Si los cuerpos cuentan historias, ¿qué contarán mis pies?

La verdad, no sé cuánto tiempo hace que empecé a tener hongos en las uñas de los pies. Me di cuenta de que el fungi se había convertido en parte de mí hasta el día en que César me preguntó por qué nunca me las despintaba. Miré las capas de barniz, una sobre otra, tratando de recordar la última vez que las había visto sin carmín, con un enorme signo de interrogación clavado en la frente. No recuerdo cuál fue la respuesta que di.

La verdad es que me avergonzaba su color amarillento y me llenaba de asco el más mínimo contacto con ellas, así que mantenía uñas y pies privados del roce con manos, piernas, o con alguna superficie que eventualmente fuera a su vez a rozar otras partes del cuerpo; toallas de baño, cobijas, ropa, el zacate, rincones de una cama o de un sillón.

Solo los zapatos y calcetines tenían permitido entrar en aquella zona prohibida e intocable de uñas y pies, y terminaban por ello siendo exiliados del mundo corpóreo. Más adelante me gané el apodo de “fascista de calcetines”, porque en mi territorio éstos no tenían permitido almacenarse o lavarse con el resto de prendas de vestir.

Con el tiempo conseguí utilizar solamente zapatos, ya fuera abiertos o cerrados, que cubrieran enteramente los dedos de los pies. Me hice experta en mantenerlos siempre cubiertos, fuera del alcance de objetos y miradas. No entraban nunca en los juegos de cosquillas. Si había que darme un masaje pedía rotundamente que no los tocaran. Dormía con calcetas, lo mismo a -1 que a 35 grados. Y, por extraño que parezca, no los lavaba jamás. Dejaba solamente que les cayera el flujo con el que enjabonada y enjuagaba al resto del cuerpo.

Hasta el día en que me lanzaron la pregunta, sencillamente parecía habérmelas ingeniado para vivir como si no existieran mis pies. El primer tratamiento que probé fue una pomada de consistencia y color similar a la de árnica, que aplicaba con papel, guantes de látex y todo tipo de artefactos y maniobras para evitar el contacto con mis manos. Lo hice para terminar con la necesidad de pintarme las uñas una y otra vez. Lo inicié en Monterrey, intermitente, inconstante. Y ante las nulas evidencias de progreso, al poco tiempo, volví a olvidarlas.

Siguieron pasando los años hasta que en África aprendí a andar descalza y descubrí lo mucho que me gustaba. Junto con el shampoo, el desodorante y el perfume, el barniz de uñas no logró atravesar la frontera; así que poco a poco, durante meses, mis uñas se fueron despojando de la plasta rojiza. Pocos días antes de mi regreso, me despertó un olor rancio y penetrante. Tardé un rato en reconocer de dónde venía, hasta que mirando hacia abajo vi que tras el barniz que hacía años no removía, en el lugar de los pulgares, habían quedado dos plastas amorfas de color café amarillento y negruzco.

Las arranqué de inmediato horrorizada, creyendo que si lo hacía así, de raíz, de tajo, los hongos pegados a la masa infectada se irían junto con ella. Pero apenas comenzó a crecer la nueva uña, el tinte amarillo, luego café, volvió apoderarse de su superficie. El episodio me perturbó tanto que dos o tres veces preferí arrancar nuevamente la uña antes de que volviera a convertirse en aquel hedor de colores marchitos.

Regresé a Francia decidida a erradicar a mis indeseados inquilinos por temor a que se extendieran hacia todo el pie o peor aún, se colaran en capas más profundas de la piel, infectando también otras partes del cuerpo. Había leído casos en internet en los que el hongo se había terminado por trasladar a la sangre provocando fungemia. Ya por entonces había conseguido una esponja destinada específicamente al lavado de mis pies, aunque hacerlo aún dependía de las veces que recordaba ese rincón olvidado de mi ser.

Con la gangrena asechándome la mente, empecé a buscar consejos entre una lista de médicos generales. De ahí surgió mi primera visita al podólogo y mi segundo intento de tratamiento. Me recetaron dos meses de pastillas durante cada doce horas, que seguí religiosamente mientras estuve en Ginebra.

Continué con las pastillas en Grenoble porque había constatado que tan pronto como concluía el tratamiento, el hongo volvía apoderarse de mis frágiles uñas. Ocho meses después, de vuelta en México, descubrí que la prolongación no prescrita del tratamiento había dejado como saldo daños al hígado y quién sabe si en otros órganos.

Mamá no tardó en darse cuenta más de una semana, después de que me mudara con ella a principios de año. Un día me preguntó sin preámbulo ¿pero, qué te hicieron?, ¿por qué no quieres a tus pies? Y su pregunta se quedó pegada como chicle en mi zapato que se aferrase insistente al asfalto al caminar. Luego, la pregunta se fue multiplicando. ¿Qué habían hecho mis pies para merecer el olvido? ¿De dónde venía mi aversión a una parte del cuerpo que empezaba a adivinar igual a las demás?  ¿Cómo había podido dejar que las uñas sanas se convirtieran en pedazos de materia descompuesta? ¿Por qué después de varios intentos los hongos no se iban?

Este año, decidí dejar mis uñas sin pintar y dedicarme a su cuidado. Poniendo especial atención en el lavado diario de mis pies, cada día, después del baño, empecé a barrer mis uñas con una lima que iba soltando diminutas partículas. Las limpiaba con toallas húmedas para después secarlas y aplicar una capa de laca curativa sobre cada una. Conseguí un kit de pinzas con las que cada tres días iba cortando los pedazos de uña muerta y empecé a aplicarles terapia de láser y ozono alternadamente una vez por semana. A veces dolía.

Éste, que comencé a llamar “mi ritual de las uñas” duraba entre 10 y 15 minutos cada mañana y durante los meses siguientes continué llevándolo a cabo minuciosamente hasta que se convirtió en hábito. Pese a ello, las uñas seguían invadidas de un amarillo que no parecía dispuesto retroceder por nada en el mundo. Seguí insistiento.

Un día, después de pisar suelo mojado y sabiendo que los hongos viven y proliferan en la humedad, me quité las calcetas lo más rápido que pude y, sin más, estallé en llanto. Mis pies, que otrora me parecieran sucios y feos, de pronto me miraban con un aire tierno, llenos de hermosura. Aún tenían en los contornos huecos y fisuras. Pero por más que los acerqué hacía mi rostro doblando la pierna para cerciorarme, no lograba encontrar el pigmento amarillento. Los tomé entre mis manos y los acaricié tímidamente. Los fotografié, no sé bien por qué. La imagen me remitió a otro momento de mi vida.

Fue todavía estando en Monterrey, durante la universidad, cuando me inscribí al curso de cuerpo, cultura y creatividad, poco después de que me preguntasen la razón por la que jamás despintaba mis uñas. El instructor nos había formado en círculo luego de los ejercicios de expresión corporal y nos había dicho que los cuerpos cuentan historias. No pude evitar preguntarme, si los cuerpos cuentan historias, ¿qué contarán mis pies? Dejé la pregunta sin respuesta.

Y ahora, cuatro años después, mis pies frente a mí, intentando contar una historia que no había querido escuchar. Pero, ¿cuál historia? ¿qué me querían decir? ¿dónde se guarda eso que no nos gusta ver ni mostrar? ¿por qué no el cuello, la espalda o las manos? ¿en qué momento empezó el abandono de mis pies?

Hace mucho intuyo que hay algo que decir y hay algo que escuchar. . De lo que no me di cuenta es de que la palabra, que adopté como sino personal, no es, ni está cerca de ser, la única expresión que comunica.

Recordé de pronto a Gorostieta diciendo “camina como hablas” y “el cuerpo donde ponemos las palabras” ¿Por qué habré determinado al andar hacer camino, omitiendo y descuidando al mismo tiempo la parte de mi cuerpo que materializa mi andar? Los cuerpos cuentan historias, pero no es fácil escucharlas porque, portadores de él y él de nosotros, creemos saber todo de nuestro cuerpo. Y creo que yo había llegado a conocerme tanto que ya no tenía la menor idea de cómo era en realidad. Habría que preguntar a mis pies cómo me han vivido.

La verdad es que este año he conocido personas con pies olorosos, de uñas agrietadas, deformes y amarillentas, que caminan por el mundo sin vergüenza de mostrar sus muchas imperfecciones.

La verdad es que yo no me atrevía a hacerlo. Deposité en mis pies la representación de lo “negativo”, lo “sucio”, lo “indeseable” de mi persona y decidí ignorarlo, cuando no esconderlo. No sabía entonces, como ahora, lo maravillosos que son mis lados oscuros y vulnerables.

La verdad, siento que todavía tiene mi cuerpo muchas verdades por contarme. ¿Qué contarán mis manos? ¿y mis piernas? ¿y mi espalda?, y mi vientre y mis rodillas… Tengo apenas las preguntas.

La verdad, la mera verdad, siento una tremenda atracción por las conductas atípicas.

Y la verdad, duele un chingo. Pero también, nos hace libres.

“Ya están sanas tus uñas”, dijo mamá esta mañana. “No, yo todavía las veo amarillas” …”es porque ya te acostumbraste a verla así, pero ya están sanas”… No hay que confiarse. Sé que apenas lo haga el amarillo vuelve. El camino de la sanación es un camino largo. Sabré qué tanto solo hasta haberlo transitado. Por ahora, he descubierto que es un camino de observación y de cuidado paciente, constante y amoroso. Que no es tal si se inicia por comodidad o por miedo, sino por reconocimiento de lo que se es. Simple y llana-mente.

Pienso, al mirar mis pies, que la heridas no se borran con el tiempo ni con el olvido. Es con trabajo de Verdad. Y las cicatrices pueden ser el hermoso recuerdo de lo que hemos aprendido.

El cuerpo quiere decirme algo.  He venido dispuesta a escucharlo.

San Bartolo, México. Diciembre 2014. 10321592_10152410991031007_5016568954793686286_o

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