Comment être sûr de sa foi tant qu´elle n´a pas été testée ? (el vuelo)

En el extremo más alejado del aeropuerto de Bruselas, después del control de aduana que no se hace más que para entrar a esa zona, están las puertas de embarque a destinaciones “exóticas”. De la puerta T60 a la T72. Es ahí donde uno puede tomar a Kinshasa, Israel u otro de esos lugares a los que uno no creería que alguien pueda querer ir.

El vuelo a Yaoundé, el de la última sala, se ha recorrido de las 10:40 a 11:40 porque el piloto viene retrasado, luego a las 12:40 por cuestiones climáticas y finalmente  a las 13:50 por una falla eléctrica de la aeronave.

Mientras tanto, yo camino hacia la única cafetería del lugar “Café sports” para pedir un té de camomille y observo a la mujer delante mío rechazar consternada los 70 euros que le han dado  de cambio por una botella de agua, unas pringles y un café. Llama en una lengua que no entiendo a su pequeño de no más de tres años. Algo como “ven”. Luego se dirige nuevamente furiosa al cajero y grita con aire de desesperación “no, yo no puedo aceptar, esta moneda no me sirve de nada en mi país”. Ambos pierden la paciencia, ella se va.

Regreso con el té a la sala de espera y observo con la misma sorpresa que los demás a la señora que grita a diestra y siniestra algo sobre su bolsa de mano. Las azafatas corren apretujando sus radios intentando calmarla, sin otro resultado que el de irritarla más “Yo de aquí no me muevo; no, nadie puede pasar hasta que alguien me resuelva”.

Un pasajero hace intento de calmarla, otro acude en su defensa. Tengo la impresión de que en cualquier momento lo que saldrá volando no va a ser nuestro avión sino nuestras cabezas. Mientras llegan la primera, la segunda y la tercera ronda de policías, los pasajeros en espera continúan la discusión acalorada en pequeños grupos e intentando acercarse a intervenir. Me pregunto si convendrá más en este caso la aparente “indiferencia” y “frialdad” con que los “occidentales” miran una escena que parecen haber visto innumerables veces, o el “brío” con que todos los demás pasajeros se involucran cada vez más en el asunto. Otra señora intenta pedir con señas el paso y va empujando a los que no parecen entender su señal. No habla francés, logra decir, ni inglés ni alemán.

Con la mujer en gritos  y los murmullos cada vez más fuertes, no sé a quién se le ocurre la excelente la idea de meternos a todos en una sala todavía más pequeña -y de paso sin baño-, pero así lo hacen. Sé que la cosa se está poniendo tensa porque las cortinas, antes inmóviles, que cuelgan del techo, empiezan a ondear. Afuera sigue cayendo despreocupada la nieve.

El único que parece ajeno al cuadro es el bebé que en todo ese tiempo no ha dejado de ver a la rana  saltar en su mini pantalla de juegos. Yo intento seguir leyendo Phédre, pero no logro pasar por alto la casualidad de que nuestras tres mujeres sean africanas.

Nunca supe qué pasó con la bolsa de mano, pero sí constaté un rápido cambio de ánimo, de cólera a risa, de risa a agresión, de agresión a broma, de broma a seriedad, de seriedad a calma, de calma a cólera y así nos seguimos. Pese a todo, cosa rara en mí, no se me movió ni una pestaña.

Cada vez entiendo más claro lo qué nos quisieron decir los profesores con eso de la importancia de “tomar distancia”. Observar lo que pasa, capaz de hacerlo incluso fuera de sí. Vamos a ver si aprendí. Vamos a ver si de veras puedo en tiempos de tempestad ser calma. Por ahora sé que puedo no ser nadie, y no porque no tenga conciencia de mi ser, sin por saberme capaz de ser todos, ninguno y cualquiera. Así me monto al avión y así espero desembarcar, siendo nadie.

Del vuelo puedo decir que ha sido hasta ahora el más largo e interminable que me ha tocado vivir, y qué me pareció de lo más extraño que pidieran donaciones a los pasajeros (como en la misa) para las acciones humanitarias de la aerolínea en Áfrique. Eso puedo decir, y que ¡pasé sobre Timbuctú!

El aeropuerto de Yaoundé me recordó mucho al de la Habana. Hay tantos detalles en las paredes, en el piso, en los formularios de migración. En las miradas, en el tono de voz. Un aire de los 50’s. Apenas pude darle crédito a mis ojos. Las salas de espera son como salones del siglo pasado. Un sillón de dos lugares, uno de tres y otro de uno, todos amarillos. Y una tele. Hay tanto que habla sin decir nada. Suerte que a pesar de las tres horas de retardo Yvonne y Anastasia todavía estaban ahí esperando, porque sinceramente la idea de salir de ese lugar sola a las once de la noche no creo que hubiera tentado ni al más temerario.

Lo poco que pude ver en el camino a casa (me han dicho que así puedo sentirme aquí) fue un camino largo muy parecido a los de Barra Vieja, pero sin mar. Apenas pudo surcar el auto todas las veredas de terracería, aunque por su rechinar  temí que en cualquier momento nos dejara varados.

Por fin llegamos con la familia (suerte que compramos las botas porque es cierto que está lleno de lodo) Me han recibido muy bien. Mamá Victorie, Papá Tos y una de las tres hijas que viven en casa. Todos sonrientes. Me han dado una habitación propia (para deleite de Virginia Wolf) La habitación es completamente gris, sin más mueble que una mesa, una cama y unas vigas de madera con seis ganchos de metal que sirven de ropero. El piso es de cemento y las ventanas como las de mis abuelos. La casa es amplia y muy sencilla. No hay drenaje, así que todo funciona a jicarazos.  Suerte que no traje mucha ropa porque no tengo idea de cómo voy a lavarla. Me dieron de cenar arroz, pollo, pescado y plátanos. Sentí re lindo cuando dieron gracias antes de sentarse a la mesa, por habérsenos permitido este encuentro y por haberme permitido llegar a su casa  sana y salva. Me siento bien y BienVenida.

Mañana y pasado no puedo salir más que con la familia porque todavía no tengo celular ni conozco la zona. Dicen que nunca debo traer sobre mí más de 5,000 FHC por aquello de los carteristas. Sospecho que seguirán llegando las sorpresas. Todo se siente como una gran masa confusa. La confusión que da empezar el día entre tormenta de nieve a -4° y terminarlo bañada en sudor a 34°. Pero confío en Dios y en su llamado. Sea, pues. Quiero dormir un rato. Estoy cansada. Pienso fuerte en mi familia. Me gustaría decirles que estoy bien, nada me falta. Afuera los grillos cantan. Vayan y díganle porfavor que légué bien a manzano.

 

-Aller, on va quitter l’Inde. On va prendre le bateau tel que Cristoph Colomb.

-Mais Cristoph Colombe cherchait l’Inde…

IMG_5520

 

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s