Si quiere pasar, que pase

Lo que sé, lo único, es que algo muy extraño está pasando.

Desde que me levanté, todavía de madrugada y como no hubiera podido hacerlo el resto de la semana, he sentido  una ligera punzada en la esquina del ojo izquierdo, en esa parte donde por lo regular se agalopan las lagañas. Algo como si cada tanto un alfiler se me clavara. Pronto me di cuenta que mi hermano no había pasado ahí la noche. La puerta seguía sin cerrojo y las cobijas del cuarto de junto perfectamente lisas. Mi hermano no es el tipo de hombre que al levantarse cada mañana tienda su cama. De golpe y como sin nada, el departamento se llenó de un aire, ¿cómo explicarlo? pesadamente sólo.  Extraordinario que de lunes a jueves se me hubiera hecho a diario invariablemente tarde y de pronto el viernes ridículamente temprano. Aproveché para continuar la historia del teniente Mamiya sobre la que el día anterior me había quedado dormida.

Dos capítulos después levanto la cabeza extrañada. Tiendo a buscar la soledad como las olas buscan la costa, y sin embargo, una sensación inexplicable de aislamiento total me invadió en uno de esos días en los que se antoja simplemente estar acompañada. Miro por la ventana las nubes grises goteando y miro después mi cuerpo desnudo frente al espejo. Decido ponerme los aretes azul turquesa. No tengo ropa que haga juego pero alzo los hombros con desenfado. Me da la gana ponerme los turquesa,- me escucho decir-, ¿alguien quiere opinar algo? Un silencio aún más pesado y sombrío que el anterior se anuncia en la sala. Me tienta escribir un mensaje con la palabra “acompáñame”, pero algo me detiene y en vez de eso escribo uno que dice “ric ric”. Un día a la vez y si hay cuerda ¡pues que gire el mundo!

Ducha, vestido, peinado y el resto de los rituales cotidianos, la pastilla de cardo mariano, el jugo de miel con siete frutas, dos tragos de agua, una cara deshilachada en el elevador, los buenos días al guardia, seis escalones, dos cuadras, una concha en la panadería de Sevilla y en menos de cuarenta minutos ya voy trepada en el último de los vagones, entre el cálido olor a sobaco y tres asientos vacíos, ninguno de los cuales me invitó a sentarme.

Yo no sé si los sentidos me han amanecido agudos o, por el contrario, adormecidos, pero el trayecto fue algo así como traer cargando imanes y haber sido bañada en velcro o pegamento. El olfato prendido a cada sabor, interrumpido de pronto por uno de los oídos que alcancé a despegar apenas de una conversación que ya va doblando la esquina. El brazo  rozando algo viscoso y los ojos saltando desafiantes de rostro en rostro como queriendo traspasarlos; luego quietos, inmóviles, sobre un cabello crespo o un costal de cuero. Por lo tanto, no supe muy bien cómo fue que llegué finalmente a la estación pero algo me dijo desde muy lejos que ahí me estaban esperando.

Hace tiempo frecuento el placer secreto de insertarme en hormigueros urbanos, plazas públicas, parques o estaciones de metro para mordisquear las distintas manifestaciones del tiempo con el sigilo de una mancha en el ojal. Algunas veces me ha dado por fingirme ciega, sorda o muda y otras me he tenido que aguantar una serie de impulsos cada vez más fuertes por arrebatarle la hoja al lector y salir corriendo, gritarle “al fin Alfonso! pero dónde te has metido?” a cualquier incauto o hacer una mueca grotesca al hombre que mamacea. Aunque siendo franca a lo más que he llegado es andar por la calle con una nariz roja.

Además del estado de cuenta, -un buen pretexto-, ignoro qué designios me hayan llevado hasta la terminal. En todo caso, sostenida como estaba, casi flotando en un rincón entre los regalos y los billetes de lotería, Observatorio me pareció el menos casual de todos los nombres. Si se mira con atención, los muros de la estación pueden de pronto llenarse de esponjas, dejar de ser concreto con ventanas y convertirse en enredaderas, montones de arena u horizontes interminables. Pero a mí se me antojaron más muros robustos y blancos, como he venido imaginando los de la Castañeda.

Una señora con dos enormes bolsas de plástico, una en cada mano, vasos desechables, un juego de pelotas y un biombo, atravesó el pasillo vacío antes de que la siguiente carga de pasajeros barriera lo que quedaba. Qué caras más extrañas cuando uno se pregunta de dónde viene y a dónde irá con tanta prisa, y aquél, cuál habrá sido su último anhelo?, tendrá hijos la mujer que vende pistaches? y ella? cuál será la historia detrás de ese tatuaje? qué música va escuchando? y dónde fue que la escuchó por vez primera? serán pesado el costal que carga? y el del fondo, cuándo fue la última vez que recibió un abrazo?. Entre el río de gente zigzageando, pocos fuimos los que en las orillas nos quedamos parados, la mayoría como esperando algo. Yo, según recuerdo, esperaba una llamada. De pronto es como si cada cuerpo en movimiento se me incrustara y siento una especie de aligeramiento en el pecho, me doy cuenta que  el aire me está atravesando y me agito un poco. Comencé a temblar en el momento justo en el que un joven atravesó el pabellón corriendo y sus pasos empujaron mis pies bajo las baldosas.

El chico de cabello largo, que espera del otro lado del corredor, me lanza una mirada rápida y curiosa, como entendiendo que su cuerpo estaba siendo puente de una complicidad silenciosa más allá de su entendimiento inmediato.  “Dáselo a la señorita con un moño de seda”, escucho decir al vendedor el hombre que me señala. Escupe con fuerza y continúa su camino. Pienso que verdaderamente no hay que “estar en ningún lado” para “estar en algún lado”. La Castañeda y los renglones torcidos de Dios en casa en una maleta, Tooru Okada todavía en mi bolso, pero aquí, aquí definitivamente cada loco con su mundo encima.

Tampoco supe muy bien cómo llegué del  hospital ángeles a los viveros, pero cuando me di cuenta ya no tenía la cara hinchada. Luego la sensación esta que desde hace días se me embarra de estar sucediendo en las letras que alguien acomoda a lo lejos. Atribuí la hinchazón al galopar de tantas horas en tan pocas cosas, siendo, no obstante, el día menos atareado de la semana. Una guitarra desafinada y agonizante interrumpe mis pensamientos. El hombre balbucea una cantaleta inentendible (o tal vez sea que no he aprendido a hablar en perico) y de un salto que hace al camión tambalearse, deja por fin descansar los oídos aturdidos del resto de los pasajeros. Recorriendo los asientos extiende con alegría o satisfacción, -no sabría decirlo-  la mano. Mi rostro debe delatarme  porque me mira como imagino debe mirarse una cara que se ha quedado de pronto sin ojos, nariz ni boca. El joven del arete negro en la boca nos sonríe, parece que ha comprendido algo que el resto ignoramos.

Mareada, toco el timbre y bajo unas calles antes de mi destino para despejar la mente que hoy parece una serie infinita de foquitos parpadeantes. Verde, dice el semáforo. Gracias, le contesto en voz alta. Tengo la impresión que si sigo suelta deambulando por la calle pronto acabaré arrollada por un miembro del transporte colectivo o apareciendo de doble en un cuento para niños, pero tampoco me apetece precipitarme al trabajo. Me preocupan un poco las palabras que en este momento puedan salir de mi boca, o peor, que como en la mañana, simplemente no me salgan. Seguí caminando despacio con ganas,  no sé si de llorar riéndome o de reír llorándome, lo mismo daba. Pensaba, pudiendo pensar apenas, en que habrá que dejar constancia de este día en lo que nada me resulta ajeno, el olor a caño y a cemento, amelie poulin, un teléfono que suena, un hombre tarareando, papá con pijama a rayas, un laberinto. Puede que si después lo cuento, ni yo misma me lo crea.  Alcancé a pensar que el día difícilmente podría ponerse más extraño y alcé el celular para consultar la hora. “Hola, soy un viejo amigo tuyo de hace algunos años”.

Sé que dejaré de pensar en cualquier momento. Sin pensarlo dos veces he subido la escalera de caracol hasta el segundo piso.

Una escalera, del segundo piso, de un día como hoy, cualquiera.

sea

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