Las instrucciones decían lo siguiente:

“Recuerda que el Nombre nos interesa más que el calibre de las balas; eso es lo que hacemos, mantenemos la memoria de quiénes han muerto, no de cuántos. Debes ser imparcial: contamos militares, sicarios, niños, civiles, gobernantes, vendedores, mujeres…los contamos todos porque todos son víctimas del mismo problema social (….)”

Tan pronto como me di a la labor, la razón de que el sitio se llamase “menos días” dejó de requerir mayores explicaciones; efectivamente, cada nuevo día se sienten ganas de no encontrar más que contar, de acercarse al último día. Confieso que sentí mareo, náuseas, unas ganas furiosas de detenerme. Por un momento, entre el primer y el segundo día, creí sinceramente que no tendría el coraje para seguir buscando.

Los golpes son tantos (y tan crudos) que es fácil perder la cuenta, o perderse en ella. Yo, además, no tuve mucha suerte, pues el correo con las indicaciones advertía claramente que los días de puente muy probablemente el número aumentaría. Así que 35 en Veracruz en un solo día y Dios sabe cuántos del 19 al 26 de septiembre. Al final de mi intervención habrá que hacer la suma y enviar la cifra por correo, pero mi mente se resiste a contar todavía.

Miro con el pecho apretado la página aún en blanco del día domingo. Mi último día (ojalá lo fuera también del sitio). Arriba hay algunos nombres que jamás había escuchado, como Teódulo o Crisóforo; otros tantos Luises, Josés, Marías…. Todavía me pregunto cómo hice para no cerrar los ojos que forcejeaban por desviar su mirada ante tal espectáculo impúdico y doloroso, que dejó para siempre impreso cada nombre en lo profundo de mi memoria.

Uno decide hacerla de testigo, creyendo poder aportar algo, y termina dándose cuenta de que el observado es uno mismo. “Los retratos nos miran más de lo que nosotros los miramos a ellos”. Porque sin saberlo, como dijo Karla Lottini, el contador de muertos se humaniza.

Cada día, desde el inicio hasta el final de la cuenta, mirar la hoja, antes blanca, llenarse de historias que se parecen, que se conectan y se repelen al mismo tiempo, me ha parecido un deber tan violento que tortura. Nunca una hoja en blanco me había pesado tanto. Darse cuenta de que los periódicos han comenzado a incluir secciones “policiacas” e incluso de “narcotráfico” en sus ejemplares, así como leer una a una las historias, hace que cada nombre me duela de diferente manera. Cada una representa para mí una terrible pérdida de la dignidad humana.

Contar muertos es una labor tan horrible que me siento incapaz de darle nombre. Sin embargo, si tienen oportunidad de colaborar con el sitio, les recomiendo que lo hagan y cuenten después lo que vivieron, cuéntenselo a ustedes mismos (quizá logren creerse) cuéntenselo a sus seres queridos, pero sobretodo, no lo hagan solos.

Después de noches sin sueño y días de angustia, puedo decir que en unas horas termino con el compromiso de dedicar entre 3 y 4 diarias horas al conteo, sin embargo segura estoy que mi dedicación y responsabilidad para con los vivos y muertos de mi país no termina. Como muchos, me pregunto, ¿Qué hacer, después, con tanto dolor, con tantas cifras, con tantos muertos?

En definitiva esta semana fui herida en lo más íntimo. Me embarga un fuerte dolor, pero también una gran esperanza, que es la vida misma defendiéndose (J.C.). Termino este correo llorando a mi país en voz alta, con esa lluvia que libera, y entiendo ahora que en realidad no he contado muertos, sino vidas. El espejo frente a mí me mira diferente.

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