Mi rodilla izquierda

(A mi hermano)

A mi rodilla izquierda debo en gran medida el equilibrio del resto de mi cuerpo. Tan pronto como percibo que nada podría ser más vasto, más absurdo, más firme, o más inconsolable, entra inmediata como un tornado, haciendo cualquier acrobacia, cualquier lo.cura, para recordarme con ímpetu cerrar los ojos, sin permitir que mi vista se cierre con ellos.

Ella está siempre ahí, sugiriendo que ni siquiera el mismo Dios se ha resignado a ser absoluto. ¿Creerás, me dice, que dejaría a los seres humanos el privilegio de devenir uno nuevo cada día, mientras él permanece fijo, mirándolos sin poder seguir con ellos cada transformación y comprenderles? Le respondo callada, subiendo la vista como queriéndome ver los párpados. Satisfecha vuelve a su sueño tranquilo, dejándome bien despierto.

Le debo, por ejemplo, las lágrimas de noviembre del 2009, en la época de las más fuertes contradicciones. Entonces solía reclamarme todos los días, me gritaba, me empujaba con todas sus fuerzas de pequeña rodilla. Cualquier cosa con tal de que pusiera mi atención en ella. Bufaba exhausta, hasta que incapaz de seguir ignorando sus ruegos empecé a recorrer las calles con un ridículo bastón en la mano, hablando a todos, a fuerza de su insistencia, de mi dolor de rodilla izquierda.

Una vez, decidió de plano dejarme parado, inmóvil, en medio de una calle con el semáforo peatonal en rojo y un río de carros pitando. Súbitamente, y sin previo aviso. Apenas se dignó a comunicarme con una fuerte punzada que, hasta no hacerle caso, aquél sería su último movimiento. Lloré como un niño sobre el asfalto mojado.

Por las noches dolía hasta arrebatarme el sueño, que era por ese entonces mi único escape. A la pierna, toda ella, la tenía sentenciada; ningún movimiento oscilatorio ni doblez le permitió durante días, luego semanas. No se atrevían el tobillo ni la pantorrilla a llevarle la contra. Algún día tendrás que escucharme, parecía decir con cada punzada. Y a la postre así lo hice.

De modo que, desde entonces, he intentado escuchar con atención lo que ella quiere decirme. Tarea nada fácil, para ser franco. Cuando yo digo “las cosas son así” ella dice “no necesariamente”, cuando digo “soy” ella dice “te dices paciente pero otra vez me estás interrumpiendo”, cuando yo digo “debería”, ella dice “pero es esto lo que tienes”.

Sin embargo, aún dispuesto a escucharle, no siempre soy capaz de entender a mi insistente rodilla. Todavía recuerdo la reacción encolerizada que tuve cuando me caí de la bicicleta intentando llegar a Ferné Voltaire. Me lo había advertido días antes, pero no quise darle importancia. “Has andado mucho y sin descanso”, me decía. “Hay que saber hacer paradas en el camino”. Acaso creyera que podría engañarla, y el único engañado resulté yo mismo.

Para entonces yo debía tener ya claro que en cuanto mi rodilla opina, cada músculo la escucha con respeto, quizá porque saben que ella ha soportado ya la mayor parte del peso del cuerpo. A pesar de ser una articulación apenas, resulta increíble ver cómo un gruñido de rodilla puede llegar a ser un verdadero dolor de cabeza.

A veces, incluso, el mensaje es tan fuerte, o yo tan sordo, que mi rodilla izquierda termina siendo a la vez la derecha, y todo el largo de ambas extremidades hasta llegar al empeine. Poco a poco, va tomando la forma de cuello, de un brazo, no importa cuál, o de vientre. A mí rodilla izquierda doy, pues, gracias por no dejar atrofiarse al resto.

Mi rodilla es esa parte del cuerpo que rara vez se conforma, puesto que bien sabe, -lo manifiesta firme y claro-, que siempre hay algo que mejorar.

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