañeros. La exigencia de congruencia permeaba desde el lenguaje incluyente hasta la gestión de espacios y recursos. Insistíamos, insistíamos e insistíamos con el resto de unidades para tener administración con enfoque de derechos humanos, comunicación social con enfoque de derechos humanos, vinculación con enfoque de derechos humanos, recepción con enfoque de derechos humanos. Nos co-educábamos constantemente porque nos atrevíamos a expresar discrepancia y porque había apertura para hacerlo, teniendo claro que no podíamos criticar replicando un sistema que oprime. Tengo que decirlo; éramos un equipo buenísimo. La libertad responsable y respetuosa resultó una manera inteligentísima de gestionar, aunque nada fácil.

Aún con todo, hubo un momento en el que al gobierno de la ciudad dejó de parecerle aceptable publicar los hallazgos para los que nos había contratado. En el momento en el que logramos documentar a detalle por qué es tan complicado institucionalizar en la función pública el enfoque de los derechos humanos y al mismo tiempo logramos impulsar cambios incómodos para el status quo, se terminó la voluntad política. Se nos retiraron los apoyos, se nos suspendieron las actividades, se golpeó públicamente a nuestra institución, se nos obstaculizaron los acuerdos y antes de darnos cuenta nuestro barco se fue en picada.

Nadie nos preparó para lo que seguía. El golpeteo subsecuente y la crisis que provocó detonaron cambios al interior de nuestra oficina. Cuando la horizontalidad se verticalizó dejó de fluir la información y de comunicársenos las estrategias. La falta de comunicación oportuna y clara mermó la confianza en los liderazgos. La jerarquía tomó un lugar distinto al imponer  y ya no consultar muchas de las decisiones. Quizá por el descontrol sobre lo externo, empezó a reforzarse también el control sobre lo interno, en particular las horas de entrada y salida. Se endurecieron las políticas laborales, se tensaron las reuniones, se aumentaron las exigencias y se recortaron los tiempos. Los siguientes fueron meses de naufragio, en donde cada nuevo plan de contingencia era arrasado por un contexto más adverso. Contrario a la ética del servicio público, desde el gobierno central se esperaba que mutiláramos, cuando no maquilláramos informes públicos. Desde el equipo hubieron diversas manifestaciones de resistencia. Hubo también silencio por parte de buena parte de nuestros interlocutores, sólo unas pocas organizaciones exigieron rendición de cuentas o nos respaldaron, nos quedamos muy solos.

Ante la incertidumbre de lo que pasaría con nuestros trabajos y con nuestra oficina muchas determinaciones dejaron de tener sentido. La presión más fuerte se ejerció sobre la titular, quien oscilaba entre negociar y no ceder. Al interior los encuentros con ella eran cada vez más cortos. Dejamos de escucharnos y, quizá por eso, de comprendernos. La presión decantó en los jefes  de área hasta llegar a cada una de nosotros. Vino un desgaste emocional y con ello de las relaciones personales que debilitó la calidad de nuestro trabajo. Una a una fueron emigrando las personas de nuestro equipo. Nuevas compañeras llegaron, pero éstas fueron recibidas por un grupo que resistía desalentado y cansado. Aún con todo, la resistencia en equipo me ha parecido mucho más soportable que la resistencia individual.

Incluso ahí, en ese lugar tan distinto a otros, lograron permear vicios de gran parte de la política laboral en México. A pesar de todo, en los tiempos en dónde todo se volvió queja me recordaba que las cosas podían ser distintas, ya lo habían sido. Me permití guardar anécdotas del lugar donde fui muy feliz y desde donde rechacé muy buenas ofertas de trabajo porque creía en lo que hacía y porque llegué a sentir un cariño muy especial por mis compañeros/as. Quizá ellas y ellos me recuerden poco pero definitivamente sembraron en mí la experiencia que marcó un antes y un después en mi trayectoria dentro y fuera de la función pública.

Coincidir con colegas que se atreven a intervenir frente al mal trato o la injusticia sin importar el riesgo de perder su trabajo, personas que no temen decirte a la cara lo que piensan y aquello en lo que disienten con firmeza pero sin agresión, manteniéndose en el punto fino de intervenir oportunamente sin rayar en lo invasivo. Formar parte de un equipo de personas valientes, íntegras y solidarias me dejó la posibilidad de distinguir y señalar con certeza ahí donde se asoma la violencia, de levantar la voz. Me permite ahora identificar fallas y después sugerir otras formas de trabajo.

No basta decir que otro mundo es posible, ahora sé cuál. Ahora sé que esos otros mundos posibles no son los mundos abstractos con los fantaseamos, que teorizamos o pregonamos, sino los que creamos cuando tenemos el valor de dar cada uno de nuestros pasos de manera distinta.

Quizá para quienes tienen la fortuna de pertenecer a comunidades laborales mucho más justas, equitativas y armónicas el mundo que describo tendrá apenas condiciones mínimas aceptables, para otros será la simple crónica de un barco que se hundió en el intento, pero yo guardo cada uno de los ejemplos que ahí viví como tesoros porque intuyo que en el mundo de la función pública mexicana abundan historias similares y porque siento un impulso irreprimible de resaltar que ahí, en la insistencia de esos intentos, está el germen de todos los otros mundos posibles.

El día del cumpleaños de quien entonces era mi jefe le regalé un cuadro con la fotografía de una de las personas que más admiro en el mundo con aquella famosa frase de Saint-Exupéry que dice: “Si quieres construir un barco, no empieces por buscar madera, cortar tablas o distribuir el trabajo. Evoca primero en los hombres y mujeres el anhelo del mar libre y ancho.” Cuando pienso en las personas con las que compartí aquel equipo de trabajo siento la seguridad de que donde quiera que se encuentren están ayudando a forjar otros nuevos mundos… y eso me llena de esperanza.

 

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