Y no solo eso

Esto ya lo he compartido en pláticas de balcón, de columpio, de banqueta o de media noche, pero hoy siento ganas de repetirlo fuerte y claro.

La muerte de Jorge y Javier fue un acontecimiento trágico y doloroso que no debe repetirse y que, sin embargo, seguimos viendo pasar en cotidiano.

En el mundo estudiantil, el de entonces y del que fuimos parte, lo vivimos de distintas maneras. Cada quién tendrá su versión. Todas tan incompletas y tan valiosas. Fragmentos del mismo lienzo y partes de una misma historia.

Lo que es claro, es que a muchxs esa mañana nos lanzó abruptamente frente a una realidad y un espejo en el que no habíamos querido o sabido mirarnos. Nos llevó a plantearnos interrogantes y a cuestionar (más allá de las aulas) un contexto de fractura y de desigualdad que, con ganas de ver, era perfectamente visible. A cuestionar incluso los cimientos de nuestra alma mater y de nuestra forma de vida. Finalmente, a sumar gran parte de una  comunidad (hay que decirlo) anestesiada y alienada a la voz que ya gritaba ¡Basta!

Cierto es, e importa decirlo, que muchas voces no se elevaron, y muchas otras se perdieron tras la efervescencia del momento. Pero una inercia consciente, quizá porque justo después la ola de violencia se vino con más fuerza, nos llevó también a re significar todo lo que nos rodeaba y todo lo que éramos. Situarnos en una historia que es la nuestra. Tocar puertas y explorar vías… Y no solamente.

No solamente Javier y Jorge… y Víctor y  Lucila y Raúl  y Gabriela y Diego y José y Liliana y Hiram  y Adrián, ni solamente estudiantes. A pesar de lo desafortunada que fue la cobertura mediática al 19 de marzo, si algo nos quedó claro, fue que nunca se trató de nosotros. Muchos estudiantes del tec (sí, del tec) nos pusimos en los zapatos del “otro” porque nos tocó en casa, pero lo más trascedente –al menos para mí- fue el encuentro subsecuente entre universidades por largo tiempo rivalizadas, la imagen nítida de nuestrxs profesorxs respaldándonos en las reuniones del Movimiento Estudiantil Universitario en las noches de café Gargantúa.

Yo no conocí a Jorge y Javier, ni pretendo haberlo hecho. Pero estuve ahí el día de su muerte, y mentiría si niego que desde entonces se convirtieron en parte importante de mi vida. Para mí, el tiempo sí se detuvo en ese instante que nos marcó, no solamente como jóvenes y como estudiantes, sino como ciudad y como seres humanos.

Ese momento para mí  significó perder el miedo a proponer y a dibujar otrxs mundos posibles. Fue piedra angular de la continuidad que hasta aquí me trajo y el inicio de una serie de encuentros extraordinarios con lxs testigos y protagonistas de luchas sociales pasadas, vigentes, continuadas, sin tiempo. Hombres y mujeres con sed de paz y de justicia, que me enseñaron de amor, de historia y de memoria.

Significó el paso de la destrucción a la deconstrucción creativa. Agradezco y siempre agradeceré a aquellas personas que en tiempos de parálisis colectiva me dijeron “de acuerdo, hagámoslo”.

El resto de la historia se escribió en cuerpo y Hoy, cuatro años después, aquí estamos.

Mi deseo es que otrxs jóvenes, de otrxs tiempos y en otras ciudades, no esperen a vivir lo que nos azotó en Monterrey para observar.se y tender lazos; que no requieran para construir alternativas un contexto en el que fuego cruzado y muertes prematuras sean asunto de todos los días.

 

17361660_10158338442660176_8873882928109430358_nFotografía y poe-manta de Cordelia Rizzo. 
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