La ciudad, la hermosísima ciudad

 

 

Me dijo el corazón que había que volver. Así que he vuelto.

Contra todo pronóstico, presagio, augurio y promesa, me recibió esta ciudad que abandoné en literal huida hace quince años y a la que juré no volver nunca.

Esta ciudad vértigo, en donde todo pasa y además pasa rápido. Ciudad magnificente, de albures, multitudes y gustos tan diversos como sus millones de habitantes. También de gandallismo, arte-grafiti y gestos urbanos. Jungla de bestias metálicas y estaciones hormiga. Metro-ciudad, donde nunca faltan patadas, empujones y horas pico. Urbe interminable de luces, contraluces, sismos e imecas. Una ciudad de pantanos impasiblemente agitados, nueva cada día, pero que cuando llueve inevitablemente vuelve a su origen. Ciudad de tacos, de titanes, de tumores, de migrantes y de poblaciones callejeras. De manifestaciones de todo lo habido y por haber-se.

 

Así que vine a caer (el verbo importa), caprichosa primavera, en cualquier calle de la imponente ciudad de México. Esta ciudad que al internarse en ella da un aviso contundente a lxs caminantes: “El suelo se fue a comer” Yo, que venía del nomadismo, labrando caminos de campo. Que detestaba la ciudad.

A seis meses de mi llegada, más de lo que estuve en cualquier lugar en los últimos cuatro años, me parece increíble que a la semana me hayan invitado a ver la Lucha Libre. Me habría orinado de risa si entonces se me hubiese permitido echar una mirada anticipada al ring en el que había de convertirse mi vida, delirante entre cada nuevo round.

Primer round: Cuando una consigue trabajo a la medida y a la primera, después de meses de “gracias por participar”, lo único que queda es aceptar que se está justo donde se debe estar. Cuando digo a la medida me refiero a mi persona, pero quizá también hablo del ring. El de un trabajo desgastante, extenuante, retador y ExtraOrdinariamente demandante; y no solamente porque demande de una persona el trabajo intelectual, técnico y operativo de tres, sino porque exige un mínimo de congruencia a partir del momento en que se marca la pauta de trabajar Desde y Para los derechos humanos, y se exigen como condiciones institucionales de trabajo mantener encendida la convicción y asegurar el cariño en el equipo. Por lo demás, intente facilitar un espacio de participación social dentro del paradigma de Estado,de facto autoritario, y disfrute su caldo de cultivo. ¿Qué es el arrojo, en este caso? ¿Un eufemismo para el engrosamiento de piel?

Segundo round: La enfermedad de papá que se volvió las mías. Y las de todos. Ya entonces lo sentía“en algún lugar entre el estómago y la matríz comprendo que el cuerpo es simplemente el reflejo y continente de nuestros significados. Su enfermedad es la nuestra aunque no estemos pálidos ni parezca dolernos nada. Lo más duro es ver al padre montaña dejar al resto hacerse cargo, postrado y cansado. Lo más duro, aunque también bello, es verlo permitirse niño, cariñoso y ávido de cariño. Cuando lo veo sin habla, los ojos perdidos, arrastrado como trapito por unos brazos fornidos; diciendo incoherencias, me invade una mezcla extraña entre algo muy doloroso y algo infinitamente hermoso. Me impresiona la fuerza con la que nos mueve aún postrado en una cama. Presiento que lo más duro se vive fuera del hospital, pues aquí es más bien donde uno se pre-para para re-conocerse” No me equivocaba.

Y desde entonces, andamos en búsqueda de un órgano vital, en permanente peregrinación por centros médicos en donde a fuerza de diagnóstico vamos encontrado causas, siempre nuevas y siempre más profundas. Pienso en la relatividad de decir “podría morirse mañana”, como podríamos hacerlo todos. Y sin embargo, esto de sentirse a veces en despedida y a veces a inicio de camino, desconcierta. ¿Se puede tener esperanza sin tenerla? y ¿no tener teniéndola? ¿En qué consiste realmente la calidad de vida? #NuestraCarnívoraFamilia de pronto incursionando en el vegetarianismo. Sigo preguntándome si la enfermedad busca sanarnos.

Tercer round: Pocos pueden darse el lujo de decir que nunca nadie les advirtió que para hacer reír a Dios hay que contarle nuestros planes. Nada es para siempre y no hay posibilidad de saber qué nos aguarda a la vuelta de la siguiente esquina. Premisas que hace tiempo asumí en teoría y que por fin se hicieron prácticas. Roto el corazón y derrumbada Babel, después de seis años de navegación precisa, que a los 25 parecen toda una vida, ¿hacia dónde dirigirse? Por estos rumbos, donde todo es nuevo y el mundo se abre de par en par, me des-cubro en el vaivén de  esta realidad tan nueva hasta en lo rutinaria, impredecible, intensa, demandante y agobiante. Una realidad que entre más compleja es exige maneras más simples de abordarla, que se siente como una alberca de olas que no paran, aunque se cansen las piernas.

En esta ciudad que, aunque generosa, no es piadosa ni mucho menos condescendiente, mi yo citadina ha resultado ser como un tornado andando atarantado entre las sombras. Abeja de ciudad. Pólvora en gatillo. Devastación. Desmadre. Nunca he sido de las que se quiebran y he aquí que me he quebrado. K.O. Súbitamente, me desconozco.

Y viéndome contra las cuerdas llevarme las manos al rostro, esta ciudad me sacude. De frente a esas que mi no-jefe ha bautizado como “situaciones de adultos” y que se enfrentan como Mujer – ya no como pájaro o mariposa- me ha respondido un “levántate” por cada “ya no más”. Envuelta en esta realidad lacerante, que ya no es literaria sino literal, la ciudad me dice rotunda: Ya no le huyas al conflicto que en ti florece, pues la experiencia dicta que a veces una mesa de diálogo fallida puede ser justo lo que permita avanzar al proceso. Los derechos humanos no son dádivas ni concesiones. Por eso se luchan. El Espacio en donde no hay conflicto no está funcionando, porque conflicto es fuente de transformaciones. Eso me ha enseñado este trabajo. “Esta es ahora tu vida”, susurra la ciudad cuando nos cae encima la noche.

He sido tantas en esta ciudad. Aquí donde la gente llueve, suda, estornuda, llora, se roza, se harta. Esta ciudad esquizofrénica, capaz de sacar de mí lo más oscuro, donde jamás me han faltado el “señorita, ¿se siente bien?, ¿puedo ayudarle en algo?” ni el episodio chusco en el momento más pinche. En ella he aprendido que existen un pasillo verde y un último vagón, y que la sexualidad puede vivirse como algo más que un tema prohibido. En esta ciudad que no es justa pero se hace justicia. En esta ciudad en donde fuera de broma, fuera-de-broma a veces no se puede vivir.

 

Esta ciudad que exige al/a caminante rendirse. No con la rendición que es derrota, sino con la que es entrega. Rendirse a lo que se vive, a lo que se siente y a lo que se es. Por duro y crudo que sea. Al momento, a lo que nace y a nuestra propia imperfección. Aceptando que nada está en mis manos, nunca lo ha estado. Esta soy hoy. Tambaleante ciudad en ruinas. A lo mejor por eso me puse tan triste cuando empezaron a remodelar la fachada del viejo edificio de la calle de Puebla. Así estoy, en un momento que asumo azaroso y que no sé cuánto dure. Mutar la piel toma su tiempo. Y así jodido… no hay reproche ni necesidad de excusarse por ser. Ésta que vez.

Así, distraída, descuidada, explosiva y difícilmente perspicaz, soy también la que cree que “todos tenemos un poco de esa bella locura que nos mantiene andando cuando todo alrededor es tan insanamente cuerdo”. Tanto como sigo creyendo que somos espejos y que todo depende del ojo con que se mire. Solo que hoy creo que no hay necesidad de ver siempre lo mejor; que puede una, si la gana le da, detenerse a escupir, gritar, desgarrar(se), rasguear(se), romper(se), perder(se), hasta el tiempo. Dejar(se) llevar por una caja de cerillas en Iztapalapa. Porque también en la devastación hay vida, aunque no lo parezca.

Y me voy a equivocar. Así, En primera persona. Cuantas veces sean necesarias para entender que las relaciones basadas en mea culpa y desde una posición inferior aceptada o autoimpuesta #NoEstánChidas. Para soltar las tantas veces que me compré como míos los juicios de lo antiestético, lo inmoral, lo indecente, lo impertinente, lo indecoroso, lo inadecuado, lo inapropiado y el dogma mezquino de hacer las cosas “bien”. Porque si hay algo que esta ciudad [Esta ciudad que no tiene, ni pretende tener, la más puta idea de cómo tratarme] sabe reconocer, es que eso somos. Sensibles. Humanos. Mortales. Y saberse mortal nos permite ver cuando está presente la vida. Humana como soy, esta ciudad no me pide, me exige vivir así, a corazón expuesto.

Expuestos lo más radiante y lo más grotesco. Que al final son lo mismo. Es ésta una ciudad de netas y muertes intermitentes [Porque algún día he de llamar las cosas como son aunque duela] donde no, no se puede decir de manera simple algo complejo, multicausal y multisistémico. Las c(auo)sas hay que llamarlas como son porque lo que no se nombra no existe y lo que no existe no puede resolverse. Y lo jodido también tiene nombre. Una ciudad que, al mirar, desnuda, y al tocar enseña que no hay por qué temer a las heridas. La luna mantiene su brillo cuando no evade la noche y la esencia más rara de una rosa está en su espina. Neta, ¿quién sería yo sin mis espinas?

 

He tenido el tino, quién sabe por qué, de venir-a-dar a una ciudad cuyo clima es como mi temperamento, y que me grita ¡Mírate los pies! ¡Déjate mojar!

Salí de la ciudad de México hace quince años, escapando de una tentativa de secuestro. Aquella mañana, no sé si de abril, de otoño o de invierno, en la que pistola en mano vi como se llevaron al conductor encañonado y me escapé por segundos y centímetros. Lo que he omitido decir es que no es posible volver a ninguna parte. Porque para volver se necesita un punto de partida inmutable, pero todo se mueve.

Y esos tormentos del pasado que acechan como  justificación a nuestros actos “presentes”, porque hay que conocer el origen para entender y cambiar, tampoco son fantasmas. Son una cosa que cambió con el tiempo y que aquí está. Convirtiéndome en lo que soy. No se puede responsabilizar eternamente al pasado. Agotar la capacidad de un espacio no significa su fracaso, justa-mente porque cerrarlo permite abrir otros espacios. Y eso es importante, porque si no no habría puentes. Este es el poema que nadie ha escrito. También me lo enseñó la ciudad.

Bien dijo Benedetti que cada ciudad puede ser tantas como amorosos la recorren. Y no, no es casual que me haya tocado vivir ahora con el calor de la familia materna y los años de los abuelos. No es casual que tenga compañeros de trabajo que cuestionan, desde la carga sumisa y dominante de los términos “dama” y “caballero”, hasta nuestro propio ejercicio de poder, de liderazgos, de roles familiares y de comunicación no-violenta. Que con sentido trabajan y también se declaran responsables, conscientes de que el discurso está hueco si no empieza en casa.

Tampoco es casual ninguno de los encuentros inesperados en esta ciudad de bienaventurados, que se atreven a ser inoportunos y políticamente incorrectos.

Y así, a media calle… a medio paso… reconozco que no hay conclusión. Aquí no termina, sigo en camino. Estoy aprendiendo, como el bebé que por caminar no tiene prisa. Que a perdonar se aprende perdonando. Qué es eso que quiero para mí y para quienes me rodean. En esta ciudad que me habla directo y a la cara “Quisiera ser más simple” “Pues sélo” “Pero no puedo” “Entonces no quieras ser lo que no eres” En este remolino de confusión y algarabía. En este momento de venas abiertas. Aquí empieza el presente. Se necesita caos también en el alma para dar vida a una estrella danzante.

Hermosísima ciudad, déjame entregarte lo que soy.

 

 

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