Comment être sûr de sa foi tant qu´elle n´a pas été testée ? (Au champs)

Hoy me ha costado tanto levantarme. He escuchado a mamá V. y a papá Tos gritar desde temprano. Las risas y el llanto de los pequeños. Todos temprano para trabajar en el campo. Mis ganas de cooperar salieron primero, pero algo que no logro explicar me retuvo en la cama con la cara tapada. Y es que no quería, no podía, no sé, se resistía mi cuerpo a salir a donde todos contra todos (evidentemente, los grandes hacía los pequeños) a donde regaños. Hasta que vino Brenda a despertarme…

Después del desayuno lavé la pila de trastes sin preguntar si podía o debía y limpié luego el cuarto. Había que ir por agua al pozo de la cuadra y así lo hicimos. ¿Tú puedes cargar también? Las pequeñas con asombro. ¡Pero claro! Y haberme visto cargando la cubeta de vuelta sudando la gota fría.  No importa si me cuesta, quiero mostrarles que a cosa es igual, que aunque hay comida diferente para mí, como lo mismo y que mi único “beneficio” es el de poder venir a trabajar tranquila a la habitación cuando todos duermen, como para Brenda lo son sus audífonos y para Valencia sus libretas.

Me siento frente a la Carta Africana sobre los derechos y el bienestar del  niño y la Convención Internacional sobre los derechos de los niños. Me han dado cinco días para preparar un taller que explique todo sobre el tema a profesores de escuelas maternales. Con todo lo que me ha tocado hasta ahora, me viene la pregunta, ¿quién (y no qué) es el niño?

Hay que reconocer que aquí el niño es aquel que recibe más órdenes y “cierra la boca” que caricias. De hecho, aunque he visto muchas mujeres gritando y dando empujones, no he visto una sola mujer abrazando un niño. Aunque es protegido y alimentado, el niño aquí es ignorado, excepto cuando la inexperiencia de sus manitas deja caer algo al piso. Se le va el día entre los Deberes del hogar (deberes con mayúscula), la escuela y la tele. Su voz riendo y gritando es acallada y su curiosidad natural reprimida. No se sirve de comer antes que los grandes, es parte del respeto que les debe. Tiene que crecer pronto y al vuelo. Juega, sí, pero no tiene derecho. ¡Cuánta creatividad se les escapa de las manos! Las manos cansadas de madres cuyo rol que las hace impresionantemente fuertes y dominantes.

A veces me acuerdo de William Faulkner y lo que escribía sobre la miseria. Que no es la escasez de agua o de electricidad, sino el cansancio colectivo, lo que se viene cargando en hombros y a gritos, siempre los gritos. Parece que todo el mundo hace algo mal, todo el mundo se equivoca. Yo admiro mucho a estos pequeñitos, tan inteligentes y más autosuficientes que cualquier niño que haya conocido. Y sin embargo, muy pocos elogios se escuchan, muy pocos “gracias”, “muy bien”, “felicidades”.

Sueno pesimista, lo sé, y no es lo que intento. Dijo hace poco un hombre en una conferencia para padres a la que nos mandó mi hermana, que si alguna vez fuiste a una mala fiesta, la noticia es que la fiesta no habría sido mala de no haber estado tú en ella, porque tú fuiste parte de la fiesta y fuiste quien la calificó de mala (paréntesis para reír: pienso en la graduación de mi hermano) Y tienen razón. Pero no hay que dejarse llevar por el texto. La entrelínea dice mucho. Hay mucho que me gusta de este lugar, y claro que lo que veo es solamente la perspectiva de mi rincón y de las pocas cuadras que conozco (ni siquiera he llegado al centro de la ciudad) Intento, y todo va bien. Pero es difícil, simplemente eso, es difícil ver llover y no mojarse.

Sentarse a comer a la mesa sin poder compartir. Inventarse apenas un juego cuando ya los están callando porque no se escucha la tele, o mandando a sentar porque ¡cómo duele la cabeza después del campo!  y “qué escandalosos, qué incómodos, qué molestos son los niños!”… ¿por supuesto? a mi me tratan de cinco estrellas.

Debo reconocer que el golpe fuerte tiene que ver con que llegué con la idílica idea de un África, (no puedo hablar de todo el continente pero, bueno, Camerún es un país africano) en la que todo lo dan a pesar de la pobreza, porque es mayor la riqueza que llevan dentro. La verdad es que creo que no es del todo falso, pero tampoco del todo cierto. Qué diabólica mezcolanza (que no armonización) ha dejado la imposición de un modelo económico y un modelo cultural sobre otros. Donde no se alcanza a ver ya uno ni se logra concretar el otro. La destrucción masiva de la memoria colectiva. Tanto que desaprender y que comprender por estos caminos.

Me da por preguntarme, y la cosa se queda dándome vueltas, ¿qué pasa con el niño que no fue enseñado a creer en sí mismo? Porque el individuo forma sociedades y algo que me dice que a un país que no cree en sí mismo se lo lleva la tristeza en el mejor de los casos, la corrupción en el resto.

Voy adaptándome poco a poco a la familia. Me voy diciendo a cada paso que mucho de lo que percibo pasa primero por mi filtro de referencia, la noción que tengo yo del amor, del respeto y de  la vida misma. Sí, es bueno que las cosas me vayan haciendo click y haciendo ruido, pero no hay que pensar tampoco que todo es como lo pinto. Si los niños aquí no fueran amados profundamente las madres no se desgastarían de esta manera para alimentarlos y mandarlos a la escuela. No no, nada de eso.

 

Mon père n’étais pas plus expansif avec ses épouses qu’avec ses enfants. S’il m’arrivait de le croiser á la ferme ou dans les champs, c’était á peine s’il me regardait. Mais moi, je savais qu’il était là, que c’était mon père et que, sous ses allures bourrues, il veillait sur nous et nous aimait. Sa présence rassurante suffisait á mon bonheur”. Aquí hay amor, quizá solamente hay que encontrarlo. A mí me toca ir aprendiendo, porque al final de cuentas ¿qué sé yo sobre criar diez hijos? Dos pasos adelante y uno paso atrás, para ir viendo más claro.

Estoy bien, pero me cuesta asimilar el cúmulo de emociones encontradas. Me cuesta mucho no poder hablar con mi familia y explicarles lo que me toca, lo que estoy viendo. Siento que pierdo la noción, especialmente del tiempo, que pasa por aquí tan detenida-mente. Y ahora no sé lo que sigue. Sigo un programa que cambia según llueva, truena o relampaguea. Me han dado una misión y un billete que dice 30 de mayo. Es todo. Cada minuto que pasa no sé si vendrá una hormiga, un alacrán o una serpiente.

Solamente mi trabajo, sobre la educación para un mundo más amoroso (la paz), y los pequeñitos, uno arriba, uno en frente, otro abajo, logran sacarme de mi desconcierto. Y no sé de donde me sale nueva-mente de pronto toda la fuerza, todas las ganas. ¡Arriba me dice Dios! ¡Ve a lavarte, (porque aquí no nos bañamos, nos lavamos)  la vida te está llamando! Un crayón se vuelven veinte, dos palabras un rap “Au champs”; mis manos inventan cosas que no sabía que existían, un cuento con diez finales distintos, un canto a cinco voces. Sobre la marcha los juegos se multiplican, como panes y peces. Los milagros existen. Son colectivos.

¿Cómo explicar mi  profesión a sus curiosas caritas? Y así, sin más, me  convierto  en hacedora de juegos de niños.

“Ah oui, c’est ca! T‘as desiné au Mexique et tu est venue au Cameroun pour colorer”. (la petite Lupresia)

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