Comment être sûr de sa foi tant qu´elle n´a pas été testée ? (Bonjour ma soeur)

A la escuela Saint Angéle Merici, indica Danielle.  Ella y la hermana Araceli han llegado a la estación a recogernos. Les sorprende que solamente hay traído  una pequeña maleta.

En el portal me recibe sonriente la hermana Adriana. Treinta de sus muchos años de vida ha sido responsable del internado y de la escuela. Ivan y Anna, también italianos, me saludan en la cocina. Llegaron hace unos días de la República Centro Africana para refugiarse alertados del golpe de estado. Él se encarga de un proyecto de agricultura y ella es directora de una primaria. Es por eso que desde que llegó a la escuela no ha dejado de tomar fotografías de los materiales y de entrevistarse con las maestras. Hay tantas cosas que quisiera llevar para sus niños de esta experiencia africana de Montessori. Su vida en riesgo y ella comprando libros para la escuela, orando para poder volver pronto al lado de sus pequeños. Ella hablando en plural. Él a su lado. Mañana deben tomar el bus de la madrugada para alcanzar a cruzar antes del cierre de la frontera. Lo difícil va a ser quedarse adentro, le escucho decir a Anna.

La hermana Adriana y María Irma me ofrecen pan con miel y un vaso de leche nido. Me llena de calor encontrar por estos rumbos un pedacito de tierra mexicana. Ambas de la región poblana, han puesto cerca de sus habitaciones una pequeña bandera mexicana. A María Irma ya había tenido oportunidad de conocer cuando nos fue a dar un curso sobre pedagogía Montessori a Yaoundé. Había admirado entonces su tenacidad y temeridad al quedarse aquí dos años más de lo que originalmente tenía previsto porque no podía dejar a las niñas sin haber terminado el trabajo que había empezado. De Adriana vengo a saber que incluso antes de descubrir su vocación religiosa su sueño siempre fue ir de misión al África, que después de 9 años aquí le han ordenado regresar a México y que reza todos los días porque le permitan quedarse. Lo más difícil de ser religiosa no es renunciar a tener una pareja o un dar una familia, sino tener que asumir una instrucción por el voto de obediencia cuando el corazón te dicta lo contrario, me confiesa.

El día se nos va entre presentaciones, despedidas y bienvenidas y planeación de lo que vengo a hacer en estas tres semanas. Todavía me pregunto cómo voy a formar en derechos de los niños, en derechos humanos y en juegos cooperativos en dos escuelas, al mismo tiempo que el cuaderno para escuelas maternales. Las expectativas puestas en mí, porque aquí todas esas cosas hacen mucha falta, recuerdo las palabras sabias de mi hermano: Dios Proveerá.

He venido meditando mucho desde mi llegada la cuestión del trabajo con niños. La hermana Adriana me dijo con esperanza en los ojos que estaba muy contenta de poder asistir a conocer esa nueva pedagogía. Ana se despidió lamentando no poderse quedar a ver mi trabajo. Solamente a María Irma me he atrevido a confesar que no tengo experiencia trabajando con grupos de niños. Las maestras, los universitarios, los adultos son cosa distinta, pero el trabajo con niños me parece una cuestión delicada. No sé si….

Pero alto, antes de poner manos a la obra he tenido que descansar a fuerza de cuerpo cortado. He dormido con una araña en el techo. Yo, la aracnofóbica.

La escuela, grande y con muchos espacios abiertos, me recuerda mucho al Lycée don Bosco de los salesianos en Lyon. Sobre todo por ser mixta y tener internado para niñas, y claro, por estar administrado por religiosas. Aunque ambos son laicos, a diferencia del aquél, este tiene una considerable tasa de estudiantes musulmanes. (Alleluah yallah bakhna alhamdoulilah.)

Caminando por los salones esta mañana me encontré con muchas de las pequeñas. Bonjour ma soeur y sonrisas tímidas y vivarachas. Tomo el “hermana” en el sentido de hermandad porque de ursulina no me encuentro nada. Visito a María Irma en la biblioteca (más bien ludoteca) que ha podido construir junto con Adriana y Danielle en los últimos tres años. Quiero observar cómo manipulan los niños los materiales de Montessori. Me descubro ayudándole a una pequeña a acomodar las frases de su libreta y me topo de pronto con el petit prince en una de las repisas. Las ganas de abrirlo me sobrepasan y una página se desdobla ante mis ojos:

La septième planète fut donc la Terre.

 

Le petit prince, une fois sur terre, fut bien surpris de ne voir personne. Il avait déjà peur de s’être trompé de planète, quand un anneau couleur de lune remua dans le sable.

— Bonne nuit, fit le petit prince à tout hasard.

— Bonne nuit fit le serpent.

— Sur quelle planète suis-je tombé? demanda le petit prince.

— Sur la Terre, en Afrique, répondit le serpent.

— Ah!… Il n’y a donc personne sur la Terre?

— Ici c’est le désert. Il n’y a personne dans les déserts. La Terre est grande, dit le serpent.

Le petit prince s’assit sur une pierre et leva les yeux vers le ciel :

— Je me demande, dit-il, si les étoiles sont éclairées afin que chacun puisse un jour retrouver la sienne. Regarde ma planète. Elle est juste au-dessus de nous… Mais comme elle est loin!

Salgo de la biblioteca con lágrimas en los ojos y me dirijo a quien sé bien en todas partes. Quieres que lo haga ¿cierto? Me estás llamando. Porque sabes que quiero hacerlo pero que tengo miedo.

Como el pequeño príncipe, todos han llegado hasta aquí más allá de sí mismos. María Irma sin una gota de francés, Anna sin ser profesora (antes de venir trabajaba para una casa editorial), incluso M. Maussi a pesar de sus muchos tropezones. Porque hay una cosa que ellos ya habían comprendido y yo todavía no. Aquí, frente a los pequeños de carita sucia y sueños más rotos que sus pantalones,  uno no se puede dar el lujo de no poder, de darse por vencido; simple y sencillamente porque, quizá no somos los mejores ni los más expertos, pero sí los que estamos y, me lo dicen sus tiernas miradas, también todo lo que tienen.

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