Buscaba a Dios tras un manuscrito, en la comodidad de un convento

Déjame que te explique por qué estoy tan segura de que así fue mi caída.

Aquella ocasión en que no llegué a Ferney Voltaire y tuve que regresarme cansada y rota, llevába semanas tratando de ignorar un fuerte dolor de rodilla. El mismo dolor que, poco después me dejó paralizada y bañada en claxons en medio de una avenida; por cierto, Ginebrina. El mismo dolor que, otra vez, empecé a sentir hace unos días.

Mientras me levantaba y observaba mi mano raspada con lágrimas en los ojos empezó a sonar una versión del Divo de Silent night y algo que no puedo explicar me recorrió de pronto toda, acompañado de un torrente de simultáneas imágenes pasadas y futuras. (no sé como explicarlo pero eran literalmente simultáneas)

Seguí llorando, pero ya no por las heridas. Se me ocurrió que cuando es navidad, ninguna desgracia o infortunio puede más que esa sensación de bendición que todo lo colma. Siempre he dicho que la navidad puede ser todos los días, pues hace falta solamente sentirse lleno de  gratitud, de amor y de paz. Sin embargo, nunca como ayer había sentido que el mundo presente se expresaba más auténticamente con una canción navideña que con cualquier otra.

Esa navidad en 28 de septiembre me hizo recordar que hace 4 años me dirigía a Ferney queriendo llegar a toda costa sin saber siquiera por qué iba. Y no llegué. Me enteré después de su importancia y me prometí que algún día…

En diciembre del año pasado, cuando por fin conocí el pueblo con mis hermanos me sentí infinitamente feliz de haberlo hecho acompañada. Creo que no podía ser de otra manera.

Apenas cruzado este pensamiento Drexler se soltó a cantar Sea , expresión más justa de mi tiempo en la Bretaña. En Rennes entendí  que el dolor de rodilla, que para entonces se había vuelto a instalar sigiloso en ambas rodillas, representaba la dificultad de soltar algo y terminé aceptando, abrazando lo que fuera. Ambos viajes para mi corazón tuvieron en común la voluntad de construir una vida compartida y el haberle dicho a Dios, no obstante, que había de hacerse su voluntad, y no la nuestra. Cada vez me fue  regalada la dicha de muchas años más de vida junto al hombre que me invitar cada día a crecer, que admiro y que amo.

Ahora vivo cerca de Ferney y paso por ahí todos los días. Pero nunca, hasta ayer, me había bajado del bus a recorrerlo.

Me di cuenta de que al correr absorta en tanto pensamiento me estaba olvidando de disfrutar del camino, el clima, sus paisajes. Ya va siendo tiempo, pues, de desempolvar las memorias de Gayeulles y no olvidar lo que se me ha permitido aprender durante todos estos años. En la maestría aprendí que toda mirada es parcial, y por lo tanto única. Creo que por ese simple hecho todos tenemos un lugar, una función, esperando y llamándonos, pero para encontrarlo es necesario, no buscar por buscar, sino escuchando.

Sonriéndole a la música entendí que el mismo Dios que hoy me puso el pie para decirme “para” me regaló al nacer una sonrisa que mueve y con.mueve, también montañas. Curiosamente, tanta preocupación  por no encontrar, por no llenar el perfil, me oculta de pronto la sonrisa. No hay por qué temer, Dios está a cargo.

En Camerún aprendí que las pruebas más duras abren también nuevos horizontes, pero apenas voy descubriendo, poco a poco, ese horizonte vasto que comprende a quienes desde otros mares me acompañan, pero también a los que están a mi alrededor, y todas sus infinitas posibilidades. No es que haya perdido la magia que dirigió mi mano cuando escribí la metáfora del viajero. Es que, como lo dije un día, el arte está en los ojos de quien mira.

Creo que la pregunta entonces no es ¿qué quieres de mí? sino ¿estoy observándote y escuchándote lo suficiente? Después de todo fui yo la que decidí cómo empezar esta historia: “Háblame Dios, quiero esucharte”

Y hasta ahora entiendo que su respuesta siempre ha sido:

Escúchame, te estoy hablando.

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