Comment être sûr de sa foi tant qu´elle n´a pas été testée ? (el tren)

 

Hermana, ¿cómo vas?

Son las cuatro de la tarde, el tren sale a las seis. Papá Tos me trajo a la estación desde temprano para no tener problema con los embotellamientos.  Me cruzó de un lado a otro de la ciudad, con todo y escala en la panadería y su ataque de paludismo, porque dijo que soy como cualquiera de sus otras hijas y que si mi papá de México no puede llevarme porque está lejos, aquí está él.

Alphonsine me compró dos empanadas de manzana y un jugo de guayaba para el camino. En la panadería pensaba que entre las cosas que más me gustan está no darle lata a mi papá con la manutención, pero confieso que cuando vi por primera un vez helado en este lugar se me antojó hasta las lágrimas la dicha gigantesca, no de comerlo, sino de girar la cabeza y decir, ¿pa, me compras un helado? Instintivamente volteé hacia la derecha. Una espalda corpulenta se erigió frente a mí y me empujó hacia la siguiente vitrina.

Lo que me han dicho sobre la ciudad de nombre impronunciable a la que voy es que está en el norte, cerca de la frontera con Tchad, que hay que andarse con cuidado porque afuera en las calles atacan, que no hay que comer cosas crudas por epidemia de cólera, que voy a una escuela católica aunque la mitad de las estudiantes son musulmanas, que allá “todavía” matan a los albinos y que cerca están las reservas selváticas a donde no voy a poder ir porque tengo estrictamente prohibido salirme de la zona de trabajo. Que no me preocupe, que yo voy a vivir con los blancos (lo que sea que eso signifique…) Que van a ir a recogerme a la estación y entre tanto  yo me digo que habrá que ir descubriendo con ojos propios.

El tren es un tren convencional. Tan viejo y descuidado como el aeropuerto de Yaoundé y por dentro un poco como el metro de la ciudad de México, con vendedores ambulantes y todo. Menos apretado y más ruidoso de lo que me había imaginado. Me pregunto por qué no me habré imaginado el ruido. En fin, evidente o no, la velocidad no es la de un TGV y mientras no se apaguen las farolas del techo estamos a salvo de los mosquitos. Se me antoja algo así como pasar una noche en el 16 de septiembre, solo que en el mercado no te golpeas la espalda por los baches cada 500 metros. Me atrevería a decir que no han cambiado las vías desde el 43. Escribo y me pregunto si exagero, pero luego volteo, hago la cuenta y me digo que oui, c´est bien ca. De hecho, me encantaría saber cómo describiría cada uno de ustedes lo que me está tocando ver.

Entre los pasajeros distingo diferentes “patois” (lengua materna) que ya había escuchado.  Aquí en África, no sé por qué, cuando sonríen las personas logran transmitirme una alegría fuera de lo común, pero cuando su rostro es triste, de igual manera una infinita tristeza. Como ese joven cuya cruz en el cuello que me recuerda tanto a mi hermano menor. De un lado a otro desfilan vendedores ambulantes. También a bordo están los de seguridad que no sé si policías, militares o qué pero son muchos.

Una señora y el maletero discuten porque cada cual dice que el otro le debe mil francos. Me acuerdo del aeropuerto de Bruselas y la señora de las maletas perdidas. Todavía no sabría que elegir entre la “indiferencia” o el “asunto de todos”, en donde pocos escuchan, todos tienen razón, nadie entiende y haber quién grita más fuerte. Aquí el mundo tiende a perder toda dimensión.  No me imagino -en todo caso me cuesta- permitir que le hablen o  les griten a mis hijos en la calle (ya antes hablé de susceptibilidades) Pero luego pienso, y ¿qué es eso de “hablar feo” de ser “grosero”? ¿Dónde está el límite? y ¿cómo interpretar?

“¿Quiere estirar su pies? ¡Pues váyase en primera clase!” Por ejemplo.

No caben los pies, pero hacemos que quepan. Afuera llueven las nubes y adentro los cuerpos. Huele a cansancio.  De frente, para no extrañar, doce buenas horas de sauna.

Primera parada:

Todos en la ventana observando la mercancía. Se compra y se vende, se viaja, como se puede. Alguien por ahí dice “a la brava” Confieso que sigo sintiendo vergüenza por la manera en la que vivimos ailleurs. No me termina de entrar esa realidad flagrante que sería tan distinta si no se hubiese masacrado al continente africano.

De pronto  me doy cuenta que estoy enojada. Con Nestlé por volver a las comunidades  dependientes de sus productos embotellados después de explotar y contaminar sus lagos y ríos. Con los cameruneses por hacer de todo una alusión al dinero, pan de cada día. Por dejarse caer poco a poco en el juego del consumo y la manera en la que tiran basura y desperdician como si fuera el dinero y no la tierra quien puede sacarlos de la miseria. Con los gobiernos europeos y todos los que  se dan cuenta, sin hacer nada, de esa herida ancestral que sigue abierta. Con el resto que sabemos y no queremos saber que lo único que nos puede acercar a ese “desarrollo” que tanto clamamos es aprender a vivir diferente.  Ya lo dijo Ramón… ¿Quién quiere vivir en un mundo mejor y más armónico? todos,  pero ¿Quién está dispuesto a abandonar el modelo de consumismo desenfrenado para alcanzarlo?

Dejo pasar la ola de inclemencias y me tranquilizo luego. Porque bien sé que el que se enoja pierde, y lo que pierde es justamente la perspectiva.

Definitivamente sin comodidades la gente se pone creativa, sentados en el respaldo, colgados de los porta maletas, extendidos en el corredor a dos nalgas. Me digo que la vida digna  no es la vida con comodidades, sino más bien la vida sin cara larga de angustia. Y esa, tan difícil de encontrar, se encuentra en todas partes del mundo. Es una forma de vida que implica decisiones, muchas veces colectivas. La gente en este tren, sonriendo pese a todo, ni modo que anden por la vida con cara de amargura. Flashback del metro parisino. No digo más.

Segunda parada:

Sube el calor. Afuera la venta de piñas, plátanos y mangos. Paisajes a los que las fotografías no hacen justicia. Un calor como el de Acapulco pero sin humedad ni ventiladores. A lo mejor 12 horas de sauna siempre no sean tan recomendables.

Adentro se venden pañuelos para secar el sudor, bolsas del mandado, medicamentos, detergente, cepillo y pasta de dientes, dulces, galletas, jugos, aguas, revistas, cortaúñas, libros en árabe y ¿silbatos? Bueno, ya está, aquí tampoco venden felicidad ni un día más de vida.

Pensaba en el último año. Papá en terapia intensiva. Un vuelo que tomar. Ocho meses de introspección y encuentros dignos de ese nombre. Noûs kubernêtês . Una corazonada hacia el sur. La tierna espera de dos que se aman. Et me voilá. Tantos los que miran a través de este vagón. Tantas las personas que viajan en este tren conmigo. El amor del padre y una madre contando las horas para mi llegada. Unos ojos llenos de amor esperando que haya internet para leerme sana y salva.

Vamos por la vida como en una carrera, cuando podríamos morir en este tren y  ser estas mis últimas palaras.

Tercera parada:

Huele a feria de pueblo y a noche mexicana, a mis hermanos, a recuerdos de infancia. Es el maíz quemado que están vendiendo allá afuera. Se empiezan a usar las playeras, periódicos y manos como abanicos. Fuera zapatos y camisas. Para suerte de aquella pequeña, fuera todo menos los pañales.

Sube el volumen de la música y baja el de las voces. El piso cada vez más lleno de papeles. Las bocas están llenas.

La gente me parece justo ahora tan natural. Aunque debe andar por ahí, a menudo tengo la impresión de que aquí la hipocresía no existe. Pero la misma gente, excepciones sean hechas, no parece consciente de la riqueza que cargan sus siglos de historia. Ta vez porque les han hecho creer que otras cosas son las que valen. Si tan solo fueran conscientes de la riqueza que llevan dentro. Y volvemos al cartel de hace tres años “Quiero avivar la consciencia humana”; sí, pero ¿cómo? que yo a esto, por encontrarle mil y mil, no le hayo ni pies ni cabeza. Quizá con el tiempo….me digo, y es por eso que me toca estar aquí otras ocho semanas.

El papá y el hijo que viajan en el asiento de frente me miran de tanto en tanto. El niño termina de comer las galletas y tira el papel al piso ante la mirada indistinta de su padre. Quizá simplemente nadie le ha dicho que el suelo se erosiona y que la basura no existe. Después de todo, Alfonsine le dio un pan al niño y el niño le dio a ella un pañuelo. Me lo pienso un instante. Luego me inclino y recojo la envoltura de las galletas para guardarla en mi bolsa. Levanto la cabeza para toparme con las miradas atónitas de los pasajeros vecinos.

Quizá pueda hacer más aire mi libro engargolado que la playera del padre que lleva ya rato intentando dar un poco de fresco al sueño de su hijo. Cierro mi cuaderno y empiezo a abanicar el rostro del pequeño. Quizá con palabras nunca vayamos a entendernos, pero quizá los gestos. Con cuidado de no dar el mensaje equivocado (aunque para quien quiere ver lo equivocado, siempre hay un pretexto) Saber que tu sola presencia violenta es muy duro, pero descubrir ahora que tu sola presencia cura cambia el mundo completa-mente. Por ahí había escuchado que si se quiere cambio verdadero tan solo hay que caminar distinto.

Cuarta, quinta, sexta parada:

No tengo idea, me quedé dormida. El calor se fue. Afuera los precios se elevan. No sé qué parte me duele más entre el cuello, el coxis o la espalda baja.

Me despiertan los debates sobre la “palabra de Dios”, es decir sobre  si hay 14 o 16 infiernos, si hay que rezar medio hincado o medio parado, si es pecado robar las “mujeres de otros” (como si las mujeres pudieran tener dueño) y de qué manera castigar la brujería de los homosexuales.

A veces tengo la impresión de que el mundo aquí podría ser vastísimo, y sin embargo parece tan reducido, tan mutilado, tan limitado. Wangari lo dijo bien en la cita que ya no encuentro del libro, sobre  ese hechizo llamado escritura que los ha dejado tan anestesiados. Me parece que no viajo en el desierto sino en el tiempo, hacia atrás como 40 años. Me doy cuenta de que el mundo en el que creció mamá debió ser muy parecido y me pregunto cómo es que tuvo, sin embargo, el coraje y el corazón para criarnos a mi hermano y a mí en un mundo de horizontes tan distintos.

Séptima parada:

Apenas son las diez de la noche. ¡Ca y est! ¡Abran la ventana que me ahogo! y en el momento mismo de escribirlo, sin decir nada, se levanta el jóven de al lado y abre nuestra ventana que hasta entonces  había permanecido trabada. Así, como-por-arte-de-magia. Ya está, Dios está jugando conmigo a Hansel y Gretel.

Octava parada:

Apenas puedo creer que, hace no mucho, tanto “tiempo muerto” me habría llenado de desesperación, y ahora, en las condiciones más inhóspitas me alegra tener toda la noche en medio del vacío para poner la cabeza en orden. Si vamos a hablar de prejuicio (no sé en qué momento llegué a eso de los prejuicios) vamos poniéndonos claros, vamos poniendo puntos y comas, nombres y apellidos. Lo que yo sabía antes de venir era que quizá iba a encontrar un panorama parecido al latinoamericano. Pobreza material pero riqueza cultural y espiritual. Dicho de otro modo, jodidos pero felices. Ya he dicho antes que no lo encuentro del todo cierto ni del todo falso. Pero no tenía más allá la menor idea de lo que me esperaba.

En revanche, aquí me recibieron ideas muy claras de lo que se espera de mí, a l´ocurrence, de una blanca. Dícese de aquella mujer incapaz de soportar el sol y de cargar cosas pesadas. Tendiente a ser devorada por los mosquitos y buscar, por costumbre, que todos le sirvan. Todo-lo-sabe, tiene un chorro de dinero y sólo piensa en su persona. Sin mencionar la manera en la que ve por debajo del hombro a los que no comparten su color leche.

Quizá por eso les llena de curiosidad que yo cargue el balde de agua desde el pozo, lave el carro con mamá, deshierbe el maíz con Apolonie,  lave la ropa con Brenda,  haga y sirva de comer a las niñas, juegue con los pequeños y me haga cargo de la toute petite. Que compre y pique piña para mamá cuando llega cansada. (Cómo me hubiera encantado darme cuenta de la importancia de estos detalles en mi adolescencia, y un poco más tarde…) Me invaden unas ganas enormes de decir a cien mil leguas: Gracias padres por llenarme de amor, física y espiritual-mente, por recordarme siempre lo transitorio de nuestro paso y por enseñarme a volar, los pies firmes sobre la tierra.

Parada de media noche:

Es la escala del cruce de trenes y cambio de conductores, la más larga. Soñolienta observo la compra de bastones de magnok para toda la familia, como es tradición, me dice Alphonsine.

Siguiente parada: Silencio, todos duermen.

Última parada:

De miel y de sol naciente. Son casi las seis de la mañana. Me arden los ojos, todos tenemos otra cara.

Entonces ¿qué?, me pregunta la pluma provocadora. ¿Vamos escogiendo camino? Finalmente creo que la cosa va mucho más allá de constatar que “abajo no pueden hacer mucho y arriba no quieren”.

Por lo pronto hemos llegado a Ngaunderé. A Dios Gracias.

(http://www.youtube.com/watch?v=_iLU1DVUH9k)

Pero yo me sigo preguntando, ¿a dónde me llevas camino?

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