Comment être sûr de sa foi tant qu´elle n´a pas été testée ? (Pan con queso crema, salchichón, té y leche en polvo)

Me despierto con la sensación, casi certeza, de que todo ha sido sueño. Así mi sorpresa cuando escuché mi nombre al otro lado de la puerta. Al abrir, mamá Victorine muy elegante con un  vestido negro y dos niñas (Valence y Brenda) de entre 10 y 13 años con ropa de colegio. De entre todas sus piernas aparece tímido un pequeño (Alain). Soñolienta y desorientada apenas alcanzo a desearles buen día y me vuelvo a perder hasta que Apolonie viene por mí para ofrecerme el desayuno. Pan con queso crema, salchichón, té y leche en polvo.

La mañana se me escurrió en el pórtico de la casa entre el comer de la cabra y el canto del gallo. Un sol que parece gritar “no salgas” y más tarde una lluvia de esas que te hacen sentir que se nos va a caer el cielo encima. Además del chico que lava su ropa en una tina en el patio de enfrente, y el chico que viene a preguntar por papá Tos, no hay a la vista personne. Apolonie me lleva a caminar por entre el maizal y los árboles de plátano, papaya, y mangos. Cortamos y comemos algunas guayabas. Poco tardé en conocer al perro que se llama Barack Obama y que vive y ladra a un lado de mi ventana. Dicen que muerde, pero que está siempre amarrado. ¿Qué alivio?

Apolonie me dice que lee y escribe muy poco, porque apenas terminó la primaria. Dice que la escuela le gustaba, pero como no entendía muchas cosas y no había quién le ayudara a alcanzar el nivel del resto del grupo decidió instruirse en la costura. Todos los días cose con su máquina en un puesto del mercado. “Qué están haciendo aquí? Qué buscan aquí si lo tienen todo? ¡Que se vayan, que regresen de donde vinieron!” Me cuenta que cuando era niña era eso lo que pensaba de los “blancos” a los que detestaba y temía. No dice nada sobre cómo les ve ahora. ¿Tú tuviste miedo antes de venir aquí, de llegar sola con una familia que no conoces?, me pregunta. “Yo te tengo mucho miedo, no sé qué vas a hacerme” le respondo pícara. Ella ríe. “¿Tú en mi lugar tendrías miedo?, le digo. “No. No podemos conocer todos los lugares a los que vamos. Cuando voy a algún lugar que no conozco me detengo y  pregunto ¿dónde estoy?, ah bueno, está bien y sigo caminando.

Le pregunto si le gustaba ser mujer y me habla un poco sobre los chicos. Me dice que ella suele llevar un anillo en el dedo para ahorrarse malas compañías. Le pregunto, muerta de risa, dónde lo ha comprado (pensando para mis adentros seriamente en conseguir uno) Luego me lavo como pude sobre la coladera  y me seco sin toalla.

Más tarde Yvonne vino a darme un celular y conocí por fin al señor Mawssi, el director de AGBETSI. A media luz, porque cuando llueve se va la electricidad y se utilizan lámparas de petróleo, no me pareció tan intransigente ni tan intimidante como lo había imaginado. Aunque me siento protegida por la asociación y la familia, también me siento completamente vulnerable. Qué chistoso se hizo añicos en cinco segundos mi ilusión de autonomía. No tengo ni idea de dónde estoy ni de cómo llegar a ningún lado. No tengo teléfono ni internet y tampoco más que 10.000 CFH que me dieron. No tengo idea de para qué me alcance con eso, dónde haya un cajero, un teléfono público o una casa de cambio. No sé cómo funciona el transporte colectivo ni cómo distinguir un taxi.

Me han dicho que hasta que me habitúe al lugar no debo por ningún motivo salir sola. Aunque a mí se me olvida seguido, nadie deja de recordarme que soy blanca. Sí, se siente un poco como si todo mundo tuviera más noción e incidencia sobre mi paradero (que no sobre mi pensar) que  yo  misma. Esto no puedes, esto sí, y esto de no poder salir de casa si no es acompañada. Pareciera, cierto, que la cosa es “autoritaria”, pero viéndola bien no sé quién me parece más descabellado, si mamá V. que me empuja a aprender a caminar confiada por las veredas de noche o M. Maussi que me ordena estrictamente que no salga a menos que le haga saber en todo momento dónde y con quién ando.

Aunque se dicen parte de la misma ciudad, para llegar de la casa al centro hay que cruzar ríos, veredas y caminos enlodados. No sé por qué pero tengo la sensación de que para moverme de aquí voy a tener que lidiar con todos mis miedos, físicos y metafísicos, empezando por el miedo a los perros callejeros. Me han dado hasta el lunes para preparar y presentar un taller de 5 días sobre los derechos de los niños dirigido a profesoras de escuelas maternales. Así que a ir aprendiendo cómo se vive por estos rumbos.

La familia con la que vivo, por ejemplo, es católica. Ella trabaja en una empresa de auditores y estudia en las tardes contaduría. Él es jubilado y se dedica a atender las necesidades de sus familias; en efecto, aquí se practica la poligamia. Todavía no entiendo cuántos hijos tienen. De las pocas conversaciones que he  presenciado, no puedo evitar destacar que aunque distinta la realidad vengo escuchando en tres continentes el mismo discurso. Ese de “¿qué ha pasado con nuestras sociedades y sus valores?”, “¿qué le estamos enseñando a nuestros niños que ya no agradecen ni respetan?”, “la culpa de todo la tienen la deshonestidad y la corrupción, el gobierno”, como si estas fueran cosas que pudieran existir fuera de la persona humana.

Doña televisión en el centro de la sala me ha demostrado que también es una constante worldwide la misma porquería mediática. Habría que haber visto mi cara cuando me enteré de que las pequeñas no saben lo que es jugar con sus padres un juego de mesa. Aunque muero de ganas por proponer ponernos todas a bailar y pedirles que me enseñen algo de cocina o hacer con esos aguacates un intento de guacamole, creo que primero me toca sentarme a ver la tele con la familia e ir sintiendo las aguas.

He notado que a la gente aquí le gusta hablar, uno sobre el otro, y en voz muy alta, así que he preferido dedicarme a escuchar con la mayor atención posible y esperar poder mejorar mi silencio cuando me toque el turno de la palabra. Lo más chistoso es cuando me preguntan ¿por qué África? ¿sin beca y desde tan lejos? Y yo respondo con toda sinceridad que no tengo la menor idea. Cómo explicar algo que para mí sigue siendo un misterio.

 

Par ma nature je ressemblais á ma grand-mère paternelle Wangari. Je ne l’ai malheureusement pas connue, mais j’ai hérité de son prénom et, dans la culture kikuyu, ce système de transmission des prénommes vise á…J’étais fière de porter haut son nom” (Wangari Maathai. Celle qui plante les arbres)

 

 

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