Viaje a la media noche

La noche en que la luna portaba sin disimulo su sonrisa de gato, descubrí entre los rostros del colegio civil a Marianela. La vi por primera vez instalándose suavemente sobre el piso con los pies descalzos y los zapatos mojados, cubriéndose con la falda los talones, mientras con los ojos pegados al cristal hacía el ademán de enfocar la lente de su Polaroid negra.

A pesar de las evidencias que en toda ella gritaban, no logré identificarla sino hasta después de dos o tres atrevidas observaciones. Varias veces se rascó indecisa la cabeza, se acomodó el chongo hacia un lado y hacia el otro, y hasta se estrelló, como quien confunde un espejo roto con el umbral de cualquier puerta, con el hombre que daba vueltas vestido de árbol. Habría sido más fácil reconocerla si Galdós no olvidase mencionar el lunar – o tal vez tatuaje – almidonado del brazo izquierdo, ni hubiera pasado por alto dibujarle en alguna de sus páginas la comisura perfecta entre sus labios.

No fue sino hasta ver mi propio asombro proyectado en aquella seductora sonrisa que supe que no podía tratarse de otra más que de Marianela.

Cuando la reconocí por fin, sintiéndome incapaz de dejar de mirarla, el rostro del cuerpo que antes me había empujado mientras formábamos la barrera humana para dejar pasar al famoso poeta de Cuernavaca, se acercó a mí con expresión de pena y una disculpa asomando entre los dientes pálidos. Afortunadamente Antonio, el de Guadalajara, había alcanzado a sostenerme el brazo antes de que mi caer permitiera a la tempestad de manos y rostros penetrar la línea de seguridad alrededor de la caravana. Con mayor preocupación por los delgados brazos de Marianela que por los empujones de los reporteros, le respondí alguna cosa con un gesto amable  y giré instintivamente la mirada para seguir buscando.

Al intentar fijar de nuevo la vista en mi descubrimiento, no quedaban entre el banderín azul y el viejo poste más que un policía de semblante impaciente respondiendo con enfado a las preguntas del impetuoso reportero, y los dos hombres con sombrero de paja que habían estado siguiendo con silencio mortífero la ceremonia. Durante varios minutos busqué por entre las sombras el mechón castaño sobre su cara ceniza y el floreado rojo de su falda, pero solo salió a mi encuentro el llanto inconsolable de la compañera de al lado, quien de súbito se había soltado del mecate y de mi mano y sollozaba a ritmo acelerado. Me parece haber escuchado hace tiempo que en vida le tocó ser amiga de la estudiante de filosofía que murió meses atrás atropellada por una patrulla en “fuego cruzado”, y cuyo padre tenía ahora el uso de la palabra.

El hombre de Guadalajara, cuyo nombre ya he olvidado, fue el primero en romper el silencio llamando nuestra atención para repasar las indicaciones para evitar perpetraciones al final del encuentro. Escuché con paciencia, pero sin lograr contener los ojos que danzaban inquietos en busca de su cara morena. “Colocándonos hombres y mujeres intercalados ¿están todos de acuerdo?”,  continuaron diciendo. Después de asentir con el cuerpo entero, -porque la cabeza en estos casos no resulta suficiente- los que pudimos acercarnos, volvimos a nuestros lugares y tomados nuevamente del mecate corrimos la voz hacia ambos lados  para alertar al resto del círculo. El reportero, que antes escudriñara con cuidado a su entrevistado, se acercó al entarimado pidiendo hablar con algún miembro de la caravana.

Si tomo las precauciones necesarias será el mejor reportaje que el señor Lestrena haya visto. El doctor dijo que nada de emociones fuertes, y aquí me tiene en medio de la línea de fuego. No me importa si hay que saltar al escenario para hablar con Sicilia, alguien tiene que juntar los pedazos de esta historia, y contarla. Ese policía me ha tomado por ingenuo, ¿será por mi cara de universitario?, pensará que andando por estos rumbos más temprano que tarde pasaré a formar parte de las estadísticas que denuncia el de la voz quebrada. Y pensar que no imaginaba el día en el que esto de aparentar menos años me resultara un asunto inconveniente. De todos modos, ¿qué precauciones tomar, si aunque nada nos obliga a poner la edad en el carnet de identificación, para peligros, basta con que sobre él se lea “prensa”? En estos días, ni todas las hojas que visten a ese hombre nos salvan de la etiqueta que todos traemos pegada.

El traje, que ya me quedaba justo, terminó de romperse cuando esa chiquilla se vino a estrellar de frente conmigo. Justo cuando finalmente iba a poder hablar con ese reportero que se ve tan joven. Ella también luce joven, tan finita y cargando un bulto tan pesado, ¿qué andará haciendo sola en estos mares de gente irritada? ¡Andará quizá pérdida! ¿y cómo no? Entre tantas búsquedas encontradas hasta yo podría perderme. Aunque uno ya tenga, como yo, sus años en esto de las manifestaciones públicas, no hay que confiarse, siempre está el riesgo de estrellarse con una pequeña que lo viene a cambiar todo. Himelda va a chillar de coraje cuando vea su trabajo de semanas partido en pedazos. Apenas irse preparando para dormir en el cuarto de visitas. Quizá si me entrevistan y menciono su nombre y su maravilloso trabajo me lo perdone un poquito. Quizá si me cuelo, por donde este hombre que se ve tan distraído. Quizá si el reportero se decide a preguntarme por mi traje de encino.

Dos semanas paseando al ingenio de Borges bajo el brazo, y solamente ella me lo señaló en la reunión de la casa del árbol. La mujer con el vestido negro me miró curiosa desde la esquina de la mesa redonda y me dijo divertida que recién había leído el mismo trabajo. Poco pude concentrarme en los preparativos para la bienvenida de la caravana con la iniciativa del pacto nacional ciudadano con sus ojos ardientes incendiándome la espalda. Quise acercarme, pero algo que debía haber sido inesperado por la expresión de su rostro al teléfono, la sacó de la asamblea antes de tiempo y me impidió conocer su nombre. Si pudiera soltar este lazo y preguntárselo ahora; ahí, a donde se mece despacio, mirando de arriba abajo a los asistentes de la plaza, mientras los a todos baña con el fuego de sus ojos como antes hizo con mi espalda. ¡Tenía que quedar justo del otro lado!, junto a ese hombre que la mira y  me mira como queriendo perforarnos, y aguantar la ceremonia entera preguntándome si es Gilda, Luisa  o Juana.

Alcancé a ver el perfil de su hombro detrás del hombre que había llevado ficciones a la reunión del domingo y del que sabía que era profesor de psicología, y quise seguirla con la mirada, pero la conmoción causada por la voz del joven poeta me obligó a asir fuertemente el lazo con el que los integrantes del comité de seguridad cubríamos el perímetro permitido alrededor del entarimado. El poeta bajó los escalones a toda prisa, con la cara encendida y la vista atenta al frente. Tenía que hablarle, cerciorarme de que su declamación sanadora había podido ser escrita antes que pronunciada, pues pocos creerían que aquello no había tenido que ser producto de una inspiración que solamente podía acontecer bajo el elixir de aquel mágico momento en que el mundo alrededor se hermanaba y yo seguía buscando a Marianela.

El joven poeta salió disparado por el lado contrario del círculo sin que mi boca seca pudiera decirle nada. Una nariz roja se asomó por entre los curiosos, seguida de un rostro de a lo mucho unos cuarenta años. El hombre vestido de árbol miró a la nariz y a su rostro jubilosamente, y ondeando la manta en dónde se leía Alto al ecolocidio gritó “que la tierra” para completar el estribillo de la canción que vibraba desde el frente del escenario, y al que todos repitieron “que la tierra no me sea indiferente”.

Me quema el aire la garganta. ¡Bájenme del escenario! ¿Dónde está mi pluma?  “fluyendo a través de mi voz” podría terminar otro poema, esta plaza es un poema de guerra que viste de paz, una página en blanco. La gente tiene versos colgados en los semblantes y las ropas encendidas en emociones. Tendríamos que estar todos declamando, escribiendo, así, en caliente, repartir papel y pluma a todos los presentes. ¿Cómo no se me ocurrió antes? Tal vez todavía… si lo propongo… a lo mejor el policía tiene una pluma, o el reportero, sí, los reporteros cargan con plumas. Esa tía de ojos bonitos podría traer una en la bolsa, las plumas vienen y van, ¿me permite un segundo su pluma?

Los reporteros creen que por traer cámara, micrófono y libretitas tienen derecho a cuestionar todo. ¿Y si mañana, sin motivo aparente, mi auto se queda sin frenos a mitad de carretera?, o ¿resulta que nadie sabe a dónde se ha metido mi esposa? ¡Jodido si estoy, pero no inconsciente! Que les diga el 24-13 si se quiere ver 40, yo prefiero andarme con cuidado, hoy en día nada se sabe. En medio de este calor de infierno no tarda en reventar algún hilo descolgado. Ya no son solamente las paredes; en estos tiempos ven y escuchan los mecates, los micrófonos y hasta los sombreros de paja. Hay que estar alerta si no quiere quedar uno mal parado.

Lo que yo no entiendo es porque la gente que  asiste a este tipo de “eventos” parece toda cortada con la misma tijera, me hace sentir completamente ajeno. ¿Quedaría yo bien en esos trapos rotos que hacen llamar vestimenta? Entiendo lo de venir cómodo, no es cuestión tampoco de venir trajeado, como aquél pobre acalorado que seguro corrió a la marcha al salir del trabajo y mira en todas direcciones como extraviado; pero ¿hay que vestir forzosamente la protesta? sencillamente no lo comprendo. Sin embargo, tampoco veo a nadie juzgándome por mi sombrero de paja.

Fernanda, Sofía, María, Tania…. Aurora.

Después la vi colarse entre la multitud cargando a duras penas el bolso que al colgarle del brazo se le enredaba por la entrepierna. Mi intuición me dijo que debía gritarle, pero los del micrófono habían solicitado un minuto más de silencio. Intenté endurecer la mirada para detenerla, parecía tan frágil que quizá entornando bien los ojos le alcanzaba a tocar los hombros; sin embargo, a pesar de mi insistencia, Marianela no me miraba.

Miraba en dirección a mí, pero no me miraba. Miraba la chica a mi lado que todavía seguía llorando, la miraba como queriendo aproximarse.

Cuando hicimos el examen de métodos de investigación aquella tarde, me sentía insegura, a pesar de haber dedicado toda la noche al estudio. ¡Nadie como ella para aliviar la preocupación y el pánico! Tranquila, me dijo, vamos a salir bien. Palabras más, palabras menos, hasta parece mentira que para mí fueran las últimas. Toda ella era paz, ¡carajo! No puedo evitar preguntarme cómo hubiera reaccionado ella si no hubiera sido su cuerpo el desafortunado, si desde el fondo del estacionamiento hubiera visto a una joven mujer topar por última vez su frente con el asfalto.

¡Pobre muchacha! Uno se puede poner tan violento en estos eventos de paz. Fue la adrenalina, sin duda, pero había que cuidar al líder. Desafortunadamente, cuando cuidar a uno es la tarea, se nos olvida que perdiendo la causa el líder deja de serlo. Tengo que encontrarla, y disculparme. ¿Dónde estará? ¿Será esa que llora? No, la recuerdo más delgada. Quizá la de junto, la que mira hacia afuera, como queriendo alcanzar algo. Solamente una disculpa y me doy por bien servido. Una caravana por la paz no puede andar por ahí dando empujones y codazos. Tal vez en otros tiempos, pero las cosas hoy son distintas. En Coahuila vi al señor Gálvez disculparse con un anciano al que tumbaron para abrir paso a los poetas; lo hizo públicamente. Nuevo León no es para menos.

Sus ojos pequeños, que a los más hermosos rebasaban en elocuencia, se asomaron de pronto debajo del brazo cansado del hombre con la nariz roja, a un costado del joven reportero y detrás del hombre de Guadalajara, quien en ese momento se había incorporado a la multitud reunida fuera del área acordonada. Todavía para cerciorarme de que su tenue presencia no fuera un reflejo del hambre o del cansancio, volví a analizar con detenimiento su ceja poblada, su frente pecosa, su nariz aguileña. El discurso llegó a su fin y el de la palabra en turno despidió efusivamente a la concurrencia. Los asistentes, los protestantes, los organizadores, los curiosos, los agraviados, los detenidos, los encontrados, los de la caravana, los familiares, los policías, los del otro lado, los colados, los inoportunos, todos fueron mezclándose entre las sombras de la noche.

Los fuertes tirones de quienes dejaban caer toda clase de objetos personales en un último intento por acercarse a la caravana, me hicieron girar el torso y ver a los compañeros del comité de seguridad  asidos uno a uno fuertemente del mecate. Sentí sus manos, todas, a través de la fibra rasposa. Giré con más fuerza y sus ojos oscuros se me clavaron. Me preguntó, por fin, con un mirar prolongado si se enterarían ahora de que habíamos sido todos, cada uno, en una noche. Yo lo entendí hasta entonces, hasta el momento en que me sonrió con esa laguna pícara, en un viaje que me pareció transcurrir muy despacio de su mirada a la mía. Esa noche fui Marianela.

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