Siempre con la luz adecuada la naturaleza avanza

Se acercaba el momento de dar a luz, en la recta final del embarazo. Estábamos emocionados, expectantes, atentos a los movimientos que desde semanas atrás habían empezado cada vez más cerca del cérvix, a cada una de las señales que sabíamos indicadores de posible trabajo de parto; los dolores de ciática, los pródromos, el anidamiento, el desprendimiento del tapón mucoso.

La fecha probable de parto llegó y pasó de largo, también las señales, dejándonos en medio de una espera que sabíamos temporal pero nos sabía interminable. La familia y amistades comenzaron a inquietarse por los motivos por los que comúnmente se cree que puede existir riesgo de sufrimiento materno o fetal; ya habían pasado las 40 semanas de gestación, el peso de la bebé alcanzaba los cuatro kilos, el largo de su fémur y el diámetro de su cabeza de tantos y cuántos centímetros, ¿mi delgado cuerpo de 1.58 metros podía parir esas dimensiones?, ¿el líquido amniótico no podía disminuir?, ¿no era ya demasiada la edad de la placenta?, ¿no podía afectarse la piel de la bebé? y una serie de anécdotas sobre lo que le pasó a “mi tía”, “mi vecina”, “mi cuñada”, y a perenganita.

Tuvimos que explicar una y otra vez que, de hecho, un gran número de embarazos primigenios suelen superar las 40 semanas, que el rango normal para parir es entre la semana 38 y la 42, que mi tamaño y complexión no eran motivo para anticipar complicación alguna; que, además, muy difícilmente podía presentarse una condición de riesgo después de un embarazo tan sano, que la desinformación y la desconexión con los procesos naturales han hecho proliferar temores sin fundamento, que nos hacíamos acompañar por profesionales de la salud y de la partería quienes tras dar seguimiento a los nueve meses nos aseguraron que todo estaba bien, que de tener el menor indicio de peligro no arriesgaríamos a nuestra familia y que no existiendo motivo médico real para alarmarse  continuaríamos la espera pacientes, pues habíamos elegido confiar en que mi cuerpo fue diseñado para parir, en que mi hija sabía cómo nacer y en que ella me diría cómo y cuándo quería llegar a este mundo. Lo últimos no fueron días fáciles, el miedo colectivo es un contagioso y poderoso desincentivo.

Habíamos decidido intentar un parto natural por muchos motivos; la conexión entre madre e hija, la calidad del primer contacto, la búsqueda del entorno adecuado para llevar a cabo un acontecimiento vital de salud (en el más profundo sentido de la palabra) con la menor intervención externa posible. El deseo de vivir consciente y plenamente uno de los momentos más importantes en la vida sexual. La voluntad de ejercer el poder femenino, a menudo relegado tras cesáreas innecesarias y rutinas programadas a conveniencia del personal médico o de la practicidad hospitalaria y no necesariamente de la mujer que pare. La voluntad, también, de transitar con mi pequeña el viaje fundador de nuestra vida juntas, de las entrañas al exterior.

Entrábamos a la semana 41 y habían transcurrido ya los primeros indicios, pero los movimientos de sístole y diástole habían cedido hacía algunos días dando paso a una estridente calma. Me habíamos procurado todo tipo de estimulación para favorecer el inicio de parto, baños calientes, infusiones de hoja de frambuesa y ruda, caminatas por el cerro del campanario, aerobics en agua, baile de vientre; pero los días seguían transcurriendo y todo permanecía en aparente estatismo. Hacía semanas que la bebé golpeaba con su pequeña cabeza hacia abajo. Cada noche, al acostarme, percibía una y otra vez sus insistentes empujones, como quien toca una puerta. Me daba la impresión de que mientras ella se esforzaba por salir, lista para nacer, mi cuerpo permanecía hermético. Empecé a tener muchas preguntas.

Sabía que no tenía miedo del famoso dolor de parto, no más de lo que le tenía a ser diseccionada de abdomen a vientre por un bisturí. Deseaba tomarla entre mis brazos, pero intuía que por algún motivo, en vez de disposición estaba ofreciéndole resistencia. ¿Qué pasaría al cruzar esa línea? Esa después de la cual –dicen- le cambia a una la vida por completo. Esa que hace que mujeres entren en crisis de identidad desde el puerperio hasta la menopausia, esa sobre la que me advirtió más de una madre con la expresión “se es una antes y después de parir, te pierdes”. Anhelaba el fin del embarazo para “volver a ser la misma”, sabiendo al mismo tiempo que no habría tal. Mi cuerpo ya había cambiado 24 kilos, mi sentido sobre la vulnerabilidad, la protección y el cuidado se habían transformado. Había aprendido a percibir la capacidad de engendrar vida dentro del cuerpo propio y a valorarla como el trabajo más arduo, demandante y precioso. Había leído que dar a luz es como nadar en un mar tormentoso en cuya corriente hay que dejarse llevar, pero todavía vibraban muy fuerte dentro de mí la pérdida de estabilidad laboral, la responsabilidad de la crianza y la ilusión de confinamiento al trabajo doméstico. Supe, gracias a dos grandes mujeres, que el nacimiento no sucedería hasta ser capaz de asumirlo con la entrega absoluta que dar paso a la vida requiere. Me tomé unos días de desconexión con el mundo y diálogo con mis miedos.

Hacia el final de la semana nos sorprendió una secreción blanquecina que salía permanentemente de mi vagina, con una especie de goteo. El sábado Claudia, nuestra duola, nos sugirió consultar con la ginecóloga para cerciorarnos de que el nivel de líquido amniótico siguiera siendo suficiente para esperar otro poco. Afortunadamente –aunque en el momento pareció verdaderamente desafortunado-, nuestra ginecóloga tuvo que ausentarse de la ciudad por un asunto de último minuto. Claudia nos pasó los datos de otra colega suya, quien nos atendió con profesionalismo y calidez, ganándose de inmediato nuestra confianza. Al tacto, nos informó que mi pelvis era lo suficientemente amplia para parir, que la bebé tenía la cabeza encajada, que el cuello uterino estaba totalmente borrado y  tenía dos centímetros de dilatación. Por fin entrábamos a la fase latente, pero el líquido había disminuido tanto que era arriesgado esperar demasiado. Nos recomendó intentar algún estímulo natural para detonar la dilatación y si al cabo de ocho horas ésta no avanzaba tendría que suministrarme oxitocina sintética para inducir la fase activa de parto. Nos dimos cita en la clínica al presentarse tres contracciones en un lapso de diez minutos o a la mañana siguiente, lo que sucediera primero.

Nuestra duola nos preparó  una infusión  de zoapatle (cihuapatli o medicina de la mujer) diluida con chocolate caliente. Después de cenar volvimos a casa.  César colocó algunos cojines, velas y esencia de moras en la sala-comedor. Hizo sonar la complicidad y otras melodías de Perota Chingo. En medio del calor y de la noche bailamos, con suavidad, con ternura, con vivacidad, con emoción palpitante. Contracciones iban y venían cada 10 a 15 minutos, acompañadas de la  sensación de cólico menstrual -que ya había olvidado- y de un ligero sangrado. Así estuvimos, abrazados, cronómetro en mano, hasta que se hicieron una cada 5 a 8 minutos y entrada la madrugada me venció el sueño.

Pasadas las cuatro me despertó una oleada de corrientes trepidantes. Las contracciones habían aumentado en intensidad y frecuencia. Una cada 4 a 5 minutos y sangrado abundante. Todavía tuve ánimo de a darme una ducha, comer un plato de cereal con leche y ver un último capítulo de “Call the Midwife”. Cerca de las siete, las contracciones empezaron a ser más fuertes y regulares; sin embargo todavía no alcanzaban las tres en diez minutos, así que optamos por salir a caminar alrededor del vecindario. Una sensación de frescura y belleza invadía esa soleada mañana de verano. Yo llevaba mi bata a triángulos de colores con un suéter gris arena y él su pantalón favorito de manta con una playera verde agua. Pasamos frente a la vieja estación del ferrocarril y el centro comunitario; deteniéndonos cada tanto para que pudiera asirme de sus brazos y hombros, abriendo las piernas y apretando los dientes para amortiguar el golpe. Charlamos un poco de todo, de la mano y del porvenir. Me sentí dichosa y confiada. Una señora que nos topó en medio de una contracción nos preguntó consternada si teníamos dinero para el taxi al hospital. Le agradecimos y le dijimos sonrientes que vivíamos a la siguiente cuadra y que dentro de poco partiríamos. Al volver a casa decidimos que era momento de tomar las maletas y avisar a nuestros padres.

Llegando a la clínica nos encontramos con la partera y la ginecóloga. Ambas estaban ahí con termos bien cargados porque habían pasado la velada asistiendo otro parto (dicen que en las noches de luna llena aumentan los nacimientos). Me tomé otro vaso de chocolate caliente con cihuapatli. Empecé a caminar descalza por el cuarto, explorando los espacios, ensayando las diferentes posiciones (sobre la pelota, en cuclillas, de pie, acostada) y siguiendo las indicaciones de relajación de Claudia…hombros sueltos, cabeza caída, respiración profunda. Entre menos resistencia menos dolor sentía.

César me detenía por la espalda, una contracción tras otra, cargando gran parte de mi peso y respirando junto conmigo. Yo me mecía, me acomodaba, encogía los hombros, los dejaba caer, me detenía para luego seguir caminando, entrecerraba los ojos; y así, en medio del oleaje, les contamos la historia de cómo nos conocimos en la preparatoria pero no fuimos pareja sino hasta la universidad. Cómo habíamos recorrido continentes siguiéndonos uno al otro entre encuentros y desencuentros, compartiendo sueños, utopías y ciudades. Cómo habíamos luchado, cedido y aceptado para forjar una vida juntos, y todas las aventuras que en los últimos ocho años de nuestras vidas nos condujeron hasta llegar aquí y ahora. Claudia también nos contó un poco sobre su vida. Escuchábamos, bromeábamos, reíamos.

Al cabo de un rato el dolor se tornó más penetrante. Las contracciones seguían cada tres minutos, aunque habíamos dejado de contarlas. Mis brazos, piernas y cadera entumecidos me hicieron notar que el dolor puede cansar. Empecé a sentir el cuerpo más pesado y el sabor amargo del  zoapatle todavía en la boca. Hacía unos minutos que había dejado de escuchar mi risa. Ellas debieron haberlo notado porque alguna sugirió revisarme y supimos entonces que tenía cerca de cinco centímetros de dilatación. Entre excitación, ansiedad y nerviosismo nos cambiamos a la sala de labor y de expulsión; ahí nos sugirieron un baño de tina para ayudar al cuerpo a relajarse. Mientras llenaban el tanque me desnudé y entré en la bañera. César hizo correr con la regadera de mano el agua caliente sobre mi vientre, piernas, espalda, hombros, brazos, cadera y estómago. Los chorros caían sobre mi cuerpo cansado, dulce y rítmicamente. Entonamos –él cantando y yo tarareando- el  vals de la quebrada. Las contracciones fueron in crescendo, dejando apenas espacio para respirar entre una y otra.

Entré en la tina, primero sola, después César entró conmigo. El agua nos abrazaba y nos mecía mientras yo recibía una nueva oleada de contracciones, cada una más mordaz que la anterior. Él me acariciaba la espalda y me hacía preguntas para asegurarse de que estuviera lo más cómoda posible. Pedí que me ayudaran a recogerme el cabello y me hicieron un amarre con la liga de un cubre bocas. Sentía mi cuerpo estremecerse con cada descarga; sentada, las piernas estiradas, luego de rodillas, haciendo grandes esfuerzos para sostener mi cabeza, los ojos cerrados. Empecé a perder noción de la hora, de la temperatura y de las dimensiones de mi propio cuerpo que, ya sin saber ligero o pesado, César sostenía por completo. Sentí que en cualquier momento iba a perder el conocimiento. En algún punto creo que me quedé dormida, creo también haber escuchado a alguien decir que roncaba. No sé si pasaron minutos o fue ahí donde pasaron horas; ya no reía, ya no hablaba, solo sentía pasar las contracciones, una tras otra, interminables e inexorables, hasta que me invadió de pronto una incontenible urgencia de pujo.

Percatándose, me sacaron del agua y apareció- no sé de dónde- una especie de asiento metálico que me permitía recibir las contracciones en cuclillas. Me senté en el borde tratando de sostenerme con ambos brazos. Empecé a sentir que perdía la capacidad de moverme. Sabía que César seguía sosteniéndome, pero ya no lograba distinguir entre su cuerpo y el mío. Los rostros fueron perdieron nitidez, también el resto de las imágenes. Solo las voces permanecieron claras, la de él me confortaba, la de Claudia me guiaba. De mi interior salían impetuosos alaridos. Mis tarareos y gemidos pasaron a ser poderosos rugidos de garganta. A cada nueva sacudida sentía un impulso de estallar en grito, pero  tenía que concentrar el aire en el vientre para darle oxígeno a la bebé y que ella pudiera seguir empujando hacia afuera; eso me explicaba Claudia. Concentré todo mi empeño en la fuerza de pujo, de arriba abajo, con las piernas temblorosas, apenas en pie.

No sé cuántos minutos pasaron, el tiempo se había perdido. Las contracciones se volvieron tan seguidas que se hicieron una sola, aguda, permanente. Cada ola se libraba entre segundos de respiración y segundos de pujo. Una y otra vez contuve y transferí la fuerza del sonido hacia la zona pélvica con toda la fuerza que me quedaba. Perdí el control del resto de mi cuerpo. A cada pujido venía a mi mente la imagen de mi vagina expandida, roja, viscosa, a punto de explotar. Imaginaba y sentía que de un momento a otro se me iban a salir las vísceras, cual escena de Tarantino. “Me voy a romper”, pensaba. Sentí un miedo profundo de romperme. Sentía también temor de que mi cuerpo no lograra abrirse lo suficiente. “Vas muy bien, sigue así”, me decían; pero yo sentía que por más fuerza que ponía la cabeza de mi bebé no se movía, que no lograba ayudarla. Empecé a pensar que quizá necesitaría ayuda. El dolor se tornaba más y más insoportable. En mi mente pedía a gritos anestesia, que me ingresaran al quirófano para iniciar la cesárea, pero mi boca no pronunció una sola palabra. Seguía absorta en la coordinación entre respiración y pujo.

Empecé a sentir que la fuerza se me escapaba. Mis brazos poco a poco comenzaron a desvanecerse. “¡Quiere nacer!, ¡Tu hija quiere nacer!”, dijo de pronto Claudia con un tono de viva emoción. Un impulso brioso me arrastró de nuevo hacia el vientre. El dolor que sentía en ese momento era tan indescriptible que mi imaginación es ahora incapaz de recrearlo. “Esto también va a pasar”, me dije. En seguida me anunciaron que tendrían que recostarme en la cama de parto unos segundos. No me pregunté por qué tenían que hacerlo, pero empecé a sentir desesperación. La posición horizontal había sido hasta ahora la más dolorosa y pensé que si en vertical no había podido todavía culminar el trabajo de parto, acostada se reducirían las posibilidades. Sentí pánico. Una vez recostada alcancé a pronunciar al aire un exhausto “no puedo”. “Sí, sí puedes, sí puedes” me respondió César, con la misma voz que antes dulce y protectora era ahora fuerte, firme y resuelta. Escuché a la ginecóloga decir que tendría que hacer que un corte de tejido genital para permitir el paso a la cabeza. Sentí una fuerte compresión en el vientre. “Si puedo, si puedo”, me repetí insistentemente, como tratando de asirme al último trozo de alga vacilante en medio de una turbulenta marea. Suelta, dijo Claudia. Como si hubiera estado esperando el momento de salir desde el fondo de mis entrañas se asomó la misma frase que meses atrás me había animado a dejar una vida de certezas hacia la total incertidumbre para abrazar el embarazo: “soltar para poder recibir”.

La siguiente contracción duró un corte, un estallido y un grito sordo, fuera de tiempo. Mi cuerpo se rompió abriendo paso a un bulto caliente, húmedo y redondo. Escuché el llanto de mi hija frente a mí que se fundía con el de su padre a mi derecha. Pusieron su cuerpo sobre el mío y pude percibir el latir de nuestros corazones. Sin entender muy bien todavía lo que pasaba empecé a besar su cabecita cubierta de sangre. César cortó el cordón umbilical y le pidieron vestir a la niña mientras la duola esperaba la placenta. Apenas la retiraron de mi pecho empecé a sentir la vista nublada y alcancé a distinguir una máscara de oxígeno y la sensación de líquido corriendo por entre mis piernas. En la habitación contigua llegaba una mujer con 10 centímetros de dilatación. La ginecóloga y pediatra iban y venían en medio del caos entre ambos partos. A los pocos minutos lograron reanimarme y contener la hemorragia. Poco después nos llevaron al cuarto donde permanecimos los tres inseparables hasta que, dos días después, nos dieron de alta.

Lailah (belleza de la noche) Lucía (luz del día) nació a las 14:45 del domingo con 4 kilos y 55 centímetros, después de 14 horas de trabajo de parto. Parir me enseñó que dejar ir nos trae paz y volca la marea hacia el futuro. No solamente logramos ofrecerle a nuestra pequeña un nacimiento libre de violencia sino uno colmado de amor. Hay un mayor regalo que la confianza de otros y es la confianza en uno mismo, en una misma. Algunos lo llaman seguridad, otros lo llaman fe, pero si nos da valentía, la etiqueta no importa, pues es aquello que nos libera para abrazar la vida misma. Doy gracias.

 

 

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