Comment être sûr de sa foi tant qu´elle n´a pas été testée ? (qué es eso? qués es eso? qué es eso?)

 

Cada mañana, al levantarme, me cuesta enterarme de dónde estoy y comprender que sigo aquí parada. Sueño en español y con caras conocidas, así que me cuesta al despertar encontrarme con los gritos de mamá V. para que Apolonie le traiga el agua caliente, Brenda el desayuno y Valencia los zapatos; el sonido de la televisión en la mañana, como en la tarde y en la noche. Muchas cosas son agradables de esta nueva experiencia, pero por alguna razón extraña también me resulta muy duro. No sé si es la escasez, o el no saber exactamente de qué medios dispongo. Quizá más bien la imposibilidad de moverme todavía sola por la calle, y las miradas, esas miradas que siguen quemando. Tal vez el cambio tan brusco, tan “de la noche a la mañana”. No sé si es el hecho de no poder comunicarme a más de 200 metros o la falta que hace a ratos hablar con alguien que comprenda la realidad de la que hablo y me responda en mi lengua materna. No lo sé, no sé que sea. Pero es duro. Mejor ir día  a día y poco a poco, porque si me da por pensar en los tres meses que me quedan algo en mi interior se me aprieta.

Más que en los obstáculos quiero concentrarme en lo que hay por aprender de todo esto, solo que tengo que confesarlo, me cuesta mucho. Me encantaría que estuvieran aquí conmigo. Me pregunto cómo están papá y mamá, cómo están mis hermanos. ¿Por qué no me han llamado? Me digo que todo va bien, que no hay que inquietarse ¿Cómo estás manzano? Te extraño.

 

Por otro lado, el “aislamiento” me enseña nuevas realidades. Qué bellos somos con la ropa sucia, los cabellos revueltos y los pies descalzos; adiós mousse, adios perfume y adios desodorante. De todos modos no se puede distinguir el propio entre tantos olores. No hay internet, ni teléfono, ni un call box, ni oficina de correo. De alguna manera es un poco la vida que andaba buscando, cierto, pero no  es lo mismo opcional que a la fuerza, aunque sea a fuerza de las circunstancias.

Cómo quisiera no tener punto de referencia (“pues no lo tengas”, me grita mi mente, como si fuera tan sencillo, “y lo es” me responde, que venga mi mente a pararse sobre mis tobillos). No son las condiciones materiales a las que hay que adaptarse, aunque sí es duro comer lo que los demás no comen. Pero más allá de las incomodidades y la tripa que suena, quizá me puede no alcanzar todavía a vivirlo como lo hacen ellas. Saber que del otro lado del mar hay otros mundos posibles y no hallar cómo explicarlo.

Suena exagerado, peut être, pero que no se me olvide a lo que me han traído. Si viniera aquí de visita, de vacaciones o de retiro quizá sería distinto. Pero vengo a hablar de los derechos humanos.  A las pequeñas de su derecho a ser tratadas con amor, a ser escuchadas. A las mujeres de su derecho a no tener que ser fuertes y vivir a la defensiva. No seamos ingenuos, basta mirar cualquier escena cotidiana para darse cuento de lo ridículo y de lo necesario del asunto. Hablemos de vida digna en el lugar en donde la gente prefiere vivir mal a morirse y en donde un niño está completamente convencido de que es tonto, de que no puede pero debe, de que sienta lo que sienta, piense lo que piense, pase lo que pase, hay que obedecer y guardar silencio.

Expandiendo mis horizontes hoy fui hasta el mercado donde Apolonie trabaja, me acompañó Valencia. Me siento un poco como en Age of Empires, cada día descubriendo un pedazo nuevo del mapa. “La blanche. Viens avec moi” “C’est comme ca le Cameroun” “rentres chez toi” Confieso que no sé de dónde demonios voy a sacar el valor  cuando me tenga que mover sola. No es que me sienta en peligro (y creo que en lo profundo comprendo), pero vaya que nunca en mi vida me había sentido menos bienvenida. No me extraña que la familia, y solo la familia, sea el lugar fundamental y más importante en la sociedad africana. En casa me siento verdaderamente así, en casa. Pero afuera va distinta la cosa.

Siento que si tuviera oportunidad de un frente a frente con cada persona que me mira de esa manera, tendría encuentros de lo más bonitos, porque parece que aquí una vez encontrado el código y el hielo roto, pasando a ser parte de la familia, la cosa cambia. ¿Pero cómo hago eso con los transeúntes? Me lleno de pronto de unas fuertes ganas de gritarles que no soy europea, que soy mestiza, que de dónde vengo no distinguimos entre negros y blancos, que tengo amigos muy queridos africanos y que antes de venir aquí no tenía idea de que era blanca. Que a mi país también le explotan sus recursos potencias extranjeras, dejando por detrás devastación. Que no vengo a enseñarles nada…

Cuando salgo a la calle no sé lo que siento. No sé que me da ver las  casas de lámina y madera apenas en pie, los coches que más bien son latas agonizantes en ruedas, los pedazos de ropa colgando de un brazo o una pierna. Si tan solo viera en el cuadro un dejo de la más ligera alegría. Pero me surcan las caras de madres llenas de hastío. No son rostros sonrientes y pícaros como, pese a todo, los he visto en México (quizá no lo son únicamente frente a mí porque soy blanca…) Me taladran los gritos y regaños a diestra y siniestra. Aquí es considerado natural y necesario golpear a los niños, “¿de qué otra manera se puede educarlos?”, tienen derecho uno sobre otro desde el hermano más grande hasta llegar al más pequeño, quien gracias a Dios ya no puede pegarse a sí mismo; aunque después de tanto golpe yo creo que termina encontrando la manera de hacerlo.

Una pequeña que ve en la televisión mujeres de un color y una tierra lejanos, mujeres que admira por la imagen que le han vendido, con objetos que conoce porque la tele le indica que existen (cuál ciencia ficción o dibujo animado) pero que jamás ha visto ni espera ver en su vida. Una pequeña que ve en mí, yo no sé lo que vea. Una blanca con verde, me dice tocando maravillada mis venas, pero no como las había imaginado.

En algunos momentos ella venía más indignada que yo de todo lo me gritaban. Yo no sé si sea bendición u otra cosa, pero el hecho es que casi no entiendo nada de lo que me dicen. Qué impresionante no saber dónde comprar un simple shampoo, preguntar y que nadie sepa decirte, enterarte al final de que aquí no venden esos productos. Qué tremenda la sensación de querer y no querer salir de casa al mismo tiempo. Quoique, una sonrisa de esa misma pequeña evapora cualquier malestar que se me haya prendido en la calle.

 

«Claudia  mange  du  poulet  et  du  riz chaud avec Valencia».

«Claudia come pollo y arroz  caliente  con Valencia».

Lo escribió hace un rato mientras cargaba la computadora. De pronto, cuando volvía a trabajar se me aparecieron no sé de dónde tres pequeñitos (4, 5 y 6 años) Lupesia, Alain y Lodtan. Más hermanitos, no sé de cuál mamá, que en la semana no viven en casa pero vienen de visita. También Abdu, de 16 años. Sus caritas traviesas y vivarachas se metían en una pierna y me salían por la axila. Tocaban mi cabello y mis lunares (“marques de beauté” les dicen) como si fuera un árbol o una muñeca. Se me montan en la pierna, se me acurrucan y cuando me doy cuento ya han rodeado con mi brazo su espalda. Qué es eso? Qué es eso? Qué es eso? Yo quiero, yo quiero, yo quiero. Repetían uno tras otro. Se fue la luz. Comimos dulces, jugamos y bailamos, tanto, tanto. Me divertí como enano, pero estoy exhausta. Esas sonrisitas en medio de la nada, sin zapatos y con la ropa hecha jirones, con un plato de frijoles en la panza. Esas semillitas de esperanza que el mundo al rededor apaga. Siéntate, cállate, quédate quieto, suelta eso, tú no entiendes, tú no sabes, no, no toques.

 

“Dieu veillait pour moi. Il semblait indifférent mais il m’avait envoyé une signe pour que je poursuivait mon voyage”.

 

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