La justicia, dice Pound, debe alcanzarse con o sin el derecho.

(A Cesiah: una amiga y una hermana)

Los túneles: hablan de enojo, revolución, rebeldía. ReEvolución… me quedo pensando.

Hay manifestaciones gráficas y escritas, en todas las paradas. Pedazos deshilados de una memoria que a ratos se antoja colectiva. Las miradas escarban con curiosidad, en algunos casos dejos de autocensura. Las paredes suenan:

-Nos siguen viendo la cara porque nunca decimos nada.

-Es que piensan de verdad que somos muy tontos.

-Es nuestra culpa por decir siempre “ya qué, ya lo hicieron”

-Pinches mexicanos, estamos bien pendejos. Ahora vamos a tener el gobierno que nos merecemos.

-Siempre he sido muy serio, pero  la próxima vez que salgan a la calle, por supuesto que me les uno.

-Es que ya es hora de que vayamos haciendo algo

En horas pico los tensos rieles bufan y rechinan más fuerte, como queriendo decir algo; pero siempre terminan ahogados por el mar de voces crecientes.

Los vagones: una niña canta el himno nacional en el vagón 24, con uniforme de escuela primaria. Se va deslizando por los asientos como si fueran resbaladillas. Me mira de reojo dudando entre callar y seguir cantando. Sigue cantando.

La taquilla: y en frente  un grupo de jóvenes con tentáculos  de peluche, capas  de cinta adhesiva y mechones de cabello azul dorado. Van tomando uno a uno a los niños de la mano. Desatada, una nena suelta la mano a su mamá y se va a parar justo en el centro. Empieza a girar contenta sobre su eje. Calcetines rayados, falda con pliegues de mezclilla y dos colitas. Apenas camina, a lo mucho dos años.

Para cuando la rana vestida de blanco se termina de colar entre los espectadores, el lugar es ya un desfile de cuerdas, aros y al fondo una casita de cartulina roja. Los ojos risueños y sorprendidos del público pronto se incorporan a la  fiesta y a la música.

La escena es tal que tengo que usar mi última servilleta para desempañarme los ojos. Viéndole bien, hasta resulta cómico: El mundo al rededor riendo y yo llorando. Afuera se ha soltado la lluvia. Me dejo resbalar en una carcajada. Ahora aguacero.

Hasta entonces me doy cuenta: me he convertido en la Ciudad de México.

Y es que es imposible pasar de la primera semana sin sentir esa cosquilla en el estómago,  la punzada en la columna. Los movimientos de esta ciudad  que todos los días comienza desde cero y en la que nada debes dar por sentado. Entiendo ahora  por qué me había venido sentido tan extraña. ¿Cómo serle ajena a mi riñón, a mi intestino, a mi espalda?

(Chin….tenía que estar a las dos en insurgentes)

La convivencia: esa mezcla serena entre la desolación y la esperanza.

A veces me asusta la dificultad creciente de pensarme  en individual y al mismo tiempo no caer en la comodidad del colectivo. Se me ocurre un “nosotros responsable”. Entre los sudores cotidianos, la ilusión del “yo” se vuelve cada vez más evidente. Vivimos diciendo que somos. Diciendo…. ¿qué tanto somos, ciudad?

Se abre la puerta en la estación Balderas: “Señores pasajeros. Disculpen la molestia que mi hija y yo venimos a ocasionarles. Vivimos en la calle. Si en el corazón de alguno de ustedes nace la voluntad de ayudarnos, con cualquier líquido o algo de comer para alimentar a mi niña, que Dios los bendiga y se los multiplique”.

En  automático me pregunto por qué seguirán produciendo hijos en cadena siendo las condiciones tan, lo que son. Meto la mano a la bolsa del pantalón: llaves, el celular y un boleto de metro.

Yo creía que uno no puede acostumbrarse a ver personas en el mundo teniendo que pedir a otras personas un pedazo de subsistencia. Y en efecto, no me acostumbro.

Voy tocando a la mujer con la vista, respirándola, mientras ella se va perdiendo ante las miradas de indiferencia.

El micro: Sabe mejor cuando otro poco y no cabes, y te toca ir con medio cuerpo de fuera, el aire fresco acariciando bajo la ropa. Adentro se escucha la radio: “Aquí estoy, durmiéndome con la luna, despertando con el sol….Aquí estoy”.

Pienso que en cómo le hará el conductor para asegurarse de que los que ya no se alcanzan a ver paguen sus tres pesos antes de bajarse de un brinco en cualquier alto.

El chico con el que comparto la puerta del micro hace un esfuerzo grande por llegar hasta el chofer y pagar su pasaje. Es joven, no pasa de los 13 años.

Cierro los ojos. Es un lindo día. Sí, todavía queda esperanza.339352_10151065530536007_487600754_o

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