#LoQueAprendíEstaSemana

Cuando empecé a trabajar en el monitoreo de políticas públicas con enfoque en derechos humanos acontecían en mi vida personal una serie de fuertes irrupciones, rupturas y crisis. Aunque había trabajado tanto de asalariada como de voluntaria durante gran parte de la universidad, aquel fue mi primer empleo remunerado después de terminar formalmente los estudios, después de intentar sin éxito encontrar trabajo en la Unión Europea y de volver de la expatriación a mi país natal.

La consigna era mediar entre actores histórica y sistemáticamente contrapuestos; una red de alrededor de 500 servidoras y servidores públicos y 200 representantes de organizaciones civiles, en muchos de los casos no acostumbrados a dialogar ni entre ellos ni utilizando el mismo lenguaje.  Buscar soluciones viables y comunes a problemas sistémicos, estructurales, multicausales, globales y al mismo tiempo locales, cuya atención exigía nadar a contracorriente, contra vicios del sistema, con escasez de recursos y volatilidad de voluntades. Todo para echar a andar un programa utopista y ambicioso en su contenido, limitado pero funcional en su operatividad. Había que mediar, conciliar, negociar, pero antes generar lazos de confianza, puentes semánticos, espacios susceptibles de colaboración.  Huelga decir que la tarea no fue fácil.

El primer programa de derechos humanos en el que participé fue el capítulo de mi vida denominado “de la teoría a la práctica” y “el arte de los pequeños cambios”. Sobre esa marcha que pocos transitan, porque es incómoda la autocrítica, aprendí que escucharse y encontrarse mutuamente no es fácil, que apostar en cuerpo requiere de eso, cuerpo, y que a la hora de la verdad el lugar que todo mundo pide suele ser el más abandonado.

Antes de eso iba caminando por la vida con hambre de resolver, acostumbrada a poner atención y empeño en solucionar, siguiendo desde los catorce años la filosofía del “no existen problemas solo soluciones”; sin saber que las siguientes 52 semanas de mi vida me enseñarían que los problemas tienen su lugar, su función y su importancia, su por qué. Que sin reconocimiento y comprensión profunda del problema cualquier intento de solución es probable alimento al problema. Sin poder anticipar que los que durante ese tiempo se me presentaron irían más allá de mi capacidad de respuesta, poniéndome a prueba, agotándome, sorprendiéndome y  enseñándome aquello de lo que estoy hecha y también aquello de lo que no.

Mi entonces jefe, un sociólogo y administrador público de profesión, feminista por convicción y ferviente bebedor de café, solía emplear interesantes frases para complementar o ilustrar sus opiniones en las reuniones de trabajo. Las decía rápido y espontáneo, sin mucho hincapié. Desde que lo noté por primera vez me di a la tarea de tratar de asirlas en el aire al salir de su boca para registrarlas en mi libreta de notas, semana a semana. Hasta el último día que trabajamos juntos pesqué unas cuantas en la conversación en donde triste de partir y temerosa de la incertidumbre, pero también determinada, me despedía.

Ignoro si había una intencionalidad detrás de cada una de las frases que lanzaba, si se gestaban al instante del habla o si formaban parte de un acervo de referentes previa y cuidadosamente compilados. Ignoro si nos iban dirigidas, si servían más bien de auto reafirmación de una idea, si a alguna otra de las personas del equipo -o al mismo emisor- le hacían sentido. Pero recuerdo perfecto el momento en el que fui recogiendo cada una de ellas y la relación que iba encontrando tanto con lo que ocurría en nuestros espacios de trabajo como con lo que ocurría en mis espacios personales. Tengo presente el contexto en el que cada una se abrió paso. Por alguna razón a mí me iban haciendo sentido como piezas de rompecabezas, como si no surgieran casuales y aisladas, sino que al ir tejiéndose construyesen algo. Como una lección que se develaba por partes e iba engranando no solamente con la tenacidad y convicción que demanda la construcción de la política pública con enfoque de derechos humanos, sino con las pautas para enfrentar la enfermedad familiar o lograr la emancipación de la casa paterna y el amor libre de violencia. Durante el tiempo que permanecí en aquel trabajo, las frases que bauticé como #loqueaprendíestasemana fueron haces de luz en un oscuro sendero lleno de vicisitudes y adversidades para las que no me sentía en absoluto preparada.

Cuando llegó la hora de partir, junto con mi tasa institucional guardé solamente la libreta en donde anotaba estas frases, como una suerte de recordatorio de lo aprendido. Hasta que las volví a leer hace poco, cuando participaba en mi segundo programa de derechos humanos, y hasta que las releo ahora, inmersa en un entorno de mayor estabilidad y de menor turbulencia, no me había percatado de que éstas siguieron resonando con un montón de experiencias posteriores. Como si desde el principio hubieran llegado proyectadas hacia el futuro,  pero también reciclándose y adquiriendo significados mucho más profundos, para fungir de recordatorios hasta bien aprehenderse o para ser compartidas o…no lo sé.

En todo caso, he estado pensado en cómo compartirlas en caso de que, como a mí, puedan servir a otras personas; también como una forma de agradecer por haberlas recibido. Se me ha ocurrido relatar una por una el contexto en el que fueron apareciendo o enlistarlas agregando la interpretación propia de cada una de ellas, e incluso narrar alguna experiencia cualquiera en donde progresivamente vayan apareciendo las frases. Al final, he llegado a la conclusión de que prefiero dejarlas íntegras y en el orden en que fueron llegando a mí.

Porque creo que al final somos voces diferentes y voces encontradas. Que como dijo Cesiah “hoy sólo quise compartir su mirada profunda y lejana”, que como dijo Baruch “su voz tiene el eco de un Nosotros y aquí no llegó un hombre a una meta, aquí llegó un mensaje” y como dijo Alex “el que escribe no está diciendo nada, más bien juntos estamos observando la realidad misma de la verdad en su origen.”

Y bien, esto es lo que aprendí:

Cualquiera puede señalar un problema porque problemas podemos ver en todos lados, pero señalar el problema no explica por qué es resoluble; no obstante que toda identificación de un problema involucra parte de su solución.

Nos es más fácil señalar los efectos que sus causas, pero hay que atender causas para terminar con los efectos.

La violencia no se esconde, ni se mantiene en lo oscurito. Es un problema de salud pública.

También se es cómplice de lo que no se provoca cuando se debe.

El tiempo es un factor de poder que se ejerce de muchas maneras.

Es la manera en la que enfrentamos los problemas la que nos enseñan quienes somos y de qué estamos hechos.

La mujer y el hombre se descubren cuando se miden con un obstáculo.

Es más difícil construir acuerdos que señalar ahí donde no se construyen.

Acuerdo equivale a tiempo, es decir, a evolución.

Explícale las cosas a las personas en lo abstracto y te van a mandar al carajo en lo concreto.

Hablan tanto los posicionamientos como los vacíos.

Los lugares vacíos terminan teniendo mucho peso.

Un buen punto mal planteado no ayuda.

La narrativa que es suficientemente repetida hace que una percepción se vuelva realidad.

No porque lo escondamos deja de existir. Ahí está, es como el coco. El coco no existe. Tampoco el problema, ¡pero cómo afecta!

La incertidumbre es, quizá, el sentido más sincero del ser humano.

El reconocimiento de la crisis no es derrotista, es necesario.

El contexto, la adversidad y las circunstancias no van a cambiar, ¿qué hacemos?

Ya nos perdimos el respeto, ahora perdámonos el miedo.

Es más difícil imaginar que criticar lo que ya existe.

Las discusiones grandes se resuelven con soluciones pequeñas.

Éxitos y fracasos se pueden sostener de manera digna.

Una mano suave también puede conducir.

Que la indignación no nuble el juicio.

Los procesos se cultivan, no se reglamentan. Todo lo queremos regular y todo lo queremos castigar.

Voltear a ver lo que se veía como “lo que va a pasar” y ya pasó para re interpretarlo y construir a partir de ahí.

Apuesta por la constancia. La vida no está hecha sólo de buenos momentos.

Pon las cosas en su lugar y ellas te irán poniendo en el tuyo.

Pon en tu camino algunas derrotas, no siempre tienes que ganar.

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