Comment être sûr de sa foi tant qu´elle n´a pas été testée ? (un ratón bajo la cama)

“La blanche!” “La blanche!”.

Bonjour, je m´appelle Claudia

Claudia !!  Claudia!! Bonsoir.

Bonsoir, ca va?

Oui, ca va.

Claudia. Hola, escuché que dijiste tu nombre.

Hola. Sí, no me gusta que me digan la blanca.

¿Por qué?

Porque siento como si no vieran en mí nada más que un color de piel.

¿Eres nueva en el barrio?

Sí, bueno casi, llevo aquí cuatro semanas.

¿En serio? No te había visto antes. ¿Por dónde vives?

Pasando el centro de salud, un poco más adelante, a la derecha.

Yo me llamo (no retuve el nombre pero la sensación de hablar con ella no la olvido) Yo doy vuelta aquí a la derecha.

Somos casi vecinas entonces, ¡qué raro! tampoco yo te había visto antes.

Debe ser la hora, normalmente no paso hasta tarde en la noche, cuando salgo de la escuela.

¿Qué estudias?

Estudio la normal, para ser educadora de maternal.

Y se fue sonriendo a sus espaldas mientras yo cerraba la boca sin alcanzar a señalarle la divertida coincidencia de que el último mes lo haya pasado trabajando nada más y nada menos que con maestras de escuelas maternales. Me detengo un poco en este pensamiento. Miro hacia arriba. ¿Un mes he dicho? En efecto. Esa cosa que llamamos calendario me dice que hace cuatro semanas que llegué y me  he tenido que repetir varias veces la cuenta para cerciorarme. ¿A dónde se fue marzo? y ¿en qué momento pasaron domingo de ramos y pascua? No fue hace mucho que Spinetta me decía “muchacha no corras más, tu tiempo es hoy”, pero ahora siento que fue el tiempo el que corrió mientras yo caminaba hoy por hoy tranquilamente.

Vuelvo después al asunto del nombre. No recuerdo cuando fue la primera vez que decidí intentarlo pero  me ha funcionado. A veces claro, también hay quién me llega a decir “no me importa cómo te llames, en tu país no nos dejan entrar porque dicen que somos pobres y eso es una injusticia… (y luego el discurso que todos nos sabemos)” hasta que en un respiro me aventuro a decir que soy mexicana y de pronto el bombardeo se detiene, ¿eso no es Europa? No. Ahh bueno. Silencio.

Me llaman “la blanca” por la calle como si llamaran a un perro. Si contesto, siquiera con la mirada, me declaran de su propiedad o me ofrecen un hijo. Miento, no me lo ofrecen, me lo sentencian. Si no contesto de sucia blanca no me bajan. No sé que es para mí más denigrante, ser vista como objeto de procreación, o bien como un pedazo de carne para usar a placer y luego desecharse, como en otros lados. Cierto es que apretujados en el taxi nunca he sentido una sola intención de rozarme si quiera, como lo habrían hecho ya en el metro de la ciudad de México. Extrañamente, aunque aquí coman con la palabra y con la mirada, no tengo el menor temor de que alguien pueda, de hecho, intentar tocarme, que no sea para sacarme la cartera. Hay una especie de pudor social que todavía no me queda muy claro. Me dicen blanca y de algún modo, no sé por qué, me lastima. Todo esto pensaba.

Pero quizá solamente me lastima porque me recuerda, porque me confirma una visión del mundo con la que no estoy de acuerdo. Quizá justamente el que llamarme “blanca” implique sólo ver un color de piel es mi interpretación y solo mía. ¿De dónde vine a aprender esa interpretación? Eso es lo que importa. Con el paso del tiempo me he dado cuenta de que cuando me llaman así, la mayoría de las veces, no lo hacen por lastimarme. Lo sé porque cuando al llamado de “blanca” agito sonriente la mano, cuando respondo dando mi nombre la cosa cambia. “Atiende bien a mi amiga Claudia”, “Claudia, mon amie, c´est comment?”

Saberse portador(a) de un símbolo y resultado de la memoria colectiva es vital. Pero también lo es reconocerse momento presente, portador(a) de un mundo simultáneo y por tanto, posibilidad de cambio. Ser eslabón capaz de-re-construir y re significar. Dicho de otro modo, sin dejar de ver hacia atrás mirar también hacia adelante.

Los gritos de los niños y de Tata Marlene me hacen saber que he llagado a casa. Encuentro a Valencia friendo pescado y cortando algunas papas y me siento con ella en la cocina. Me dice que me ha llamado mi mamá esta mañana y entre la conversación le hablo un poco de ella y le digo lo mucho que la quiero. “Yo también quiero mucho a mi mamá pero me grita mucho. Continúa con una expresión que la hace parecer de 17 años y no de los 11 que tiene. Prefiero que me peguen a que me griten. Los gritos lastiman al corazón. Los golpes te duelen en la piel y eso no importa, pero cuando te gritan duele algo que no puedes sobar porque es adentro.” Me extiende el cuchillo y una papa. Comienzo a pelar en silencio.

Recuerdo repentinamente la reunión de familia del fin de semana pasado, donde los tantos hermanos de mamá V. me sirvieron de comer al centro de la sala mientras, lo más natural del mundo, se gritaban unos a otros y se citaban pasajes bíblicos enardecidos por una disputa familiar de la que no alcancé a entender nada. Más allá de la indigestión, el mapa y del árbol genealógico que se extendieron aquél día hasta llegar al barrio de Elig-edzoa y a los treinta y tantos nietos y sobrinos, lo que se extendió fueron las dimensiones de este mundo que me parece cada vez más aterrador como fascinante.

Entro a la habitación de la derecha y me dejo sorprender por mi capacidad de sentirme en casa por donde quiera. Un mes, me repiten los labios. Miro para todos lados. La ropa y un libro sobre la cama. Sobres, una armónica y el estuche de colores en el marco de la ventana. Arriba un rehilete. El paraguas y un sombrero colgando. La ropa mojada todavía colgada. El ladrido de Barack y el olor a hierba quemada. El techo de madera. Apenas puedo creer que haya pasado tantos días y noches bajo el polvo anaranjado que de él se resbala silencioso. Bajo ese techo que me protege cada vez que se cae el cielo a pedazos. ¡Vaya días que me han tocado!

Vayan los días que ¡cómo me han tocado!. Están por ejemplo los días de pinchear, porque hay  veces que uno no puede evitar gritar ¡qué mundo tan pinche!. Pero en esta vida de espejos uno aprende pronto a distinguir(se) entre un mundo pinche y lo pinche que es tal o cual cosa del mundo.  Porque si bien es cierto que me indigna la manera en que la religión y la televisión se parecen más por aquí a instrumentos de adoctrinamiento que a prácticas de fe y fuentes de información y entretenimiento, respectivamente; también lo es que me toca hasta lo más íntimo compartir la mesa con una pequeña que reza con genuina convicción antes de cada comida. Cierto es que el barrio residencial de Bastos y la colonia del Golfo, donde embajadas y “grandes personas”, más que admiración o comodidad me hicieron sentir asco; para mi sorpresa la entereza con la que yo (señorita “para mis pulgas”) decidí no salir corriendo. A veces uno se entera de la increíble distancia que ya ha transitado, hasta que pasa la noche con un ratón bajo la cama y se da cuenta de que no pasa nada.

También están los días awi mawe, en los que me deleito siendo testigo y cómplice de un mundo de colores capela y ritmos encontrados. ¡Como me encanta ver a los niños escalando las mangueras de regreso de la escuela! Cuánto me han dado, quizá sin saberlo, el profesor de universidad al que no he podido explicarle que no estudio en la católica de Yaoundé, el artista que me acompañó a casa sin mayores pretensiones y el  chico del puesto en el mercado que me dijo “qué tal amiga, cómo te va”, ese día me estaba yendo de las tres patadas. Cómo me encanta sentir el suelo sin zapatos (cinco años me tomó entenderlo, ya puedes decirme ¡te lo dije!), tener poca ropa que lavar y lavarla en un tronco.

Qué bien se está (nunca pensé decirlo) des escamando pescado. Dejándome salir todas las voces mientras Brenda muerta de risa. Moliendo la salsa en piedra. Bailando con músculos que nadie me dijo antes que existían. ¡Somos ricos!, dice Valencia.

Un día puede ir como se le dé la gana, pincheando y awi mawe intercalados, porque así de oscilatorios somos los seres humanos. Sin embargo, he podido constatar que todos empiezan  y terminan con ganas y un beso al viento.

Las ganas de descubrir lo que me depara cada nuevo día, que son más fuertes que las ganas que me dan a veces de no levantarme. ¿Quién me iba a decir todo lo que iba a venir a aprender sobre los derechos de los niños? Nunca en el salón de clases me dijeron que para proteger el derecho a la vida hay que voltear también hacia la vida planificación familiar y los cuidados prenatales, ni que el interés superior del niño implica la  no discriminación de los padres y la prohibición de pena de muerte para la madre (que no para el padre¿?) Suena tan evidente, y sin embargo ¿quién me iba a decir que venir a encontrar a las madres, a los niños y a las maestras, sería lo que me enseñaría por fin el sentido de cada derecho?

Y encontrar, mi pasión por guía, la manera de llegarles; como Susana lo hizo en su momento con los policías y yo con los universitarios. Me apasiona tanto la enseñanza, y más que la enseñanza el aprendizaje colectivo. En ese salón en medio de sus preguntas,  me doy cuenta de que ese misterioso hilar de conocimientos y sensaciones, citando lo mismo una ley que una anécdota, una novela y un poema, esa convergencia de vida e ideas, es precisamente mi artesanía. Mi alimento, la satisfacción que me dan sus expresiones de sorpresa en ese momento en el que vemos abrirse una ventana. Las ganas, pues, cada noche de descansar y estar lista para lo que viene.

El aprendizaje que también me ha tocado. Empiezo a entender al enigmático director a cuya autoridad me había venido secretamente resistiendo. El “autoritario” Señor Mawussi, del que me tanto me advirtieron mis profesores y mis instintos tiene sus formas, cierto. No es menos cierto que me ha, permitido, incluso incitado a entrar en contacto con diferentes actores de la educación como la UNICEF, la UNESCO, los Ministerios, y que me ha dado acceso a foros sobre políticas públicas de educación, derechos humanos, técnicas de animación y pedagogía.

Hay mucho que discutir y dejaré mi espíritu crítico para cuando me lo pidan, pero quiero reconocer  sus esfuerzos, más allá de sus limitaciones. Yo todavía no me explico cómo hace para levantarse cada día y venir, cruzando tierra y tierra y más tierra –les hablo de una ciudad que atravesar es toda una odisea- a hablar a un grupo de mujeres sobre el cuidado de los niños, sobre la  creatividad, los sueños, el imaginario, la sonrisa –hablo de una ciudad en la que soñar pareciera estar prohibido- [aún y cuando en la práctica, como muchas veces a todos nos pasa, permanezca contradictorio]

El mismo pantalón y portafolio roto en manos, y una decepción que he ido empezando a comprender poco a poco, se pone de pie frente a aquellas que decidieron aventurarse a formar una red, para hablar sobre salud femenina y networking (me acordé tanto de nuestras reuniones de Pax los domingos).

En cuanto a mí, aunque desconfiado del mundo, ha tenido confianza en mi trabajo. Aunque exigente, ha sido comprensivo. Aunque seco, aunque imperativo, no me ha dejado nunca correr ningún peligro y hasta me vino a ver cuando enfermé del estómago, y eso que la lluvia estaba que ni ella se aguantaba. Aunque gruñón, -aunque me corte la cabeza si leyera esto- incapaz de esconderme sus dejos de niño. Por lo demás, no me ha faltado nada.

Lo que empiezo a descubrir es que no es lo mismo ser dicharachero en una sociedad que se “conoce” (bien entrecomillado) y pretender que se está cambiando algo fuera de sí mismo, que aprender a ser pez fuera del agua y descubrir que en el aire también se nada. Lo que empiezo a aprender sobre mí…. –aunque creo que siempre lo supe- ¡definitivamente no me lo esperaba! Todo esto pude haberlo aprendido en mi colonia, me queda claro. Y sin embargo, no podía haber sucedido de otra manera.

Súbitamente los últimos 5, luego 10, luego 20, luego mil, dos mil, treinta mil millones de años. El último año, un llamado, un “sí” mochila en mano, un álbum de fotos a mi madre, una carta a mi padre.  Empiezo a entender, poco a poco. Siento ganas de reír y río.

“Sabía que el Sahara era una interminable extensión de arena, pero fue solamente atravesándolo que me hice consciente de su inmensidad.”

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