Comment être sûr de sa foi tant qu’elle n’a pas été testée (A la orilla del lago)

A las diez de la mañana se escuchan las campanas de la iglesia y a las dos de la tarde el azalá musulmán. El baño de las niñas no tiene luz, ni agua, ni cerrojo, ni jabón. Hace “tanto” (¡cómo es relativo el tiempo!) que nadie me dice blanca. Hoy amaneció el cielo despejado en el quartier de la Bamianga, región del Adamaua. A las dos toca dar curso. Las maestras son dieciséis.

Hace veintidós años la hermana Adriana llegó de su natal Italia con la misión de trabajar la catequesis con un grupo de mujeres en la parroquia provincial. Dándose cuenta de las condiciones en las que éstas vivían decidió, con las palabras que ella emplea, “hacer une petite experience”. Construyó una casa de piedra, lodo y un techo de nube cargada, en la que varias mujeres empezaron a trabajar suplicándole que hiciera también algo por sus hijas. Desafiando las instrucciones con las que había sido enviada, pidió permiso al obispo para anexar a la casa dos salones y contratar una maestra. Así nació el centro escolar femenino Saint Angèle Merici.

Poco después, un grupo de niños de entre ocho y doce años tocaron a la puerta de la petite maison.

-Nosotros también queremos venir a la escuela.

-Pero mis queridos, ustedes son solamente diez.

-No, somos más.
Y al cabo de una hora volvieron acompañados de otros treinta.  Conmovida, les confesó que no contaba profesores ni dinero para abrir otro salón pero que lo haría en cuanto encontrara la ocasión. Todos los días, durante meses, uno de los chicos se paraba frente a la escuela esperando su oportunidad. Los meses pasaron y el dinero seguía sin llegar.

Aquella mañana lluviosa, una mujer musulmana se presentó diciendo que deseaba partir a Francia a estudiar pedagogía pero para ser admitida en el colegio necesitaba una experiencia profesional. Pedía entonces a la hermana la posibilidad de trabajar en la escuela, sin importar si se le podía ofrecer un salario o no. Y era una muy buena maestra, recuerda la monja, con un mirar que parece ir reviviendo ante sus ojos todo lo que relata.

Mandó llamar de inmediato a los chicos y se paró junto con ellos frente al letrero de la entrada principal. “Centro Escolar Femenino” Como ven la escuela es una escuela femenina, les dijo, así que les propongo algo; para poder asistir a clases, lo único que pido es que cada uno venga acompañado de una niña que también venga a estudiar. Nos cuenta divertida como los padres traían a regañadientes por la mañana un niño y una niña, uno de cada mano. Así es como se abrió para las mujeres de la región por primera vez la oportunidad de asistir a l´école.

Con los años la escuela se fue haciendo más grande. Hoy únicamente la maternal sigue siendo mixta. Varios de los chicos, ya en universidad, todavía visitan a la hermana para decirle que si no les hubiera permitido estudiar su vida habría sido muy diferente. La mujer musulmana no logró ir a Paris porque su esposo no se lo permitió, y murió pocos años después, nadie sabe de qué causa.

Al poco tiempo, el internado se abrió con un grupo de  niñas abandonadas. Muebles, ropa, zapatos, electrodomésticos y efectivo fueron enviados por la familia de la religiosa para sustentar el proyecto en su etapa inicial. Muy especialmente un cuñado suyo, Sylvano, quien falleció esta semana. “Por su trabajo no podía venir a conocer la escuela y cuando por fin tuvo oportunidad el cáncer lo detuvo. Sin él no habríamos podido hacer nada de esto”, cuenta Adriana con lágrimas en los ojos. En paz descanse.

Rápidamente, familiares y amigos comenzaron la movilización en Italia para buscarle un padrino o una madrina a cada niña. Obras de teatro, conciertos, venta de pasteles, todo cuanto puedan enviar para apoyar a la causa. A veces tengo que repartir el dinero de una entre tres o cuatro, nos confiesa, porque no voy a decirle a las niñas, “tú ya no puedes estar aquí porque tu padrino/madrina dejó de pagar”.

Enterada del éxito que tenía la escuela, la comunidad de ursulinas accedió a mandar traer a otra hermana para apoyar. Araceli, misionera mexicana, llegó luego de una misión en el Perú hace poco menos de nueve años. Pronto se convirtió, en la mayoría de los casos, en la experiencia más cercana que han  tenido las niñas de  calor maternal.

Un ex aspirante sacerdotal, destacado por su devoción, decidió enviar a su hija primera (l´enée) a aprender de “la sor”, quien día a día se ganaba confianza y respeto de los habitantes de la región. Así llegó Danielle a formar parte de la primera generación de internas y luego a ocuparse de la escuela maternal, en la que dice haber encontrado su pasión y su llamado. Durante años, Adriana y Danielle estudiaron en libros la pedagogía Montessori,  fabricando y adaptando materiales para experimentar. Araceli, quien en México había conocido una montesoriana aspirante a ursulina propuso que le mandaran llamar, y así fue como sin haber escuchado nunca el francés, vino María Irma a aterrizar a la mitad del desierto. El año que tenía previsto quedarse, pronto se convirtió en tres, hasta lograr construir una de las bibliotecas más bonitas que haya visto jamás.

He dicho muchas cosas a mi  llegada. Que de ursulina no me encuentro nada… eso habría que reconsiderarlo. Que este mundo me parece a veces tan mutilado y que, contrario a mis pronósticos, estoy segura de no quererme quedar.

Paradójicamente, el mundo de-donde-vengo me empieza a parecer también tan extraña-mente limitado que no estoy segura de cómo volver. No se entienda por mundo una región geográfica, ¡vaya! Abierto el corazón, Vamos abriendo mentes y horizontes.

Voy aprendiendo a caminar a la orilla del lago con un montón de historias entrelazadas.

Antes de llegar aquí Marimar solía llamarse Nela. Huyendo del trato en casa prefería pasar las noches frente al portón de la escuela. Una mañana, cuando la vieron despertar, las hermanas le preguntaron su nombre y ella les respondió Marimar. Después se enteraron que así se llamaba a sí misma por el personaje de la telenovela “María la del Barrio” con la que sentía cierta identificación. Debió haber tenido entre cinco y seis años cuando la recibieron en el internado. (Pequeño paréntesis del relato de un día cualquier en la vida de una niña según profesoras de escuela primaria: Se levanta a las cuatro de la mañana a rezar, va por agua al pozo para poderse lavar, prepara el desayuno, lava los trastes, sale a vender al mercado, regresa a limpiar la casa, prepara la comida, sirve y luego lava los trastes, vuelve por la tarde a vender y regresa a penas a tiempo para preparar la cena, deja los trastes listos para la mañana siguiente antes de irse a dormir)

Adele, Solange, Charlotte y Marie son hermanas. Todas nacidas de la mujer que ha tenido hijos con tantos hombres que ya es difícil contar y que vive en un cuarto sucio de menos de cuatro por dos. Solange una joven y embarazada asistente doméstica, Adele con una sonrisa idéntica a la de mi hermana menor. Charlotte cargando a punta del mal trato de las demás una inteligencia excepcional y unos hábitos, que a pesar de su gran corazón es muy difícil quitar. A diferencia de sus hermanas mayores, ella no se esconde de su realidad. Marie va despertando poco a poco una inteligencia similar a la de Charlotte. Y una pequeña sin nombre que el año pasado murió.

Maimuna es la primera de su clase, carga para todos lados una agenda en la que va guardando palabras. El día que dibujé a las más pequeñas me mostró también su cuaderno de dibujo. Por más que “cállate Maimuna”, su voz que por aguda cuesta asociarle al rostro, no deja de warawariwarear. Ancha de cara y de cuerpo, las otras no dejan de hacerle notar. Sin embargo, María Irma le dijo alguna vez que todos, cada uno a su manera, somos belleza. Ella se lo creyó y así lo vive, me doy cuenta con gusto.

Asihata, la cuenta cuentos, es lo mismo cristiana que musulmán. Por la manera en la que imita mis gestos y mis palabras cuando termino de hablar (cuando termino de hablar) y por la manera en la que logra llevar a su audiencia bien dentro de lo que quiere relatar, me parece que sería muy buena en escena. Desafortunadamente eso y muchas cosas más, son algo que su tío, único familiar que le queda y ansioso porque llegue a la edad de recibir la dote, no tiene ningún interés en alimentar.

Los padres de Raiza murieron de sida cuando ella era demasiado pequeña para bien recordar. Todavía niña, Adriana decidió no someterla a más exámenes médicos para no seguirle sembrando el miedo de correr con la mima suerte. Miro sus repentinas ganas de separarse del grupo para sentarse sola a contemplar el atardecer, y siguiéndola con la mirada me siento con ella a la distancia, recibiendo perfectamente el rayo de sol que calienta su mejilla.

Brenda es ahijada de la hermana Adriana y dicen que por eso camina repartiendo órdenes con aire desdeñoso. Su padre la trajo al colegio cuando se dio cuenta de que, entre otras cosas, su segunda esposa le untaba aceite en los labios para hacerle creer que le había dado de comer. Conmigo es dura hasta no más, pero poco a poco me he podido acercar a su expresión de niña. Alguna parte de ella, que difícilmente deja entrever, me hace pensar mucho en mi papá. “¿Por qué no traes zapatos?” le pregunta Maimuna. Me mira de arriba abajo. “Porque soy camerunesa y en áfrica no usamos zapatos”.

Bernadette, es líder natural, además de la de mayor edad y por ende, como se acostumbra aquí, la de mayor autoridad. Si fuéramos (como somos) un grupo de homos sin alfabeto, ni diccionario, ni esa cosa llamada “sociedad” ella sería ante quién traerían el primer trozo de mamut para cenar. Su abuela la pasó a dejar a media huída después de ser acusada por el pueblo de brujería.

El domingo pasado Marthe vino a despertarme a las seis de la mañana para oírla cantar en la coral. Siento en las canciones que me comparte sobre la alegría del corazón, la belleza del mundo y el amor, una repentina sinceridad entre su alma a la mía que simplemente no puedo explicar.

Nadilbe, a quien le dicen Nazara (blanca) por ser la única que come con tenedor, guarda como único recuerdo de una familia el haber sido metida en agua hirviendo por su mamá. Dicen que por eso es tan difícil tratar con ella, aunque  no lo puedo asegurar porque siempre me recibe con cortesía. Cierto es que no termino de entender su enigmática sonrisa, que es al mismo tiempo tranquilizadora y profundamente inquietante.

Rachel, cuyo abuelo es animista, baila como si nadie la pudiera ver. Como si ella y su baile, y como si en él se concentrara el origen de lo demás. Ninguna escuela ni técnica que enseñar. Una danza directo del interior que me hace mover, con solo observarla, como si hubiera nacido bailando.

A Aischatu  la trajo su padre después de una crisis nerviosa de su mamá. No era la primera, pero si una de las más fuertes, lo suficiente para traerla a refugiar, temeroso de que la niña haya podido heredar lo mismo que su mamá. De vez en cuando, debo confesar, comparten las hermanas el mismo temor.

Cuentan las malas lenguas que entre los brujos del pueblo está el abuelo de Ursule, y que por eso antes de bautizarla las hermanas llevaba por nombre Souffrance (sufrimiento)

Natasha tiene todavía una tía que visitar a diferencia de Veronique. Ambas de la misma edad se distinguen quizá por la nobleza de la primera y la crueldad de la segunda. Una tiene dificultad de expresión (habla retorciéndose y camina de lado) y la otra de relación (como si algo la poseyera de pronto insultos y promiscuidades a sus apenas once años) Si hubiera alguien que se ocupara de ellas se podrían mejorar me dice María Irma. Con una mirada nos decimos lo demás.

Abaika es otra de las muchas que sufren de explotación. No he tenido oportunidad de acercarme mucho a Liberté ni a las tres Marie Noël. Florence y Xaverine fueron las últimas en llegar, hace no mucho que de diabetes murió su papá.

Todas son hielo hasta que una sonrisa. Hasta que, entre bromas y trenzas en la hora diaria de televisión, pasé de ser hermana (religiosa) a Tantine (hermana mayor).

Me doy cuenta de lo mucho que estas grandes y pequeñas tienen para enseñar: cómo poder vivir sin padres (algo que a mí me cuesta muchísimo imaginar), y sin un mañana. La sencillez, la del jabón sin olor, la de zapatos sin estrenar. La sabiduría, especialmente de las más pequeñas, de conocer la semilla, el árbol y el fruto. La fortaleza, de caminar  dos horas diarias bajo el rayo de sol para poder ir a la escuela.

La riqueza, de lo mucho que dan aunque parezcan no tener nada. La manera en que invitan y abren los brazos. La manera en que me enseñan un mundo diferente en el que todo vale para ellas que las acompañe a misa, que me deje trenzar, que pruebe su comida, que me siente con ellas a comer caña, que entre a su cuarto, que les dé la mano al caminar. Así de simple.

La maravilla, la de su sonrisa que cambia los días de color (cómo me avergüenza a veces ser una pequeña niña que llora entre mis desgracias de “primer mundo”), la de sus ojos emocionados porque hoy vamos a poner música y bocinas en la gran sala. Las maravillas también que ha logrado aquí, a través de María Irma, María Montessori.

También la otra cara de la moneda: la mala educación o la falta de ella. Las niñas descubriéndose mujer entre abortos y cacería de dotes. Las mañas, de guardar para sí, de no ir a la escuela. El sabor del poder sobre las más pequeñas. La falta de cuidado (de lo material, del medio ambiente, del agua, del trato, de las relaciones) que tanto molesta a María Irma. Las violentas y  violentadas, que al final en la espiral terminan siendo todas. Los empujones, las envidias, los gritos y la manera salvaje (porque no hay otra palabra) con la que las grandes golpean a las más pequeñas… ahí donde se rompe todo. Los rosarios para ahuyentar fantasmas y brujerías. La separación que no deja de recordar que uno es Baka, Fufulbé, Baya, Tupuri o Pigmeo. El dios dinero. Los “excelencias” espirituales (no importa de qué religión) que más que guías son buenos bussiness Man.  Las madres pariendo sin parar para que al final sean las hermanas (religiosas) las que se hagan cargo de sus hijos. Los gritos sin voz pidiendo desesperadamente, por todos los medios, amor. Lo evidente que es, en cada niña, la ausencia de una madre….y de un padre.

María Irma guardando la leche para el bebé de mamá Danielle, enfurecida de que la hermana Adriana, viendo al niño cojear por falta de calcio, guarde la leche para sus adoraciones, los perros y el gato.

Y lo que me decía mi papá (ya estoy lista para escuchar “te lo dije”) en nuestras eternas discusiones sobre la pobreza. Que lo mismo que encuentro de donde vengo voy a encontrarlo a donde vaya. Que en la austeridad (más bien carencia) también abusos, también poderes, también mañas, y otras tantas cosas tan humanas. Me lo repite constantemente María Irma, la limpieza y el cuidado no están peleados con la pobreza, ¿cuál es el paso entre la pobreza y la miseria? No es una cuestión económica ni de color de piel, ni de decir “aquí no es así, nosotros somos negros, y además cameruneses, y encima africanos”

¡Cómo es dolorosa la falta de amor! La manera tan brutal en la que uno, aunque amoroso, siente en carne propia la dimensión de las heridas. ¡Cómo se manifiesta, al mismísimo tiempo, el amor en los rincones menos pensados, como flor en el desierto, esperando ser encontrada!

En el médico que por diagnosticarle sida a un musulmán tuvo que enviar a sus hijas y esposa refugiadas a Suiza porque éste indignado las violó en venganza. El amor con el que, estando tan lejos, ahorra todo centavo durante 1095 días para poder ir a verlos cada tercer verano. Así de gentil.

Hablamos pues de condiciones de vida, me detengo un poco antes de elevar la voz, UNA-VIDA DIGNA-DE-SER-VIVIDA, lo repito tres veces en mayúscula, cada vez con más fuerza. Y entonces ver lo que para cada quién significa la vida, y ¿para qué vivirla? Y lo que significa el niño/ la niña para nosotros, y lo que de él y de ella esperamos, y lo que intuitiva y empíricamente sabemos que necesita para alcanzarlo y entonces si ¿de veras estamos haciendo lo necesario o nos vamos metiendo el pie solitos?

Jordano contaba que quedó ciego porque no se atrevía a ver la realidad.

Y que yo no vengo a decir cómo se hacen las cosas, sino a preguntarles, a que se pregunten ¿ustedes cómo lo han hecho? Y a preguntarnos ¿AHORA, cómo le hacemos? Y a lo mejor compartir algunas ideas y experiencias. Y a lo mejor en el camino nos damos cuenta…. Y descubrimos un sendero que caminar juntos. Y a lo mejor, sin esperarlo, ese momento en el que la fe mueve montañas, ésas que frente a nuestra vista de pronto se abren para dejarnos ver tras sus espaldas.

Y a lo mejor por eso están tan felices aquí con los cursos (gracias de todo corazón a Frans y a Luis Gerardo) Y a lo mejor, si nos alcanza el coraje, como Adriana con la escuela, Araceli con el internado y Maria Irma con la biblioteca, ponemos la primera piedra. Y es tan cierto cuando dicen que uno nunca sabe. Un paso andado, se empieza a hacer camino. A lo mejor por eso entre tanta tragedia, alcanzamos a sentir aquí mismo un rinconcito de paraíso, a pequeños gestos de distancia. Y el resto por añadidura.

“Vamos a llorar cuando te vayas”, me dice sonriendo Maimuna.

Pero la hora llega también de partir, curiosamente no nada más para mí sino para Maria Irma en un mes y para Araceli en agosto. A mí me esperan Yaoundé y las últimas cuatro semanas antes de volver a casa. Mientras tanto voy descubriendo poco a poco lo que quiere decirme la vida llevándome de Don Bosco hacia Angéle Merici.

Si Dios está dentro de mí, ¿cómo hacer de mi vida una expresión de su rostro?

Por lo pronto, dejo en Ngaudéré un mes de arduo trabajo, encuentros de cuento de hadas y dragones, la admiración desbordante, serpientes y escaleras, muchos aprendizajes la alegría de vivir y si Dios quiere  una semilla.

Me llevo también el respeto y el ejemplo. De Adriana, toda una vida dedicada a una obra de amor y de perseverancia, una manera distinta de hacer las cosas (una niña por cada niño). De Araceli un pedazo de seno (que le tuvieron que cortar porque se le pasó una infección de la piel de las niñas) y nueve años de entrega para ver crecer veintiséis pequeñas. De Danielle un orgullo de mujer africana, dispuesta y entregada y una manifestación nítida de esperanza. Una invitación a corazón abierto: « Ceci n´est pas un voyage d´hassard mais une porte qui se ouvre, oú tu seras toujours la bienvenue» (Esto no es un viaje al azar, sino una puerta que se abre donde serás siempre bienvenida)

De Decidée, la maestra más rebelde (mi dolor de cabeza y en el fondo, aunque no lo sepa, mi consentida) la resistencia, la exigencia de humildad. La de tener bien presente que lo que veo es desde mí y desde mí solamente. Que para unir miradas hay que mirar desde el otro. Que no todo es lo que parece y lo que parece no lo es todo.

De María Irma muchas anécdotas para abrir el ojo cuadrado y revolcarse de risa, pero sobre todo el amor y la dedicación por su trabajo. La valentía de decir “hágase tu voluntad” y aventarse sin salvavidas al otro lado del océano. El corazón tan grande para dedicar voluntaria-mente tres años de su juventud a la construcción de un espacio de cambio que se ha convertido ya en una bandera de manos. La entereza con la que aguantó en condiciones en las que con su fragilidad aparente nunca hubiera soñado. La paciencia de iniciar a niñas y maestras en una pedagogía radicalmente alejada de la enseñanza africana. Una manera distinta de orar y de servir a  Dios, con gratitud y cuidado en el actuar (que no solamente el pensar) cotidiano.

“Pero el conocimiento, la información, la tecnología, ¿eso te ha hecho más humano?” Me preguntaba en alguna de nuestras noches de desvele. Aquí no hay cine, la película eres tú. No hay nada, solo tú y yo. Al mismo tiempo está aquí todo, sólo tú y yo.

 

« Les épreuves les plus rudes ouvrent aussi des nouveaux horizons. Las pruebas más duras abren también nuevos horizontes. »IMG_8708

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